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La burbuja del tulipán: la tulipomanía de 1637

Cuadro de Jan Brueghel el Joven con monos vestidos de comerciantes que compran, pesan y venden tulipanes

Dos lastres de trigo, cuatro de centeno, cuatro bueyes gordos, ocho cerdos, doce ovejas, dos toneles de vino, cuatro de cerveza, dos de mantequilla, unos quinientos kilos de queso, una cama completa, un traje y una copa de plata. Según Charles Mackay, que recogió la lista en 1841, todo eso junto valía lo mismo que un solo bulbo de tulipán de la variedad Viceroy: 2.500 florines. Un artesano cualificado ganaba entre 150 y 350 al año. Era el invierno de 1636 a 1637, la tulipomanía estaba en su punto más alto y en las tabernas de Holanda se compraban y vendían contratos sobre flores que todavía estaban bajo tierra.

Un capricho llegado del Imperio otomano

El tulipán no es holandés, aunque hoy lo parezca. Llegó a Europa desde el Imperio otomano a mediados del siglo XVI: se suele atribuir a Ogier de Busbecq, embajador del Sacro Imperio ante Solimán el Magnífico, el envío de los primeros bulbos y semillas a Viena en 1554. De allí pasaron a Augsburgo, Amberes y Ámsterdam.

El gran responsable de que acabaran en Holanda fue el botánico Carolus Clusius, que plantó tulipanes en los jardines imperiales de Viena en 1573 y en 1593 se fue a Leiden, al nuevo jardín botánico de la universidad, con su colección de bulbos (el propio Hortus de Leiden dice que llevó buena parte de sus plantas en 1594). En el jardín se dedicaron dos parterres enteros al tulipán, y la primavera de 1594 se considera la primera floración de tulipanes en los Países Bajos. En 1592 había terminado el primer gran tratado sobre los tulipanes, y en él ya se fijaba en algo curioso: algunos cambiaban de color.

Dibujo antiguo de un tulipán Semper Augustus, blanco con llamas rojas en los pétalos
El Semper Augustus, el tulipán más caro de la tulipomanía, en un libro de tulipanes del siglo XVII de la colección Six (dominio público). Las llamas de los pétalos eran obra de un virus.

Las Provincias Unidas eran entonces una de las grandes potencias comerciales del mundo, con la renta por habitante más alta de su tiempo y una Compañía de las Indias Orientales que en 1602 había puesto sus acciones a la venta para cualquier residente, lo que Euronews considera el origen de la primera bolsa del mundo. Un solo viaje a las Indias podía dar beneficios del 400 %. Había dinero de sobra y una flor nueva y escasa que todo el que presumía de algo quería en su jardín.

Las llamas de un virus

Los tulipanes más codiciados eran los «rotos»: flores de un solo color con llamas y vetas de otro, como pintadas a pincel. Nadie sabía por qué salían ni cómo conseguirlos, y eso los hacía todavía más deseados. Hoy se sabe que era obra de un virus, el de la ruptura del color del tulipán, que además debilita el bulbo y hace que dé menos bulbos hijos, generación tras generación, hasta que la línea se extingue: por eso ni el Semper Augustus ni el Viceroy existen ya. Lo más caro del mercado era, en realidad, una flor enferma y difícil de reproducir.

El rey de todos ellos fue el Semper Augustus, blanco con llamas de color carmín, que en el momento álgido de la tulipomanía llegó a venderse por 10.000 florines, unos 130.000 euros de 2024. Casi todos los ejemplares eran de Adriaan Pauw, uno de los directores de la Compañía de las Indias Orientales, que se negó a vender ninguno. En febrero de 1637, algunos bulbos se pagaban a más de diez veces el sueldo anual de un artesano.

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El comercio del aire

Como los bulbos solo se pueden sacar de la tierra unos meses al año, la mayor parte del tiempo no había nada que entregar. Así que se empezó a comerciar con contratos: un papel por el que alguien se comprometía a vender un bulbo concreto, a un precio fijado, cuando llegara el momento de sacarlo. Los holandeses lo llamaron windhandel, el comercio del aire, porque no cambiaba de manos ningún bulbo.

