Los combates de Cagayán

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Autor: El café de la Historia


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Katanas contra acero toledano: Los combates de Cagayán

Los combates de Cagayán

En el siglo XVI un puñado de soldados españoles tuvo que hacer frente en un remoto rincón de Asia al hostigamiento de un contingente infinitamente superior compuesto por piratas y ronin, samuráis japoneses sin señor.

Katanas contra acero toledano en Cagayán, Islas Filipinas.

La mística de los samuráis contra la disciplina de los Tercios.

Y ésta es su historia.

España toma posesión de Filipinas

En 1521, Magallanes, en su circunnavegación alrededor del mundo, tomó posesión de las Islas Filipinas en nombre de la corona española, aunque hay que esperar hasta 1565 para ver a Legazpi fundando el primer asentamiento en aquellas latitudes: Cebú.

Estamos en el momento de máximo esplendor del Imperio Español, en su trono se sentaba Felipe II y de esa época data la famosa frase de que en España nunca se ponía el sol.

Aunque es cierto que España había descubierto y tomado posesión de múltiples territorios en sus incursiones en el Océano Pacífico, no es menos cierto que poder controlarlos no resultaba tarea fácil.

Por un lado, lo vasto de su extensión y las enormes distancias entre los diferentes territorios bajo su dominio y por otro, una población que a finales del siglo XVI apenas llegaba a los diez millones de personas.

Una cifra a todas luces muy exigua para poder ejercer un control efectivo sobre millones de kilómetros cuadrados.

La irrupción de Tay Fusa

En la zona norte de Filipinas se habían asentado comerciantes chinos que son expulsados por los españoles, y sobre 1572 aparecen por la zona unos personajes japoneses que empiezan a comerciar con la población local, y que se percatan de la abundante riqueza de la colonia europea.

Se corre la voz por la región y hace acto de presencia el caudillo nipón Tay Fusa acompañado de un poderoso ejército de wakos (piratas japoneses y chinos) con intenciones poco amistosas que obliga a que los habitantes locales le juren fidelidad.

O dicho en román paladino, se apodera del territorio a las bravas, cosa que pone en alerta al Gobernador de Filipinas, Don Gonzalo Ronquillo de Peñalosa.

«Los japoneses son la gente más belicosa que hay por acá, traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas para el cuerpo, lo cual todo lo tienen por industria de portugueses»

Carta del Gobernador General de Filipinas a Felipe II advirtiendo de los peligros de los piratas japoneses y sus sangrientas incursiones contra de la población local en busca de botín y esclavos conservada en el Archivo de Indias.

Juan Pablo de Carrión

Así, en 1582 el Gobernador encomienda a Juan de Carrión, autoridad militar en la zona, limpiar de piratas la zona de Luzón.

LOS COMBATES DE CAGAYÁN Juan Pablo de Carrión
Juan Pablo de Carrión

Para tal misión se le asignaron todos los medios disponibles: una galera con varios navíos auxiliares, y unos cincuenta hombres que todavía no sabían que en cuestión de días deberían enfrentarse a miles de piratas.

Aunque cabe destacar que los hombres encuadrados en ese pequeño contingente pertenecían a la élite más curtida de la infantería de marina española, la desproporción era evidente, más aún cuando se debían enfrentar a los no menos curtidos samuráis ronin.

Combates de Cagayán: Primera batalla naval

La galera «Capitana» parte de Manila, acompañada por los barcos de apoyo, y se encamina rumbo a Luzón en su misión de localizar a Tay Fusa y sus hombres, y vadeando la costa descubre un junco con medio millar de piratas a bordo que, acompañado de dieciocho embarcaciones más pequeñas con otros mil soldados más, acababa de arrasar y sembrar el terror en las poblaciones costeras.

Sin dudarlo, Carrión ordena ir al encuentro del junco y dispone a sus soldados para un abordaje aprovechándose de la circunstancia de que los barcos de apoyo japoneses habían quedado alejados de la primera línea de batalla.

LOS COMBATES DE CAGAYÁN Un junco, la embarcación más grande de la época
Un junco, la embarcación más grande de la época

Poco le importó que el junco fuese mucho mayor que su galera ni que la inferioridad española fuese de 10 a 1.

Antes de continuar con el relato es conveniente puntualizar que Carrión, aparte de demostrar una confianza en sus fuerzas rayana en la insensatez, por esos días contaba con 69 años de edad. Un dato muy a tener en cuenta.

Continuemos.

Al alinearse con el barco enemigo, Carrión mandó disparar a la artillería que barrió la cubierta dejando numerosas bajas entre los piratas.

La infantería abordó el junco (con el «joven» Carrión al frente) y se encontraron con cientos de japoneses esperándoles.

La aplastante superioridad pirata y el hecho de que estos contasen con el apoyo de armas de fuego proporcionadas por los portugueses, hizo que tuvieran que recular y volver a la galera para intentar repeler esa auténtica avalancha humana que se les venía encima.

LOS COMBATES DE CAGAYÁN

Ante tan delicada situación, la infantería española hizo lo que mejor sabía y le habría de distinguir en los campos de batalla de media Europa: defender su posición.

Y en silencio y con la mayor disciplina como era habitual en ellos, se dispusieron en la clásica formación defensiva en cuadro con piqueros delante y los mosqueteros y arcabuceros detrás mientras iban reculando hacia la popa sin romper en ningún momento la formación.

