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Fernando Fernán Gómez y María Rosa Salgado, con los cuatro niños de la familia, en un fotograma de El inquilino (1957)

Una familia con cuatro hijos busca piso en Madrid mientras los obreros derriban el edificio donde todavía vive. Es El inquilino, la película que José Antonio Nieves Conde rodó en 1957 con Fernando Fernán Gómez. Se estrenó en Valencia en 1958 y la retiraron de los cines porque el ministro de la Vivienda, José Luis Arrese, se sintió retratado; volvió en 1963 con un final feliz escrito en su ministerio. El original, con la familia y sus muebles en la calle, se recuperó en 1993, y la restauración de Filmoteca Española de 2025 permite ver los dos.

Seis personas buscando piso mientras la casa se deshace

Evaristo González (Fernán Gómez) y su mujer, Marta (María Rosa Salgado), reciben la orden de desahucio: el bloque va a caer para levantar pisos más caros. Empieza una carrera contrarreloj de la inmobiliaria al banco y del banco al promotor, con engaños y caridad de escaparate en cada parada. José Luis López Vázquez, guía de una inmobiliaria con nombre de paraíso, Mundis Jauja, enseña pisos nuevos en los que cada puerta que abre o pared que golpea acaba en el suelo.

Solo echan una mano los vecinos más humildes y los obreros del derribo. El capataz, Fulgencio (José Marco Davó), y su cuadrilla se las arreglan para seguir trabajando sin echar a nadie, y dejan que la familia se quede en el último piso que les falta por tirar. La casa encoge al ritmo de la piqueta.

Cascotes de verdad en el Madrid de la piqueta

Los escombros no eran de cartón piedra. Según el guion original que conserva la familia del director, el desalojo se rodó en casas que se demolían para abrir la Gran Vía de San Francisco, en el triángulo castizo entre la Puerta de Toledo, la Paloma y San Francisco el Grande. El propio Arrese había participado, piqueta en mano, en el derribo de un edificio de aquel barrio, lo que ayuda a entender que se reconociera en la película.

Obreros del derribo, con boina y pico, subidos a un camión entre casas a medio demoler en El inquilino
Los obreros del derribo, subidos a un camión entre casas a medio demoler, en una imagen de El inquilino. © Films Españoles Cooperativa / Filmoteca Española. Imagen: Comunidad de Madrid.

Vistas hoy, las escenas del derribo, con obreros de boina y pico entre paredes a medio tirar, ponen nervioso a cualquiera, aunque es cine y nada dice de lo que había fuera de plano. Las normas existían: el Reglamento de Seguridad del Trabajo en la Industria de la Construcción, de 1952, obligaba a revisar el edificio y apuntalarlo antes de empezar y prohibía arrojar los escombros desde lo alto. Si trabajaban más de diez obreros, tenía que haber un jefe de equipo por cada decena. Hoy, el Real Decreto 1627/1997 exige además que una persona competente supervise las demoliciones peligrosas.

El ministro que se vio en la pantalla

La Junta de Censura dio el visto bueno con retoques menores, y la película se estrenó el 24 de febrero de 1958 en el cine Rialto de Valencia. El lío vino después. Un delegado provincial del Ministerio de la Vivienda se quejó, y Arrese tomó la sátira como una burla contra su ministerio y contra él. El hombre que en 1959 firmaría en ABC un artículo titulado «No queremos una España de proletarios, sino de propietarios» no estaba para bromas sobre pisos, y El inquilino desapareció de las salas.

Fernando Fernán Gómez y María Rosa Salgado junto a unas chabolas en un descampado con bloques de pisos al fondo, en El inquilino
Evaristo y Marta, entre chabolas y con los bloques nuevos al fondo, en una imagen de El inquilino. © Films Españoles Cooperativa / Filmoteca Española. Imagen: Comunidad de Madrid.

Nieves Conde, que compartía con Arrese un pasado falangista, intentó negociar. Le ofreció escenas nuevas y hasta un tercer final, que guarda su familia: con los protagonistas ya en la calle, aparece un casero bebedor y algo alocado, les ofrece un piso y todos se arrancan a cantar «¡Tengo pisos como escombros!». Arrese dijo que no. Con aquel desenlace, el piso lo ponía un casero y el ministerio quedaba de adorno.

Bienvenidos al barrio Esperanza

El final definitivo lo escribió el subsecretario de la Vivienda, Reguera Sevilla, y el Ministerio de Información lo aceptó. La versión que llegó a los cines en 1963 abría con un rótulo: la película se había rodado antes de que existiera el Ministerio de la Vivienda. Perdió algunas secuencias y ganó un desenlace milagroso: en el último momento, Marta llega con la noticia de que el Ayuntamiento les ha concedido un piso en propiedad en un barrio nuevo llamado Esperanza.

El final que la censura había aprobado al principio era otro. Evaristo acarreaba los muebles hasta el centro de una plaza madrileña y se quedaba a vivir allí, al raso, con su mujer y los niños, a la vista de todos. «Fue machacada, fue apaleada, fue cortada, fue alterada», escribió Nieves Conde sobre su película.

Décadas después apareció una copia sin censura, y en 1993 el director volvió a montar la película tal como la había rodado, con el tráiler, textos sobre el proceso censor y, como apéndice, las escenas impuestas. Sobre esa versión trabajó Filmoteca Española en 2025, y la copia restaurada se proyecta hoy con los dos finales. El problema de fondo no ha caducado: según el INE, en 2025 el 44,3 % de los jóvenes de 26 a 34 años vivía con sus padres, y casi la mitad de ellos (el 47,3 %) lo atribuía sobre todo a no poder comprar ni alquilar.

El inquilino, en vídeo

La película completa está en YouTube, subida en 2013 por el usuario José Rabanal Santander. Según la descripción, incluye el final original y el que impuso la censura, así que puedes comparar la plaza con el barrio Esperanza.

El inquilino

La piqueta de El inquilino se tomaba su tiempo para no dejar a nadie en la calle, nada que ver con los karatekas que tumbaron una casa a golpes en Yorkshire. Una década después de aquel final impuesto, el cine español había encontrado un filón menos incómodo para el régimen: las suecas del landismo.

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