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Isadora Duncan, la bailarina que liberó la danza y murió por un pañuelo en Niza

Isadora Duncan recostada en el suelo, con una túnica corta y un brazo levantado, en una fotografía de Arnold Genthe

Isadora Duncan se negó a calzarse unas zapatillas de punta y, con una túnica y los pies desnudos, cambió la manera de entender la danza. Nacida en San Francisco en 1877, triunfó en Europa y allí enterró a sus dos hijos. Murió en Niza la noche del 14 de septiembre de 1927, a los 50 años, cuando el largo pañuelo que llevaba al cuello se enganchó en una rueda del deportivo al que acababa de subir.

Lo que aprendió de los vasos griegos

Era la menor de cuatro hermanos. Tras el divorcio de sus padres, su madre, profesora de música, se los llevó a Oakland, a una casa donde sobraba piano y faltaba dinero, y los hermanos acabaron dando clases de baile a los niños del barrio. En 1899 se instalaron en Londres, donde Isadora y su hermano Raymond pasaban horas en el Museo Británico estudiando los vasos griegos; al año siguiente, en París, ella hizo lo mismo en el Louvre.

De ahí salió su estilo. Bailaba descalza y sin corsé, envuelta en túnicas sueltas a la griega, cuando el ballet exigía tutú y puntas. Buscaba un movimiento natural, aprendido del mar, y en sus memorias cuenta que pasó horas inmóvil, con las manos sobre el plexo solar, convencida de que ahí nacía cualquier gesto. En 1902 presentó en Budapest su primer programa propio, y el público le hizo repetir El Danubio azul una y otra vez.

Las «Isadorables» y una mañana de abril

En 1904 abrió su primera escuela en Grunewald, a las afueras de Berlín. De allí salieron seis alumnas a las que la prensa bautizó como las «Isadorables». Más tarde vendrían una escuela en París, cerrada al estallar la Primera Guerra Mundial, y otra en Moscú.

Siete jóvenes con túnicas blancas sentadas junto a una ventana, alumnas de Isadora Duncan
Alumnas de Isadora Duncan, entre ellas varias de las «Isadorables», retratadas por Frances Benjamin Johnston. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Para entonces ya era madre. Deirdre había nacido en 1906, de su relación con el escenógrafo Edward Gordon Craig, y Patrick en 1910, hijo de Paris Singer, heredero de las máquinas de coser Singer. El 19 de abril de 1913, en París, el coche en el que viajaban los dos niños con su niñera cayó al Sena. No se salvó ninguno de los tres. Isadora volvería a bailar muchas veces, pero en sus memorias cuenta que cada noche revivía aquella última mañana.

Un poeta en Moscú, un mecánico en Niza

En 1921 aceptó la invitación del Gobierno soviético para abrir una escuela en Moscú, y allí conoció a Serguéi Esenin, un poeta dieciocho años más joven. Se casaron el 2 de mayo de 1922 y, al llegar juntos a Nueva York en octubre, los retuvieron en Ellis Island por sospechosos de ser agentes bolcheviques. El matrimonio no sobrevivió a la bebida de Esenin, que volvió a Moscú en 1923 y se quitó la vida en diciembre de 1925. El 8 de julio de 1927 dio su último recital, en el Teatro Mogador de París, y luego se fue a Niza, donde tenía un estudio.

La Promenade des Anglais de Niza llena de paseantes con abrigo y sombrero, con palmeras y grandes hoteles al fondo, en 1927
Paseantes en la Promenade des Anglais de Niza en enero de 1927. Foto: Agence Rol (dominio público), vía Wikimedia Commons.

Allí se encaprichó de un deportivo y, según algunos, también de su dueño: Benoît Falchetto, mecánico del garaje Helvetia, al que ella llamaba «Bugatti». Quedaron en dar una vuelta de prueba: Isadora decía que quería comprarse el coche.

Unos metros por la Promenade des Anglais

La noche del 14 de septiembre cenó con su vieja amiga Mary Desti en un café frente al estudio, en cuya puerta había dejado una nota para Falchetto: «Je suis en face chez Henri» («Estoy enfrente, en Henri’s»). Al llegar el deportivo, Desti le rogó que se pusiera una capa. Ella prefirió su chal favorito, casi dos metros de crespón rojo pintado a mano que le había regalado la propia Desti, y rechazó el abrigo de cuero que le ofrecía Falchetto.

El coche, un biplaza bajo y sin guardabarros, arrancó. A los pocos metros, Desti vio que los flecos del chal arrastraban por el suelo y gritó, pero ya se habían enredado en la rueda trasera. El tirón fue mortal. En el hospital, los médicos solo pudieron confirmar que había muerto en el acto. Algunos periódicos estadounidenses del día siguiente, escritos a toda prisa, le echaban 49 años y hablaban de un «chal español».

¿A la gloria o al amor?

Según el libro que Desti publicó en 1929, antes de arrancar Isadora se despidió con un «Adieu, mes amis. Je vais à la gloire!» («Adiós, amigos. Me voy a la gloria»). La frase dio la vuelta al mundo, pero nadie puede asegurar que la dijera. El escritor Glenway Wescott contó más tarde que Desti le había confesado otra versión, menos solemne: «Je vais à l’amour», me voy al amor.

Con el coche pasó algo parecido. Desti lo llama «Bugatti», igual que a su conductor, y la marca se quedó pegada a la leyenda. Los historiadores del automovilismo lo identifican como un Amilcar, aunque todavía se discute el modelo. Falchetto acabó de piloto de carreras y en 1932 ganó el Gran Premio de Nîmes con un Bugatti de verdad.

Sus cenizas descansan en el columbario del Père-Lachaise, en París, junto a las de sus hijos. Del baile sin reglas hubo antes episodios menos artísticos, como el verano de 1518 en que Estrasburgo no podía dejar de bailar, y la suerte que a Isadora le faltó aquella noche le sobró a Frane Selak, el croata que salió vivo de siete accidentes.

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