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La Bedford Tower, en el patio superior del Castillo de Dublín

Las llamadas joyas de la Corona irlandesa, las insignias de diamantes de la Orden de San Patricio, desaparecieron de una caja fuerte del Castillo de Dublín en 1907, y el robo se descubrió cuatro días antes de que llegara de visita Eduardo VII. Ninguna cerradura estaba forzada. Su custodio, sir Arthur Vicars, lo pagó con el cargo. Al ladrón nunca se le ha puesto nombre oficial, y de las 394 piedras no ha aparecido ninguna.

Diamantes de la reina Carlota para el virrey

El nombre engaña: en la caja no había ninguna corona. Eran las insignias del Gran Maestre de la Orden de San Patricio, creada en 1783 a imagen de la Jarretera inglesa. El Gran Maestre era el virrey de Irlanda, y Guillermo IV le envió en 1831 un juego a su altura: una estrella y una insignia cuajadas de diamantes brasileños, con la cruz de San Patricio en rubíes y un trébol de esmeraldas.

Sumaban 394 piedras, muchas sacadas de las joyas de la reina Carlota, y las tasaciones de la época daban unas 30.000 libras por las dos piezas; hubo quien habló de 50.000. En la caja había además cinco collares de oro de caballeros de la orden y unas joyas que Vicars había heredado de su madre. Él era el guardián: Ulster King of Arms, jefe de la Oficina de Armas y genealogista con más cabeza para los escudos que para las llaves.

Una caja fuerte demasiado ancha para su cámara

El lío empezó con una mudanza. En 1903 la Oficina de Armas pasó a la Bedford Tower, en el patio superior del castillo, que estrenaba cámara acorazada. La caja de las joyas no cabía por su puerta de acero, así que se quedó en la biblioteca, que hacía también de sala de espera.

Imagen policial de 1907 con las joyas de la Orden de San Patricio robadas en el Castillo de Dublín
Las joyas robadas, en la imagen que difundió la Policía Metropolitana de Dublín en 1907. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Había siete llaves de la oficina y dos de la caja, ambas de Vicars: una la llevaba encima y la otra estaba en su casa. Las joyas se vieron por última vez el 11 de junio de 1907, cuando se las enseñó a un visitante. El 3 de julio la limpiadora, la señora Farrell, encontró la puerta de entrada sin cerrar con llave, y tres días después, entornada la de la cámara acorazada. Vicars no hizo nada.

La tarde de ese 6 de julio, el mensajero William Stivey fue a guardar en la caja el collar de un caballero y la encontró cerrada, pero sin llave. Vicars abrió el estuche y, según el propio castillo, exclamó: «¡Dios mío, no están!». Los ladrones se habían dejado la cinta y el broche de la insignia, señal de que no tenían ninguna prisa.

Ni Scotland Yard ni el padre de Sherlock Holmes

Eduardo VII y la reina Alejandra llegaban el 10 de julio a la Exposición Internacional de Dublín, y las insignias iban a servir para armar caballero a lord Castletown. El rey se puso furioso y exigió que destituyeran a Vicars. Scotland Yard mandó al inspector jefe John Kane, que encontró las cerraduras intactas: quien entró usó llaves originales o copias muy buenas. Kane creía que el ladrón era de casa, pero su informe nunca se hizo público, y en 1913 el secretario para Irlanda, Augustine Birrell, repitió en los Comunes que no había pruebas para acusar a nadie.

Retrato de sir Arthur Vicars, de pie
Sir Arthur Vicars, Ulster King of Arms y custodio de las joyas, en una fotografía de la agencia Bain. Foto de dominio público, vía Wikimedia Commons.

También se ofreció a ayudar Arthur Conan Doyle, amigo de Vicars y, según varias fuentes, primo lejano suyo. Repasó planos del escenario y defendió a su amigo, pero, en palabras del historiador Myles Dungan, no aportó nada de valor práctico. Vicars llegó a consultar a un vidente, que le mandó buscar en los cementerios de los alrededores de Clonsilla, cerca de Dublín. Se cavó en vano.

Un responsable oficial y ningún ladrón

La comisión que se abrió en enero de 1908 solo tenía que decidir si Vicars había custodiado las joyas con la diligencia debida; buscar al ladrón no entraba en su encargo. Vicars se negó a comparecer y acusó en público a su compañero de casa, Francis «Frank» Shackleton, heraldo de Dublín y hermano menor del explorador Ernest Shackleton. Frank andaba corto de dinero, pero tenía coartada: no estaba en Dublín. La comisión lo exculpó y concluyó que Vicars no había puesto el cuidado debido. A finales de enero lo destituyeron, y con él salió su personal.

El año 1913 fue de tribunales para los dos. El semanario londinense London Mail había publicado que una amante de Vicars copió la llave y huyó a París con las joyas; en el juicio por difamación, el semanario reconoció que aquella mujer no existía, y Vicars se llevó 5.000 libras. Frank Shackleton acabó condenado a quince meses de trabajos forzados por una estafa ajena a las joyas, y luego se cambió el apellido por Mellor.

En los libros posteriores aparecen otros sospechosos, como Pierce Gun Mahony, sobrino de Vicars, o Francis Bennett-Goldney, de quien tras su muerte se supo que se había llevado documentos antiguos de Canterbury. Nadie fue juzgado por el robo.

Vicars defendió su inocencia hasta su muerte, que nada tuvo que ver con las joyas. El 14 de abril de 1921, hombres del IRA lo mataron en su casa de Kilmorna, en Kerry, y le dejaron un cartel que lo acusaba de espía. De las joyas solo queda la caja fuerte, que en 2008 pasó de la comisaría de Kevin Street al museo de la Garda, en el mismo castillo. Eduardo VII, que ese mismo 1907 recibió el diamante Cullinan, tuvo más suerte con sus otras joyas de la Corona, y Conan Doyle volvería a jugar a detective con la desaparición de Agatha Christie.

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