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La monja alférez: la novelesca vida de Catalina de Erauso

Retrato al óleo de Catalina de Erauso, la monja alférez, con ropa de hombre y gorguera

La noche del 18 de marzo de 1600, una novicia de unos quince años encontró colgadas las llaves del convento de San Sebastián, se escapó, se cortó el pelo y se hizo un traje de hombre. Durante más de veinte años, Catalina de Erauso fue paje en la corte, grumete, mercader, soldado en la guerra de Arauco, jugador, pendenciero y prófugo de media América del Sur, siempre con nombre de varón. Cuando por fin contó la verdad a un obispo de Perú, la historia corrió hasta Felipe IV y el papa Urbano VIII, que le dio permiso para seguir vistiendo de hombre. Esto es lo que contó de sí misma y lo que se sabe de ella.

Una novicia que no quería serlo

Catalina de Erauso nació en San Sebastián en 1585 según su autobiografía, o en 1592 según su partida de bautismo, hija del capitán Miguel de Erauso y de María Pérez de Galarraga. Con unos cuatro años la internaron con dos hermanas en el convento dominico de San Sebastián el Antiguo, donde su tía era priora, y por su carácter acabó en el de San Bartolomé, más estricto. No tenía ninguna vocación, se negó a profesar y, tras sus continuas peleas con otra novicia, aprovechó aquellas llaves olvidadas para salir por la puerta. Memoria Chilena recoge, sin embargo, anotaciones del convento de San Sebastián el Antiguo que la sitúan allí entre 1602 y 1607, y la versión del padre Rosales, según la cual era monja profesa.

Anduvo a pie hasta Vitoria, sirvió unos meses en casa de un catedrático y de allí pasó a Valladolid, entonces sede de la corte, donde, con el nombre de Francisco de Loyola, entró como paje de Juan de Idiáquez, secretario del rey. Un día se presentó en la casa su propio padre buscando a su hija fugada, habló con ella y no la reconoció; Catalina recogió sus cosas esa misma noche. Siguieron Bilbao, donde una pedrada a un muchacho le costó un mes de cárcel; Estella, donde fue paje dos años; una visita de incógnito a San Sebastián, en la que oyó misa en su antiguo convento sin que nadie la reconociera, y por fin Sanlúcar, donde se enroló de grumete en el galeón de un primo de su madre. Según sus memorias, zarpó hacia América el Lunes Santo de 1603 (Memoria Chilena da 1609).

América: mercader, pendenciero y soldado

En Nombre de Dios (Panamá) le robó quinientos pesos a su pariente y se quedó en tierra. Trabajó después para Juan de Urquiza, un mercader de Trujillo, y en Saña tuvo su primera bronca seria: un tal Reyes la amenazó en el teatro y al día siguiente ella le cruzó la cara de una cuchillada. Urquiza la sacó de la cárcel y propuso casarla con Beatriz de Cárdenas, pariente de Reyes y amante del propio mercader, para calmar las cosas; la novia se mostró demasiado cariñosa y Catalina salió por pies. En Trujillo mató a uno de los que fueron a vengarse, y el corregidor, vizcaíno como ella, le susurró en euskera que se refugiara en la iglesia. De Lima tuvo que irse tras una escena comprometedora con la cuñada de su patrón, y se alistó como soldado para Chile.

Mapa de América del Sur con el recorrido de Catalina de Erauso por Panamá, Perú, Chile, Bolivia y Argentina
El recorrido de Catalina de Erauso por América del Sur según su autobiografía (dominio público).

En Concepción se encontró con un militar que era nada menos que su hermano Miguel de Erauso, al que no veía desde que ella tenía dos años. Él no la reconoció y la tuvo a su lado tres años. Desterrada a Paicaví por otra pendencia, luchó en la guerra de Arauco contra los mapuches; según su relato, en la batalla de Valdivia recuperó la bandera de su compañía, que se habían llevado los indígenas, y la ascendieron a alférez (Memoria Chilena lo fecha en 1619). No pasó de ahí: hubo quejas por su crueldad con los indios.

De vuelta en Concepción, una noche aceptó ser el segundo de un amigo en un duelo y, en la oscuridad, atravesó al segundo del contrario. Era su hermano Miguel, según cuenta ella misma. Escapó de la justicia cruzando los Andes hacia Tucumán, un viaje en el que murieron sus dos acompañantes y en el que encontró a dos hombres congelados junto a una peña. Una viuda que la recogió quiso casarla con su hija; casi a la vez se prometió con la sobrina de un canónigo. Desapareció antes de ninguna de las dos bodas.

