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Los figurantes de Tabernas, el reparto anónimo de los westerns de Sergio Leone

Mujeres y niñas figurantes caracterizadas para un rodaje en Almería, junto a un camión de material de cine

Clint Eastwood se quedó con la fama, pero los poblados del Oeste que se levantaron en Almería para Sergio Leone los llenaron vecinos de la provincia. En los años sesenta y setenta, miles de pescadores, cocheros, tratantes de caballos y familias gitanas de barrios como La Chanca o el Barrio Alto se pusieron el sombrero o el turbante en los rodajes del desierto de Tabernas, con jornales que en 1966 se fijaron en 200 pesetas para los de a pie y 400 para los de a caballo. Casi ninguno salió en los créditos. Medio siglo después, el proyecto Memorias del Cine y un estudio de la revista PH (febrero de 2026) han empezado a ponerles nombre.

«Franco, ¡más agua!»

El escenógrafo italiano Carlo Leva, colaborador de Leone, recordaba haber visto nada más llegar a Almería una pintada: «Franco, ¡más agua!». La provincia andaba escasa de casi todo. En 1955, el 62,8 % de su población activa trabajaba en el sector primario, y entre 1961 y 1970 cerca de 45.000 almerienses emigraron a las zonas industriales de España y de Europa. En La Chanca y Pescadería, el extremo oeste de la capital que Juan Goytisolo retrató en La Chanca (1962), abundaban las infraviviendas y el analfabetismo, y buena parte de los vecinos, muchos de ellos gitanos, vivía de la pesca y de trabajos eventuales.

Entonces llegó el cine. El desierto de Tabernas se estrenó como plató con el drama Ojo por ojo (1957). Siguieron Lawrence de Arabia (1962), primera superproducción rodada en la provincia, y Cleopatra (1963). Después llegó Leone con Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965), durante décadas la película más taquillera en España según el BFI, y El bueno, el feo y el malo (1966). Tras él vinieron Hasta que llegó su hora (1968), El Cóndor (1970) o Sol rojo (1971). En 2020, cuando la Academia de Cine Europeo lo nombró Tesoro de la Cultura Cinematográfica Europea, el desierto sumaba más de 300 películas; la provincia entera ronda las 600.

Ocho mil figurantes en un solo año

Un desierto, por fotogénico que sea, no rellena un plano general. Para Lawrence de Arabia hicieron falta cerca de 1.000 figurantes, 750 caballos y 159 camellos con sus jinetes, muchos traídos de otras provincias y hasta del norte de África. Cleopatra, la producción más cara de la 20th Century Fox hasta entonces, pidió otros 1.000 figurantes y 987 caballos. En 1964, las 14 películas rodadas en Almería necesitaron como mínimo 8.000 figurantes, y tras el pelotazo de Leone el horizonte pintaba aún mejor.

Para La Chanca, aquello fue un maná con horario de rodaje. El cine pagaba por día mucho más que la pesca y no pedía formación previa. A los figurantes y jinetes se sumaron carpinteros, electricistas, conductores y cocheros que se pasaban a los platós según la demanda. Y cuando aun así faltaban brazos, cuenta el BFI, el ejército de Franco solía echar una mano.

Capilla de estilo misión mexicana en el poblado del Oeste de Fort Bravo, en el desierto de Tabernas
Decorado de una capilla de aire mexicano en Fort Bravo, uno de los poblados del Oeste de Tabernas, en 2016. Foto: Javier Pérez Montes (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

Llenar aquellos decorados exigía algo que no se construía con tablas: alguien que conociera a la vez a las productoras y a los vecinos, y que supiera quién tenía caballo.

Los Jerraos, la familia que ponía la gente y los caballos

Ese papel lo ocupó una familia gitana de tratantes de caballos del Barrio Alto de Almería, los Gómez, con tres hermanos al frente: Juan, Francisco y el menor, Rafael. Según contó a La Voz de Almería Rafael Gómez Heredia, nieto de este último, el mote nació cuando un vecino vio a su tío abuelo Francisco herrando un caballo y le preguntó qué hacía. Él contestó, con la hache aspirada de la tierra, «jerrando». Desde entonces fueron los Jerraos.

Empezaron alquilando animales a las productoras, de la mano de Agustín Medina, otro gitano, que dirigía en Madrid La Ponderosa, especializada en caballos de acción. Al principio los especialistas montados venían de Madrid; con los años, su sitio lo ocuparon almerienses. Juan Gómez Gómez, Juan «el Jerrao», fue durante dos décadas el principal organizador de castings de la provincia. Mediaba entre productoras y vecinos, y fue pionero en el entrenamiento de jinetes y caballos.

Su nieto Juan Manuel Torres Gómez, especialista de cine, recuerda que algunas estrellas iban a casa de su abuelo a entrenarse con los caballos. Entre ellas, dice, Yul Brynner, «¡que también era gitano!».