Aquellos tratos no se cerraban en la bolsa, sino en tabernas, en reuniones a las que llamaban «colegios», sin depósitos de garantía de por medio; el comprador solo pagaba un 2,5 % de «dinero del vino», con un máximo de tres florines por operación. En el invierno de 1636 a 1637 hubo contratos que cambiaron de manos cinco veces. El que compraba no pensaba plantar nada: pensaba revender el papel más caro antes de que llegara la primavera.

Y la burbuja estalló

Según una sátira de la época, todo empezó a torcerse el 3 de febrero de 1637 en Haarlem, en una subasta en la que el subastador no encontró a nadie dispuesto a pujar por mucho que bajara el precio (el BBVA sitúa la escena en una taberna de Haarlem, en la mañana del 6 de febrero). Cómo fue exactamente no se sabe, pero a finales de esa primera semana de febrero el mercado se había hundido. Los que tenían contratos para comprar se negaban a pagar lo que habían firmado, y no había base legal para obligarlos.

Pintura alegórica de un carro con vela que lleva a la diosa Flora y a varios personajes, seguido por una multitud de tejedores, rumbo al mar
El carro de los locos de Flora, de Hendrik Gerritsz Pot (hacia 1637): unos tejedores de Haarlem persiguen un carro que lleva a Flora y a los vicios camino del mar (Museo Frans Hals, dominio público).

Los cultivadores se reunieron en Ámsterdam a finales de febrero y propusieron que los contratos anteriores a diciembre de 1636 se cumplieran y que los posteriores se pudieran anular pagando el 10 %. Los tribunales no quisieron meterse y devolvieron el asunto a las ciudades. En Haarlem, en mayo, se decidió que los compradores podían librarse de sus contratos pagando el 3,5 % del precio. Los pleitos siguieron hasta 1639 y la mayoría de aquellos contratos, al final, no se cumplieron nunca.

La burbuja más famosa, y quizá exagerada

La tulipomanía se hizo famosa en 1841, cuando el periodista escocés Charles Mackay la incluyó en su libro sobre los delirios colectivos. Según él, hubo ruinas en masa y el comercio holandés sufrió un golpe tremendo. Los historiadores de ahora no lo ven tan claro. Anne Goldgar estudió los contratos de la época y concluyó que en aquello participó un grupo bastante reducido de comerciantes y artesanos acomodados, y que buena parte de lo que se cuenta sale de un par de panfletos de propaganda y de mucho copiar. Según la Wikipedia, encontró menos de media docena de personas con problemas económicos en esos años; a la Smithsonian le dijo que no había encontrado a nadie que se arruinara. El economista Peter Garber sostiene que la mayor parte de la tulipomanía no fue una locura evidente y que solo su último mes, cuando subieron y se hundieron los bulbos corrientes, se parece a una burbuja: aquel negocio, escribió, fue poco más que un juego de taberna en un invierno de peste.

El canal de divulgación histórica Bully Magnets cuenta en nueve minutos cómo se infló y cómo estalló la tulipomanía.

La primera burbuja económica: La crisis de los tulipanes 🌷 Tulipomanía 🌷 - Bully Magnets Documental

Del tulipán al bitcóin

La economía de las Provincias Unidas siguió adelante sin grandes daños. Pero la tulipomanía se quedó como el ejemplo de manual de un precio que no tiene nada que ver con lo que vale una cosa, y se ha sacado a relucir con la burbuja de las puntocom, con la crisis de las hipotecas y con el bitcóin. En 2013, el antiguo presidente del banco central neerlandés Nout Wellink dijo que el bitcóin era peor que la tulipomanía: «Al menos entonces te quedaba un tulipán; ahora no te queda nada».

Otras historias del blog: la de Voltaire, que se hizo rico con una lotería mal diseñada, la de Blockbuster, que pudo comprar Netflix y la del hombre que lleva décadas vendiendo parcelas en la Luna.

Fuentes consultadas

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