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Alto Perú: cartas, cuchilladas y cadalsos

Lo que sigue en sus memorias es una sucesión de pueblos, partidas de naipes y huidas. En La Plata la acusaron de rajarle la cara a una vecina enemistada con su patrona y la torturaron en el potro antes de soltarla. En Piscobamba mató a un portugués que la había asaltado de noche, la condenaron a muerte y tenía ya la soga al cuello cuando llegó la orden de suspender la ejecución. En Cochabamba huyó en una mula con María de Dávalos, a la que su marido quería matar, y acabó batiéndose con él dentro de una iglesia. Fue alguacil en Mizque, la volvieron a condenar a muerte en La Paz, la acusaron sin culpa de un crimen en Cuzco y, según su relato, cayó presa de los holandeses frente a Lima.

Tenía además recursos de pícaro. Cuando, en Lima y a punto de salir para el Cuzco, dos hombres la acusaron de haberles robado el caballo, le tapó la cabeza al animal con la capa y les preguntó de qué ojo era tuerto; uno dijo que del izquierdo, el otro que del derecho, y el caballo no era tuerto de ninguno. Ya en el Cuzco mató en una pelea a un gigantón al que llamaban el Nuevo Cid y tuvo que escapar otra vez, dejando más muertos en el puente que marcaba el límite de la jurisdicción.

La confesión de Huamanga

En 1623, en Huamanga (la actual Ayacucho), la detuvieron tras otra pelea. Para salvarse pidió amparo al obispo, Agustín de Carvajal, y le contó la verdad: que era una mujer, que se había escapado de un convento y todo lo demás. El obispo, que según ella la escuchó llorando, mandó que unas matronas la examinaran; confirmaron que era mujer y virgen, y desde entonces la protegió. Ingresó en el convento de Santa Clara de Huamanga entre una multitud que quería verla, y tras la muerte del obispo la llamaron a Lima, donde la recibieron el arzobispo y el virrey, y pasó algo más de dos años en el convento de la Santísima Trinidad.

Felipe IV, Urbano VIII y el final en México

Volvió a España a finales de 1624 convertida en una celebridad. Felipe IV le mantuvo el grado militar, le permitió usar su nombre de hombre y le concedió una pensión por sus servicios en Chile. En Cataluña la desvalijaron unos bandoleros y se presentó ante el rey casi desnuda; según sus memorias, él le preguntó cómo se había dejado robar, y ella respondió: «Señor, no pude más». En Roma, el papa Urbano VIII la autorizó a seguir vistiendo de hombre, y en Nápoles, cuando unas muchachas se burlaron de ella llamándola «señora Catalina», les prometió cien pescozones y cien cuchilladas a quien quisiera defenderlas.

Placa en recuerdo de Catalina de Erauso, la monja alférez, en el parque de Miramar de San Sebastián
Placa en recuerdo de Catalina de Erauso en el parque de Miramar de San Sebastián. Foto: Ivotoledo45 (CC BY-SA 4.0).

En 1630 se fue a Nueva España, probablemente a Orizaba, donde montó un negocio de arriería entre la Ciudad de México y Veracruz con el nombre de Antonio de Erauso. Murió hacia 1650, seguramente en Cotaxtla. Para entonces ya había una comedia sobre su vida, atribuida tradicionalmente a Juan Pérez de Montalbán (el investigador Germán Vega García-Luengos, a partir de análisis estilométricos, la asocia con Juan Ruiz de Alarcón), y un retrato que hoy se atribuye a Juan van der Hamen. Vivió casi toda su vida adulta como hombre y con nombres de hombre, y los historiadores siguen discutiendo cómo entendía ella misma su identidad.

Hay que añadir una advertencia. Casi todo lo que se cuenta de ella sale de su autobiografía, que no se publicó hasta 1829, en París, gracias a Joaquín María Ferrer, y cuya autoría y exactitud discuten los investigadores: algunos episodios encajan con documentos de la época y otros tienen todo el aire de novela de aventuras. Su existencia y lo esencial de su vida, en cambio, están bien documentados.

El Centro Dramático Nacional estrenó en 2013 una versión teatral de su vida, que el Ministerio de Cultura publicó completa y con audiodescripción:

La monja alférez (con audiodescripción). Centro Dramático Nacional. 2013

Entre lo vivido y lo contado

La existencia de Catalina de Erauso y lo esencial de su vida están documentados. Muchos detalles, en cambio, solo los cuenta su autobiografía, publicada dos siglos después, y otros documentos los fechan de otra manera, desde su salida del convento hasta su embarque hacia América.

Otras historias del blog: Martin Guerre y su marido postizo, el duelo más largo de la historia y el duelo a pecho descubierto de la princesa Metternich y la condesa Kielmansegg.

Fuentes consultadas

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