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El secuestrador que robó a los pasajeros de un avión y saltó al vacío con un paracaídas casero

Airbus A330 de Philippine Airlines con matrícula F-OHZN rodando por una pista

El 25 de mayo de 2000, un hombre con pasamontañas, gafas de natación, una pistola y una granada secuestró el vuelo 812 de Philippine Airlines entre Dávao y Manila. Desplumó a los pasajeros y saltó por la puerta trasera con un paracaídas hecho en casa. Según su hermano, soñaba con ser paracaidista, pero nunca había saltado. Su cuerpo apareció al día siguiente, medio enterrado en el barro.

Pasamontañas, gafas de nadar y una granada

El Airbus A330 cubría en hora y media el trayecto entre Dávao, en el sur del país, y Manila, con unas 290 personas a bordo. Poco después del despegue, el hombre del pasamontañas azul anunció el secuestro. Llevaba también unas cuerdas, y una pasajera, la periodista Ida Marie Bernasconi, contó después que parecía haber preparado la salida. Disparó un tiro dentro del avión y exigió entrar en la cabina.

Quería volver a Dávao, a casi 1.000 kilómetros, pero el piloto le dijo que no había combustible suficiente. Entonces ordenó a la tripulación recoger el dinero y las joyas de los pasajeros en una bolsa.

El comandante, Emmanuel Generoso, le vio llorar durante el secuestro. «Estaba muy tenso. Tenía problemas familiares, necesitaba el dinero», explicó. Según contaron los pilotos, el hombre se lamentaba de que su familia le había abandonado y su mujer se había ido con un policía.

Una cortina como cuerda de apertura

El secuestrador mandó bajar a unos 6.000 pies, unos 1.800 metros, y despresurizar el avión para poder abrir la puerta. Su paracaídas, de color lavanda y hecho a mano, no tenía cuerda de apertura, así que uno de los pilotos le improvisó una con el cordón de una cortina del avión.

Al abrir la puerta trasera entró una ráfaga de viento enorme y el hombre no conseguía salir. «Tuve que empujarle porque quería saltar», contó una azafata. Saltó con el botín sobre Antipolo, en la provincia de Rizal. La puerta siguió abierta hasta el aterrizaje en Manila, donde todos los demás bajaron ilesos. Era el primer intento de secuestro de un avión de Philippine Airlines en 18 años.

Cinco minutos colgado

Los vecinos de Real, en la provincia de Quezon, vieron caer algo del cielo. Según un líder local, Basilio Quismundo, el paracaídas se abrió y el hombre estuvo flotando unos cinco minutos hasta que se soltó y se precipitó sobre la montaña.

Calle de Real, en Quezon, con triciclos aparcados y montañas cubiertas de vegetación al fondo
Una calle de Real, en la provincia filipina de Quezon, en 2013. Foto: Ramon FVelasquez, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.

El viernes 26 de mayo encontraron el cuerpo en el barrio de Llavac, en Real, a unos 60 kilómetros al este de Manila. El golpe lo había hundido en el barro y solo asomaban las manos y las rodillas. El paracaídas, de unos diez metros de diámetro, apareció a un kilómetro. Un policía opinó que le habría salvado si se lo hubiera atado mejor; el jefe de seguridad aérea, Marcelo Ele, lo definió como «pura y simplemente un suicidio». La bolsa del dinero no estaba.

Quién era «Augusto Lakandula»

En el billete figuraba Augusto Lakandula, y llevaba un certificado de residencia con ese nombre, pero su carné de conducir lo identificaba como Reginald Chua. Su hermano Rannie lo contó así a una radio de Mindanao: «Soñaba con ser paracaidista, pero nunca había saltado». Coleccionaba libros sobre paracaidismo.

Reginald llevaba el molino de maíz de la familia en Matanao, en Davao del Sur. Según su hermano, nunca superó el asesinato de su padre en 1993, que la familia atribuía a una rivalidad de negocios y por el que no se detuvo a nadie. Su madre contó que quería ganar dinero para alejar a la familia de los responsables. El ministro de Defensa, Orlando Mercado, descartó cualquier relación con el conflicto de Mindanao: el móvil era «puramente económico».

Quedaba otra pregunta: cómo había subido armado al avión. En el aeropuerto de Dávao no había arco detector de metales, la máquina de rayos X estaba estropeada y el recinto no tenía valla, según reconoció el propio Ele.

Del barro al cine

La historia llegó al cine filipino en 2009 con Himpapawid (Manila Skies), de Raymond Red, basada en el secuestro y ganadora de tres premios Gawad Urian. En 2013, el británico Sean Ellis la usó en Metro Manila, premio del público en Sundance, a través de un personaje, Alfred Santos, que secuestra un avión y muere al saltar con el botín. Ellis la conoció por el cineasta Quark Henares.

No fue el primer secuestro aéreo con más audacia que preparación: en 1970, un chaval de 18 años intentó secuestrar un avión de Iberia con una pistola de juguete. Y en el capítulo de saltos desafortunados, el paracaidista Ivan Lester McGuire se tiró desde un avión en 1988 sin paracaídas. Y el secuestrador aéreo que inauguró la leyenda del salto en paracaídas: D. B. Cooper, que se esfumó en 1971 con 200.000 dólares. Y en un banco sueco, el atraco de 1973 en el que los rehenes temían más a la policía que a sus captores. Y de otro secuestro aéreo de aquellos años, con un rehén muy distinto, te interesa Demis Roussos, al que le llevaron un pastel en pleno secuestro.

Metro Manila, en vídeo

Este es el tráiler de la película de Sean Ellis que recogió la historia del secuestrador.

Metro Manila Official US Release Trailer (2014) - Jake Macapagal Drama Movie HD

Dura menos de dos minutos.

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