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Richebourg, el espía de 58 centímetros que se disfrazaba de bebé

Grabado de una multitud quemando la barrera de aduanas de la Conférence, en París, en julio de 1789

Una niñera llega a una de las barreras de París con un bebé en brazos, bien tapado porque está enfermo, y los guardias la dejan pasar. Al día siguiente sale por el mismo sitio con la misma criatura. Lo que nadie comprueba es que el bebé tiene más de veinte años, se afeita la cara antes de cada viaje y lleva encima mensajes que no deberían salir de la ciudad. Se llamaba Richebourg, medía 58 centímetros y el Libro Guinness lo tiene registrado como el espía más bajo de la historia.

En una entrada anterior hablamos de Werner von Janowski, quizá el peor espía de todos los tiempos, y de las cualidades que se le suponen al oficio: sangre fría, memoria, capacidad de pasar desapercibido. Richebourg las tenía todas, y la última de una forma muy literal.

Richebourg, a secas

De él ha llegado poco más que el apellido, que para un espía no es mal currículo. Nació en 1768, según algunas fuentes en Orleans, y sobre sus primeros años hay versiones para todos los gustos: unas lo hacen hijo de una familia acomodada y otras, criado en una casa humilde y metido a sirviente. La más repetida lo coloca al servicio de los duques de Orleans, una de las familias más ricas de Francia.

Retrato de Luisa María Adelaida de Borbón, duquesa de Orleans, con vestido claro y pañuelo, pintado por Marie-Victoire Lemoine
Luisa María Adelaida de Borbón, duquesa de Orleans, retratada por Marie-Victoire Lemoine (dominio público).

De adulto medía 58 centímetros. En el siglo XVIII, una persona con enanismo tenía pocas salidas más allá de la de bufón o la de atracción de feria, y a casi nadie se le ocurría que pudiera dedicarse a otra cosa. Eso, en un oficio en el que lo importante es que nadie se fije en ti, era una ventaja enorme.

Un bebé en las barreras de París

Cuando estalló la Revolución en 1789, entrar y salir de París no era sencillo. La ciudad estaba rodeada por el muro de los Fermiers généraux, una cerca de aduanas con barreras vigiladas en cada entrada, y en tiempos revueltos los guardias miraban con lupa quién pasaba y qué llevaba encima.

La Rotonde de la Villette, edificio neoclásico circular con columnas, antiguo puesto de aduanas de París
La Rotonde de la Villette, una de las barreras de aduanas que Ledoux construyó alrededor de París poco antes de la Revolución. Foto: Coyau (CC BY-SA 3.0).

Para pasar sin que nadie preguntara, Richebourg se afeitaba la cara y la cabeza, se vestía de bebé y se dejaba llevar por una mujer que hacía de madre o de niñera. Una manta, un gorrito y la advertencia de que la criatura estaba enferma hacían el resto. Según el récord Guinness, así entraba y salía de París con mensajes para la aristocracia; los documentos podían ir escondidos en los pañales, y cuando no convenía llevar papeles, los llevaba en la memoria.

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Un espía en el cochecito

El disfraz daba para más que cruzar barreras. La versión más conocida de su historia cuenta que la falsa niñera pedía a veces a los soldados que le vigilaran al niño un momento mientras hacía un recado, y que Richebourg se quedaba allí, quieto y con cara de bebé, escuchando todo lo que los guardias hablaban delante de él con total confianza. Otra variante lo hace pasar por un niño perdido al que una anciana deja en una comisaría, con el mismo resultado: nadie baja la voz delante de un crío.

Para quién trabajaba depende de a quién se le pregunte. El Guinness dice que lo empleaba la aristocracia. Otras crónicas lo ponen a sueldo de los revolucionarios, y alguna, directamente, al servicio de quien pagara. Tampoco se sabe si lo que contaba sirvió para algo importante. Como en tantas historias de espías, lo que de verdad pasó y lo que se fue añadiendo después cuesta separarlo, y algún detalle, como el biberón que se le atribuye, ya es pura leyenda.

Un final de lo más tranquilo

Hay quien ha llegado a dudar de que existiera, porque su vida parece sacada de una novela de Dumas. Pero su nombre aparece en documentos oficiales que recogen pagos por su trabajo. Unos dicen que nunca lo descubrieron; otros, que el negocio se le acabó en cuanto se supo que existía, que es lo malo de hacerse famoso en un oficio como ese.

Lo que sí parece claro es cómo terminó: murió en París en 1858, con 90 años y, según las crónicas, viviendo con bastante desahogo. Sobrevivió a la Revolución, a Napoleón y a unos cuantos reyes, lo cual, para alguien que se había pasado media juventud metido en un cochecito entre soldados, no está nada mal. Y el récord sigue siendo suyo.

Vídeo: el espía más pequeño de la historia

El divulgador ZoSo resume la historia de Richebourg en un minuto en su canal de YouTube.

La increíble historia del espía más pequeño

La Revolución francesa tuvo otro espía igual de difícil de olvidar: Tarrare, que se tragaba los mensajes. Y si lo que gusta es el espionaje con imaginación, ahí están Dusko Popov y el crucigrama del Día D.

Fuentes consultadas

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