Los japoneses, viendo que el enemigo retrocedía, redoblaron la intensidad del ataque, y ese Chuck Norris de 69 años que era Carrión cortó con su espada la cuerda de una vela cercana que al desplomarse y caer entre los dos ejércitos sirvió de improvisado parapeto a las tropas españolas.

En lo peor del hostigamiento japonés apareció uno de los navíos españoles de apoyo que en una serie de providenciales ráfagas de cañoneo contra el enemigo, consiguió que el desconcierto se apoderara de los japoneses.

Instantes después, los españoles empezaron a avanzar espada en mano hacia su enemigo que, estupefacto, veía como sus katanas se mellaban al chocar con las rodelas y las espadas roperas españolas y cayó en el más absoluto de los pánicos.

Los españoles, con Rambo Carrión al frente, mataron a todos los japoneses que había en el junco excepto a los que en su huida desesperada se tiraron al agua y que murieron ahogados al ir embutidos en sus pesadas armaduras.

Tras esta escaramuza, la flota de Carrión se dispuso a remontar el rio Cagayán en busca del campamento enemigo cuando se encontraron de frente a una flota enemiga compuesta por los dieciocho barcos de apoyo del junco que se habían quedado rezagados.

Carrión, tras la experiencia anterior y ante la abrumadora superioridad numérica enemiga, evitó el combate directo y optó por abrirse paso río arriba a base de cañonazos dejando atrás no menos de doscientas bajas enemigas.

Carrión versus Tay Fusa: sólo puede quedar uno

Finalmente, Carrión y su flota llegaron al destino final de la misión que le habían encomendado: el cuartel general de Tay Fusa.

Ordena el desembarco en las cercanías y manda fortificar la posición y reforzarla con la artillería de los barcos en previsión de lo que se le podía venir encima.

Los combates de Cagayán

Al campamento español llega una delegación pirata pidiendo la rendición incondicional, a lo que Carrión responde con un ultimátum al caudillo nipón haciéndole saber que estaba operando en territorios bajo la jurisdicción española e instándole a abandonar la región de inmediato.

Los nipones no estuvieron mucho por la labor de abandonar su lucrativo negociado en la zona porque se lo pedían unas pocas decenas de fulanos barbudos venidos de quién sabe dónde, y le hicieron saber a Carrión que sólo se irían si les pagaban una cantidad desorbitada que sólo hizo que enfurecer a Carrión, el cual les exigió de manera más expeditiva si cabe que se fueran por donde habían venido, no sin antes dejar las armas, las municiones y los víveres si querían salir vivos de allí.

Estaba claro desde el principio que el diálogo entre estos dos no iba a funcionar.

La respuesta al ultimátum fue una carga de 600 ronin que se abalanzaron sobre los apenas 40 infantes españoles.

La oleada de japoneses iba estrellándose contra el impenetrable muro de picas de los españoles, tras el cual un infierno de fuego de artillería y arcabuces iba diezmando a los atacantes dejando un montículo de cadáveres japoneses ante la empalizada española.

Tay Fusa ordenó que se lanzara una segunda oleada, pero con instrucciones de que los hombres de vanguardia se concentraran en tirar de las picas para poder arrancarlas de las manos de los defensores y así arrebatarles esa coraza de puntas de acero que, como un puercoespín, impedía a sus hombres destrozar a esos pocos europeos que estaban empezando a fastidiarle más de lo previsto esa mañana.

Tay Fusa se las prometía muy felices desde la distancia pero su táctica no dio ningún resultado.

¿La razón?

Carrión, que era un hombre bregado en mil batallas, se había anticipado a este movimiento y había mandado untar las picas con sebo, consiguiendo que al caer los japoneses al resbalar, eran presa fácil para los españoles que los remataban a placer.

LOS COMBATES DE CAGAYÁN

¿Resultado? Otra nueva carnicería ante la empalizada española.

Y Tay Fusa, percatándose de que los cañones españoles ya no disparaban por falta de munición, ordena poner toda la carne en el asador y mandar a todos los hombres que le quedaban sin excepción a un ataque definitivo para aniquilar de una vez por todas a los defensores.

Y lanza una tercera oleada que se dirige corriendo a todo trapo hacia los españoles que, ya sin munición para la artillería y con poca pólvora para los arcabuces, consiguen repelerlos llegando a entablarse un feroz combate cuerpo a cuerpo hasta que, en medio del desconcierto y la perplejidad más absoluta por parte japonesa, Carrión detecta la desmoralización enemiga y ordena salir espada en mano a por los Ronin que ya escapaban pies para qué os quiero.

LOS COMBATES DE CAGAYÁN

Se calcula que salieron apenas treinta soldados españoles a por cuatrocientos japoneses a la huida.

Cuatrocientos enemigos a esas alturas humillados, agotados y desmoralizados que cayeron uno a uno atravesados por el acero toledano de la que en aquel momento, y no en vano, estaba considerada la mejor infantería del mundo.

LOS COMBATES DE CAGAYÁN

Las consecuencias de los combates de Cagayán

Con el fin de ejercer un control más efectivo de la zona, Carrión fundó la ciudad de Nueva Segovia, hoy Lal-lo.

Tras esta extraordinaria gesta, a excepción de algún episodio esporádico, los piratas, ni ningún enemigo externo, volvieron a asomar por la zona nunca más hasta 1898, fecha en que pasó Filipinas a manos estadounidenses.


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