Rafael Gómez Heredia reunió la memoria familiar en el libro Spaghetti Western: la historia de un anonimato (2021), hecho a base de «cajones de fotografías». En él recuerda una costumbre del Jerrao: «En numerosas ocasiones a más de uno lo montaba en el autocar y le pagaba el día como figurante, aunque no trabajara, pues consideraba su situación económica precaria».

Doscientas pesetas a pie, cuatrocientas a caballo

Tanto movimiento pedía papeles, y en la España de 1965 los papeles llevaban sello sindical. El Sindicato Provincial del Espectáculo estudió lo que se hacía en Madrid y Barcelona y en septiembre de ese año creó la Agrupación Sindical Profesional de Figurantes Cinematográficos. Se trataba de tener a los trabajadores censados para que las productoras los contrataran antes que a gente de otras provincias.

Desde 1966 la agrupación expidió carnets. Uno de los que se conservan, el número 164, se hizo en febrero de 1967 a nombre de Miguel Cuenca, «clasificado como figurante», la categoría de base. Por encima estaban la de caballista, o figuración montada, y la de especialista. La regulación de junio de 1966 fijó los jornales en 200 pesetas para el figurante y 400 para caballistas y especialistas, «según lo acordado entre los interesados y la productora».

La jerarquía iba más allá del sueldo. En el libro de Gómez Heredia, los figurantes acuden a los rodajes por necesidad, mientras que caballistas y especialistas quieren hacer del cine una profesión. El carnet de caballista llegó a ser muy codiciado: en mayo de 1969, con el western ya de capa caída, la agrupación examinó a 41 aspirantes y los declaró aptos.

Las actas que guarda el Archivo Histórico Provincial de Almería enseñan la trastienda: denuncias por carnets falsos, amenazas a figurantes, una contabilidad poco transparente y la tensión que creció cuando los rodajes empezaron a escasear en los setenta. El libro de la familia Gómez añade la falta de contratos y la precariedad de muchas jornadas. La agrupación duró hasta 1977.

Barbas a jornal y el «payo del cigarro»

La poeta y activista gitana Noelia Cortés contó en un reportaje del BFI, firmado por Duncan Wheeler en 2024, que sus abuelos trabajaron como extras para Leone y que a los hombres se les pagaba por cada día que se dejaban crecer el vello de la cara. En Tabernas, la barba cotizaba. Según el mismo reportaje, los figurantes gitanos tenían su propio nombre para Clint Eastwood: «el payo del cigarro».

No todo el reparto era de la tierra. El BFI recuerda que en Madrid se reclutó a Dum Dum Pacheco, cabecilla de los Ojos Negros, una de aquellas pandillas callejeras que imitaban a las de West Side Story. Y cita a la investigadora Tamara Moya, de la Universidad Carlos III, que planeaba entrevistar a quienes cobraron por hacer de «indios» en Tabernas.

Ahí asoma la parte menos amable del negocio. Rafael Gómez recuerda en su libro que los directores apreciaban «la gran variedad de razas y culturas que los rasgos gitanos pueden representar», y el estudio de PH ve en esos testimonios la mirada exotizante y racializada con que la industria clasificaba a los trabajadores locales: un gitano de Almería valía para cualquier pueblo lejano del guion.

Dos figurantes almerienses con turbante y traje oriental, sentados en un trono de atrezo durante un rodaje
Dos figurantes almerienses caracterizados con turbante y traje oriental en un rodaje. © Archivo de Rafael Gómez Heredia. Imagen: Almería CAMINA.

A veces, la lengua de casa se colaba en la escena. El figurante José María Campos Santiago contó en su entrevista para Memorias del Cine que el caló llegó a entrar en varios rodajes, como en Yellow Hair & the Pecos Kid (1984): «Me caigo por una escarpadura, se levanta un polvo muy grande y salgo corriendo para el campamento diciendo en mi dialecto: “¡Undebel, undebel!, ¡que allí llegan!, ¡que allí llegan!”». Undebel quiere decir «Dios mío» en caló.

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El pescador que pactaba con su patrón

Para muchas familias, el rodaje era también una reunión. En las fotos del libro de Gómez Heredia salen vecinos disfrazados de los personajes más variados, con mujeres y niños por todas partes, de Lawrence de Arabia a Exodus: dioses y reyes. «Nosotros vivíamos un rodaje de cine como un cumpleaños, como un bautizo, como una fiesta. Más que un trabajo, era un encuentro familiar», resumió en su entrevista.

El cine convivía con los oficios de siempre. Dolores María Santiago Amador recuerda que su abuelo, que trabajaba en el mar, pactaba de antemano con su patrón los días en que se quedaría en tierra para ir al rodaje. El caballista José Cuenca García alternaba el pescante de cochero con la silla de montar de las películas; una foto suya lo muestra a caballo durante el rodaje de Orgullo de estirpe (1971).

