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La insólita historia de Ruth Belville, la mujer que vendía el tiempo

Ruth Belville, con abrigo y sombrero oscuros, recibe un papel de manos del portero del Observatorio de Greenwich ante el gran reloj Shepherd de la entrada

El reloj lo habían fabricado para un duque, que lo rechazó porque, según él, parecía un orinal. Con aquel cronómetro de bolsillo, un John Arnold de 1794, la familia Belville vendió la hora exacta en Londres durante 104 años. La última fue Ruth Belville: cada lunes iba al Observatorio de Greenwich, se tomaba un té con el portero, ponía en hora el reloj y luego recorría la ciudad para que sus clientes, casi todos relojeros, ajustaran los suyos. Lo hizo hasta 1940, con 86 años.

Un negocio familiar

A principios del siglo XIX, saber la hora exacta en Londres no era tan sencillo como parece. Cada reloj iba a su aire, y los relojeros, que necesitaban la hora buena para ajustar los que vendían y reparaban, mandaban cada semana a un empleado al Observatorio de Greenwich con un reloj de confianza para ver cuánto se había adelantado o atrasado. La puntualidad era un arte de conjeturas y maldiciones.

En 1836, John Henry Belville, que trabajaba en el Observatorio, les ahorró el paseo. Ponía en hora con el reloj de Greenwich un cronómetro de bolsillo, exacto hasta la décima de segundo, y llevaba la hora a domicilio a unos 200 clientes: en su propio carruaje, según Wikipedia; por medio de un mensajero, según el museo de Greenwich.

El cronómetro tenía su propia historia. Era un John Arnold de 1794, el número 485/786, fabricado con caja de oro para el duque de Sussex, uno de los hijos del rey Jorge III, que lo rechazó porque, decía, parecía un orinal. Cuando llegó a manos de John Henry, este le cambió la caja por una de plata, para no tentar a los ladrones. En la familia lo llamaban «Arnold», como si fuera uno más.

Cronómetro de bolsillo de plata con esfera blanca, números romanos y la firma Arnold 485
«Arnold», el cronómetro John Arnold n.º 485 con el que los Belville vendían la hora, en el Museo de los Relojeros de Londres. Foto: Geni (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

John Henry murió en 1856, y su viuda, Maria, pidió permiso para seguir con el negocio por su cuenta. Los clientes y el Observatorio dijeron que sí, y ella lo llevó durante 36 años, yendo en persona a las tiendas, hasta que se retiró en 1892, con más de 80. Entonces le pasó el reloj, y los clientes, a su hija Ruth, que tenía 38 años.

Maria Belville, anciana, con capa y cofia oscuras, junto a una mesa con un cartel de «The Time» y un reloj de pared
Maria Belville, la madre de Ruth, en una revista de 1892: «Mrs. Belleville, que comprueba la hora cada día en el Observatorio de Greenwich para los relojeros de Londres». Royal Museums Greenwich (dominio público), vía Wikimedia Commons.

Ruth Belville, la Greenwich Time Lady

Elizabeth Ruth Naomi Belville, nacida en 1854, heredó también la rutina. Cada lunes cogía el transporte público hasta Greenwich, se tomaba un té con el portero del Observatorio, comparaba «Arnold» con el reloj oficial y se llevaba un certificado de que iba en hora. Después pasaba el día recorriendo Londres, de los muelles a Clerkenwell y del West End a South Kensington y Baker Street, para que sus clientes compararan sus relojes con el suyo.

Tenía entre 30 y 40 clientes fijos, casi todos relojeros, que le pagaban unas 4 libras al año por la visita semanal, bastante menos que las 15 que costaba la señal horaria de Correos. Era un oficio basado en la confianza: si la señora Belville decía que eran las 17:11 y 22 segundos, nadie se ponía a discutírselo.

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Un escándalo de puntualidad

En 1908 le salió un enemigo. St John Wynne, director de la Standard Time Company, una empresa que vendía la hora por telégrafo y que era su principal competidora, dio un discurso en el United Wards Club de la City en el que dijo que los métodos de Ruth Belville estaban «graciosamente anticuados» y dejó caer que quizá usaba «su feminidad» para conseguir clientes. The Times publicó el discurso sin mencionar que Wynne era la competencia.

Lo que no esperaba Wynne era que el tiro le saliera por la culata. Los periodistas acosaron a Ruth, interesados por su negocio y por el posible escándalo; ella aguantó el chaparrón, y el resultado fue que ganó clientes. Según dijo, lo único que había conseguido Wynne era hacerle publicidad gratis.

El fin de una era

Contra quien no pudo fue contra la tecnología. En 1924, la BBC empezó a emitir sus famosos pitidos horarios, y cualquiera con una radio podía poner el reloj en hora sin moverse de casa. En 1936 llegó el reloj parlante, al que se llamaba marcando las letras TIM en el teléfono. Aun así, Ruth siguió con sus lunes en Greenwich hasta 1940, cuando se retiró con 86 años, en parte porque andar por Londres en plena guerra era peligroso. Todavía le quedaban unos 50 clientes.

La Compañía de Relojeros de Londres le pagaba una pensión en reconocimiento a tantos años de servicio. Ruth murió el 7 de diciembre de 1943, según se cuenta con «Arnold» junto a la cama, y le dejó el reloj a la compañía. El negocio de la familia había durado 104 años.

Hoy «Arnold» se puede ver en el Museo de los Relojeros, dentro del Science Museum de Londres. Sigue sin parecerse a un orinal, diga lo que diga el duque de Sussex.

Si te quedan ganas de más Londres insólito, aquí contamos el día de 1814 en que Londres se ahogó en cerveza.

Vídeo: la mujer que vendía la hora

Este vídeo de la revista New Scientist cuenta en dos minutos y medio la historia de la Greenwich Time Lady.

Ruth Belville: How the Greenwich Time Lady kept London ticking

Fuentes consultadas

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