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Richebourg, el espía de 58 cm que se disfrazaba de bebé

Grabado de una multitud quemando la barrera de aduanas de la Conférence, en París, en julio de 1789

Una niñera llega a una de las barreras de París con un bebé en brazos, y los guardias la dejan pasar. Lo que nadie comprueba es que el bebé tiene más de veinte años, se ha afeitado la cara y lleva encima mensajes que entran y salen de la ciudad. Se llamaba Richebourg, medía 58 centímetros y el Libro Guinness lo tiene registrado como el espía más bajo de la historia.

En una entrada anterior hablamos de Werner von Janowski, quizá el peor espía de todos los tiempos. La de Richebourg es una historia muy distinta.

Richebourg, a secas

De él solo se conoce el apellido: ni siquiera se sabe su nombre de pila. Nació en 1768, en Orleans según Ara, y sobre sus primeros años hay versiones distintas: unas lo hacen hijo de una familia acomodada y otras, criado en una casa humilde y metido a sirviente. La Britannica de 1911 dice que empezó como criado de la familia de Orleans, y una crónica de 1865 que publicó el periódico The Daily Dispatch, que entró a los dieciséis años en la casa de la duquesa de Orleans, la madre del futuro rey Luis Felipe.

Retrato de Luisa María Adelaida de Borbón, duquesa de Orleans, con vestido claro y pañuelo, pintado por Marie-Victoire Lemoine
Luisa María Adelaida de Borbón, duquesa de Orleans, retratada por Marie-Victoire Lemoine (dominio público).

De adulto medía 58 centímetros. En su época, según Ara, muchos niños con enanismo eran abandonados, y de adultos solían acabar en el circo o al servicio de los ricos, que consideraban divertido tener uno entre sus criados. A Richebourg, su estatura le permitía pasar inadvertido: los soldados no desconfiaban de una persona tan pequeña.

Un bebé en las barreras de París

Cuando estalló la Revolución, en 1789, París estaba rodeado por el muro de los Fermiers généraux, una cerca de 24 kilómetros construida entre 1784 y 1791 para cobrar impuestos a las mercancías que entraban en la ciudad, con barreras de aduanas en cada entrada. Era tan impopular que en la noche del 12 al 13 de julio de 1789, la víspera de la toma de la Bastilla, los parisinos incendiaron varias de sus barreras.

La Rotonde de la Villette, edificio neoclásico circular con columnas, antiguo puesto de aduanas de París
La Rotonde de la Villette, una de las barreras de aduanas que Ledoux construyó alrededor de París poco antes de la Revolución. Foto: Coyau (CC BY-SA 3.0).

Para cruzarlas sin llamar la atención, Richebourg se rapaba, se afeitaba y se vestía de bebé, y una mujer que hacía de madre o de niñera lo llevaba en brazos o en una especie de cochecito. Según el Guinness, así entraba y salía de París con mensajes al servicio de la aristocracia, y la Britannica de 1911 añade que llevaba los despachos escondidos entre las ropas de bebé.

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Un espía en el cochecito

El disfraz daba para más que cruzar barreras. Según Ara, la falsa niñera dejaba a veces el cochecito cerca de soldados o de políticos, incluso dentro de un puesto de guardia, y Richebourg escuchaba lo que hablaban delante de él. Otra variante lo hace pasar por un niño perdido al que una anciana lleva a una comisaría, donde se enteraba de lo que la policía pensaba hacer con algunos presos.

Para quién trabajaba depende de la fuente. El Guinness dice que lo empleaba la aristocracia, y la crónica de 1865, que sus despachos llegaban a los miembros encarcelados de la familia real. Ara, en cambio, lo pone a sueldo de los revolucionarios, o de quien pagara. Tampoco se sabe si lo que contaba sirvió para algo importante. Con el tiempo, sus hazañas se han exagerado mucho, y algún detalle, como el biberón que se le atribuye, ya forma parte de la leyenda.

¿Existió de verdad?

Hay quien ha llegado a dudar de que existiera, porque su vida parece sacada de una novela de Julio Verne o de Alejandro Dumas. Pero su nombre aparece en documentos oficiales que recogen pagos por su trabajo, y el Guinness lo reconoció tras consultar con historiadores, según Ara. Sobre el final de su carrera, Ara recoge dos versiones: que nunca lo descubrieron y que dejó el oficio cuando supo que se conocía su existencia.

Murió en París en 1858, con 90 años, según el Guinness, Ara y la Britannica de 1911. The Daily Dispatch, en cambio, publicó la noticia de su muerte en febrero de 1865 y le atribuía 92 años. Según Ara, vivió sus últimos años con un alto nivel de vida.

El divulgador ZoSo resume la historia de Richebourg en un minuto en su canal de YouTube.

La increíble historia del espía más pequeño

Una pensión de los Orleans

Según aquella crónica de 1865, la familia de Orleans le pagó hasta su muerte una pensión de 3.000 francos al año, y la Britannica de 1911 también lo describe como pensionista de la familia. Vivió sus últimos treinta años en la misma casa del Faubourg Saint-Germain, sin ninguna gana de exhibirse: durante casi media vida, dice la crónica, no cruzó el umbral de su puerta.

Otras historias del blog: Tarrare, el espía de la Revolución francesa que se tragaba los mensajes, Dusko Popov y el crucigrama del Día D.

Lee también: Los eructos de Luisa Isabel de Orleans: la princesa que dejó sin palabras al duque de Saint-Simon y Tener buena o mala pinta: el origen de la expresión

Fuentes consultadas

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