La eventualidad no ha cambiado mucho. Algunos entrevistados se mueven por varias provincias para no perder la categoría, y la figuración sigue sirviendo de salida en los peores momentos: en 2015 se presentaron cerca de 10.000 personas al casting de Juego de tronos en Almería.

Caballos que aprendieron a tumbarse

Cuando llegaron los rodajes, Almería ya tenía jinetes, cocheros, domadores y entrenadores. La comunidad gitana, con un viejo vínculo económico y cultural con el caballo, extendió sus servicios a casi todo lo que tuviera que ver con la monta, desde preparar a los animales hasta enseñar a los especialistas y a los actores que debían salir a caballo.

El caballista Indalecio Torres Fernández, nacido en 1947, cuenta que muchos se metían en escenas arriesgadas sin más seguro que su experiencia y la confianza con el animal. El especialista y entrenador Ángel Cortés Fernández lo resume así: «Antes se utilizaban mucho las manos para tirar de los animales, una especie de bloqueo al caballo brutal, que le hacía daño, y hoy en día con un simple gesto el caballo entiende que tiene que tumbarse».

Dos caballos en un corral del poblado de Fort Bravo, en Tabernas
Caballos en los corrales de Fort Bravo, en el desierto de Tabernas, en 2016. Foto: Javier Pérez Montes (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

A un caballo de cine hay que enseñarle cada movimiento y acostumbrarlo a los focos y a las explosiones del set; hoy trabajan ya la tercera y la cuarta generación de estos profesionales. Cuando los rodajes menguaron en los setenta, varios caballistas y especialistas se ganaron la vida en los espectáculos en vivo de los poblados de Tabernas y de otros puntos de España, y desde ahí muchos volvieron al cine. Jesús López Erena, criado a los pies de la Alcazaba, se hizo especialista a partir de su experiencia como culturista. Llegó a doblar a Sylvester Stallone y ahora prepara en su gimnasio a los que vienen detrás.

Los decorados también cambiaron de oficio. El poblado que Carlo Simi diseñó para Leone se convirtió en Mini Hollywood, un parque temático que el BFI da por abierto en 1974. Según la versión que se suele contar, lo compraron los propios extras de El bueno, el feo y el malo, antes de que pasara a una cadena hotelera. Hoy se llama Oasys MiniHollywood y comparte desierto con otros dos poblados del Oeste, Fort Bravo y Western Leone.

Cuarenta y cuatro entrevistas en La Traíña

De todo esto quedaron pocos papeles, y por eso pesa tanto el testimonio oral. En 2023, la asociación LaOficina Producciones Culturales puso en marcha Memorias del Cine, un proyecto gestado en el Laboratorio de Cine de la Diputación y enmarcado en CAMINA, una iniciativa del Ayuntamiento de Almería con fondos europeos. En octubre se entrevistó a 44 personas en la sede de la asociación La Traíña, en La Chanca, desde veteranos de los sesenta hasta chavales recién estrenados como figurantes, algunos de origen magrebí.

El fotógrafo Pablo Vara retrató a cada participante, y el artista Juan Andrés Amaya Torres llevó esos retratos a murales del barrio. Todo acabó en la instalación Memorias del Cine: archivo, en el Yacimiento Arqueológico Barrio Andalusí, junto a La Chanca, con fotos de los álbumes familiares y un retroproyector con 90 fotografías en acetato. Las entrevistas íntegras se guardan en la Casa del Cine de Almería, a la espera del futuro Centro Documental del Cine.

El comisario de aquella muestra, Péricles Dias de Oliveira, contó el proyecto en febrero de 2026 en la revista PH. Allí defiende que los saberes de la figuración y de la monta merecen atención como patrimonio inmaterial, y recuerda que Finlandia inscribió en 2020 el arte ecuestre de los romaníes en su inventario de patrimonio vivo. Rafael Gómez Heredia, por su lado, estrenó en 2025 el documental Los Jerraos, sobre una familia que, según sus cuentas, ha trabajado en más de 450 producciones.

Memorias del Cine, en vídeo

En esta ponencia en la Universidad de Almería, Francisco Aguilar presenta el proyecto Memorias del Cine de La Chanca, el de las entrevistas a los vecinos que hicieron de figurantes.

Ponencia: Proyecto "Memorias del cine de La Chanca" Francisco Aguilar. Universidad de Almería

El spaghetti western reclutó a gente de muy lejos, como Dean Reed, el cantante estadounidense al que acabaron llamando el Elvis rojo, y a gente de al lado, como los tratantes del Barrio Alto. En los años en que en Tabernas se pagaban 200 pesetas por hacer de «indio», el cine español de taquilla se entretenía con las suecas del landismo, que se quedaban con los carteles que los figurantes de La Chanca nunca tuvieron. Mucho antes de los tiroteos de película, Almería tuvo una historia muy real de venta de camino y forastero con escopeta: el crimen de la Venta Ramírez, en 1884.

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