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La Monyos, anciana con el pelo recogido en un moño adornado y un vestido estampado de lunares, cruza una calle de Barcelona con una flor en la mano y paquetes bajo el brazo

Era menuda, llevaba la cara muy pintada y flores en el moño, y paraba a los paseantes de las Ramblas para ofrecerles una canción o unos versos. Barcelona la llamó la Monyos, y el nombre que más se repite para ella es el de Dolors Bonella i Alcázar. Durante décadas fue el personaje más conocido de la Rambla sin otro escenario que la calle, y murió en 1940, con 89 años, llevándose casi todo su pasado. El hueco lo rellenaron las leyendas.

Una señora con tres nombres

Hasta la identidad baila. La versión más difundida la hace nacer en 1851 en la calle de la Cadena, en el Raval, hoy parte de la Rambla del Raval; otras la sitúan en La Bordeta. Según las crónicas que recoge betevé, su nombre real era Dolors Vega Masana y venía de una familia acomodada que quiso casarla con un hombre mucho mayor. Se negó. La echaron de casa y la desheredaron, con prohibición expresa de usar los apellidos familiares, y de ahí saldría lo de Bonella i Alcázar.

La Enciclopèdia Catalana, por complicarlo un poco más, la registra como Carmen Vega. Para los vecinos era la Lola. Para el resto de Barcelona, la Monyos, por los moños con que se peinaba: según se cuenta, cada día compraba claveles para adornárselos en la parada de la Carolina, en la Rambla de les Flors.

«¿Quiere que le cante una canción?»

Cada mañana salía de casa, se arreglaba en una fuente y bajaba a las Ramblas, donde las floristas le regalaban flores para el pelo. Vestía blusas de colores chillones y faldas largas, caminaba con un paso algo nervioso y a cada desconocido le hacía la misma oferta: «¿Quiere que le cante una canción o le recite un versito?».

La Monyos, mujer mayor con flores en el moño y un vestido claro, camina por una calle de Barcelona ante un edificio de arcos y dos automóviles de la época
La Monyos por las calles de Barcelona hacia 1930, fotografiada por Josep Maria Sagarra. Foto de dominio público, vía Wikimedia Commons.

Si le daban una moneda, la cogía con una sonrisa; si no, se iba a buscar otro público. Su rincón favorito era el puerto, donde esperaba a los marineros que desembarcaban para cantarles cancioncillas. Tenía también bar de cabecera, La Puda, en el que pedía un café que, según betevé, no pagaba nunca. A veces cogía el tranvía hasta La Bordeta, donde se dice que tenía algún pariente. A quienes se burlaban de ella, ni caso.

Ni la guerra la sacó de la calle. Durante los bombardeos se negaba a bajar a los refugios, y en los Fets de Maig de 1937, según se cuenta, milicianos de la CNT y de la UGT que se tiroteaban en el cruce del paseo de Gràcia con la Diagonal pararon el fuego para dejarla cruzar.

Más famosa que la Monyos

En vida ya era una marca. De ella salió una expresión que todavía se oye, «ser més famosa que la Monyos», y algunos comercios le vieron el negocio. Los muebles El Negro la sacaron en un anuncio sentada en un banco, con un pretendiente de rodillas que le proponía casarse y comprar los muebles en la tienda, «que son baratos y buenos».

Anuncio antiguo de los muebles El Negro con una foto de la Monyos sentada en un banco con un ramo de flores y un hombre arrodillado que le pide matrimonio
La Monyos, en un anuncio de los muebles El Negro de hacia 1930: el pretendiente le pide que se case con él y que compren los muebles en la tienda. Imagen de dominio público, vía Wikimedia Commons.

Los fotógrafos también la buscaban: Gabriel Casas la retrató en 1930 en el Paral·lel, charlando con el periodista Domènec de Bellmunt. Un melodrama sobre su vida la hizo más humana a ojos del público. Y en 1927 se dejó ver por la Rambla durante el rodaje de La tía Ramona, de Nick Winter y Francesc Gargallo, lo que la Enciclopèdia Catalana cuenta como su único papel conocido en el cine.

La hija que nadie ha encontrado

Detrás del personaje, la ciudad quiso ver una tragedia, y la tragedia tiene varias versiones. La más repetida la coloca de criada en un palacete del paseo de Gràcia, donde habría tenido una niña con el hijo de la casa, que murió poco después. Luego la historia se bifurca: en una rama, los abuelos paternos se quedan con la pequeña; en otra, un coche de caballos la atropella. Algunas variantes llegan a sospechar que la familia rica tuvo algo que ver con el accidente.

Todas terminan con una madre que pierde la cabeza, y ninguna se apoya en un solo papel. Ella tampoco ayudó: según el portal Història de Barcelona, nunca permitió que se supiera nada de su vida.

La directora Mireia Ros, que según ha contado conoció la historia por su madre, la llevó al cine en 1997 con La Moños, con Julieta Serrano en el papel principal, y la película le valió una candidatura al Goya a la mejor dirección novel. Según betevé, Ros quería mirarla más allá del aura «friki y burlona» que arrastraba la leyenda.

Un entierro que pagó alguien

En 1940, con 89 años y sin fuerzas para valerse sola, ingresó en el Hospital del Mar, y allí murió el 15 de septiembre. El funeral se llenó hasta la bandera. Corrió la voz de que alguien con dinero había pagado los gastos; quién, nunca se supo, y la leyenda engordó un poco más.

Barcelona tampoco la soltó después. Desde 1968, el microbús 91, que enlaza La Bordeta con la Rambla, es para los vecinos «la Monyos». Hubo melones con su nombre, el Museu de Cera tiene su figura y en el Museu d’Autòmats del Tibidabo hay un muñeco rebautizado en su honor por el parecido. Entre 2014 y 2015, el Teatre del Raval le dedicó un musical con música de Pedro Pardo.

La ciudad tiene buena mano para convertir a gente corriente en leyenda: le pasó también a Francesc Canals, el Santet del Poblenou, cuya tumba sigue recibiendo peticiones. Madrid, por su parte, tuvo un famoso de la calle a cuatro patas, el perro Paco, que entraba en los cafés como un parroquiano más. Bratislava tuvo su propia figura de la calle en Schöne Náci, el caballero pobre que saludaba en frac y en tres idiomas, y que hoy es una estatua junto al café Mayer.

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