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Cuadro de Alma-Tadema en el que Agripa baja una escalinata de mármol, seguido de su séquito, para recibir a los visitantes que le esperan

En la Roma de Cicerón, llamar a un votante por su nombre era la forma más barata de ganárselo. Como nadie retiene a media ciudad en la cabeza, los políticos romanos se paseaban con un nomenclátor, un esclavo que les iba soplando quién era cada cual. Plutarco cuenta que, cuando una ley prohibió llevarlo en campaña, solo Catón el Joven la cumplió. Años más tarde, en pleno juicio, Cicerón le echó en cara que ya tenía uno.

El esclavo que daba codazos

La palabra sale de nomen, «nombre», y calare, «llamar». El nomenclátor acompañaba a su amo por la calle y el foro, reconocía a quien se cruzaba con ellos y le susurraba al señor cómo se llamaba. En las casas grandes trabajaba también de puertas adentro durante la salutatio, la visita matutina de los clientes, para que el patrón pudiera saludar a cada uno como si se acordara de él.

Horacio se burló del invento en sus Epístolas. Si la felicidad depende de la apariencia y del favor de la gente, propone, compremos un esclavo que nos dicte los nombres y nos dé con el codo en el costado izquierdo: «Este manda mucho en la tribu Fabia; aquel, en la Velina». Y a cada cual, «hermano» o «padre», según la edad. El manual de campaña atribuido a Quinto Cicerón, hermano del orador, iba en serio: nada le parecía tan popular ni tan grato como demostrar que uno conoce a la gente.

Catón, el candidato sin chuleta

Marco Porcio Catón, bisnieto del célebre censor del mismo nombre, tenía fama de tomarse las normas al pie de la letra. Plutarco cuenta en su biografía que se aprobó una ley que prohibía a los candidatos ir acompañados de un nomenclátor y que, cuando Catón se presentó a tribuno militar, fue el único que la obedeció.

Busto de bronce de Catón el Joven, con el pelo corto y el rostro serio, hallado en Volubilis
Busto de bronce identificado con Catón el Joven, hallado en Volubilis (Marruecos) y conservado en el Museo Arqueológico de Rabat. Foto: Laci3 (CC0), vía Wikimedia Commons.

Saludaba y daba conversación a quien se encontraba sin que nadie le apuntara nada. Según Plutarco, hasta quienes le elogiaban acababan molestos, porque cuanto mejor veían lo correcto de su conducta, más les dolía lo difícil que era imitarla. De aquella ley no queda más rastro: no se conoce ningún proceso por saltársela y buena parte de los especialistas duda de que existiera.

Cicerón y el apuntador de Catón

En el 63 a. C., Catón, recién elegido tribuno de la plebe, acusó de comprar votos a Lucio Murena, que acababa de ganar el consulado. Entre los defensores estaba Cicerón, cónsul ese año, que hizo reír al jurado a costa de los estoicos, la escuela de Catón. En su discurso le soltó: «¿Y qué me dices de que tienes un nomenclátor? En eso engañas y embaucas». Si es honroso llamar a los ciudadanos por su nombre, argumentó, es vergonzoso que tu esclavo los conozca mejor que tú. Y añadió otra: ¿por qué, desde que te eligieron, saludas con mucho menos cuidado?

Busto de mármol de Cicerón en los Museos Capitolinos de Roma
Busto de Cicerón, de mediados del siglo I d. C., en los Museos Capitolinos de Roma. Foto: Wilfredor (CC0), vía Wikimedia Commons.

Catón, según Plutarco, se limitó a comentar con una sonrisa: «¡Qué cónsul tan gracioso tenemos!». Murena salió absuelto. Cicerón, de todos modos, no estaba para dar lecciones. Cuando volvió del destierro, le contó por carta a su amigo Ático que no quedó nadie conocido de su nomenclátor, fuera de la clase que fuera, que no saliera a recibirle.

Memoria de alquiler

Plinio el Viejo se quejaba de que sus contemporáneos reconocían a la gente «con ojos ajenos» y la saludaban «con memoria ajena». Con el Imperio, el oficio subió de categoría: los nomenclátores de los emperadores solían ser libertos y acabaron integrados en la administración. Augusto, harto de los despistes del suyo, le dedicó una pulla que recogió Macrobio. Cuando este le preguntó si quería algo del foro, el emperador contestó: «Llévate cartas de recomendación, que allí no conoces a nadie».

Adriano se las arreglaba sin él: según la Historia Augusta, llamaba por su nombre a muchísima gente aunque lo hubiera oído una sola vez, y hasta enmendaba a los suyos. Peor lo tenía Calvisio Sabino, un ricachón al que, según Séneca, se le olvidaban los nombres de Ulises o de Aquiles; ni el nomenclátor más chocho, de esos que se inventan los nombres, los trabucaba tanto. Para aparentar cultura, Sabino se compró once esclavos, cada uno con un poeta aprendido de memoria, a cien mil sestercios por cabeza.

Macrobio apuntó en ese mismo capítulo más ocurrencias de Augusto, como su cruce de palabras con un provinciano que se le parecía demasiado, uno de los chistes más antiguos que se conocen. Pedir el voto sigue dando sorpresas: entre los candidatos más estrafalarios de las elecciones británicas ha habido uno con un cubo en la cabeza y otro disfrazado de Elmo, y a ninguno le hizo falta un esclavo para que el público recordara su nombre.

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