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Reconstrucción del paraguas búlgaro, abierto para mostrar el mecanismo de disparo y la punta

Georgi Markov esperaba el autobús junto al puente de Waterloo, en Londres, el 7 de septiembre de 1978, cuando notó un pinchazo en el muslo. Un desconocido con un paraguas le pidió perdón y se esfumó en un taxi. Cuatro días después, el escritor búlgaro, exiliado y azote radiofónico del régimen de Todor Zhivkov, estaba muerto. Así empezó el caso del paraguas búlgaro, que casi medio siglo después sigue sin condenados.

La voz que Sofía no quería oír

Markov nació en Sofía el 1 de marzo de 1929 y en los sesenta era un novelista y dramaturgo de éxito. En 1969, al saber que su última obra de teatro había irritado al Gobierno, se marchó a Italia, y cuando en 1971 le negaron la renovación del pasaporte decidió no volver. Se instaló en Londres y en 1972 entró en el servicio búlgaro de la BBC; después colaboró con la Deutsche Welle y Radio Europa Libre.

En Sofía se lo cobraron enseguida: en 1972 lo condenaron en ausencia a seis años y medio de cárcel por desertor. Desde 1975 emitía cada semana por Radio Europa Libre sus Reportajes en ausencia, en los que Zhivkov y su círculo salían malparados y que daban alas a los disidentes. Según la investigación búlgara posterior, en junio de 1977 Zhivkov dijo ante el Politburó que quería verlo callado. En 1978 llegaron las amenazas por teléfono. En la última, en agosto, una voz le anunció que moriría de «causas naturales», por un veneno que en Occidente no sabrían detectar.

Un «perdón» con acento extranjero

Aquel 7 de septiembre, Markov aguardaba en la parada del extremo sur del puente de Waterloo, camino de la BBC, cuando sintió un picotazo en la parte trasera del muslo derecho. Al volverse vio a un hombre corpulento que recogía un paraguas del suelo. El desconocido murmuró una disculpa con acento extranjero y se subió a un taxi.

Parada de autobús en el extremo sur del puente de Waterloo, con un autobús rojo y una escalera exterior roja
Parada de autobús del extremo sur del puente de Waterloo, en 2015. En ese lado del puente esperaba Markov el autobús. Foto: Nabakoff (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

Se lo contó a sus compañeros y esa noche ya tenía fiebre alta. Al día siguiente ingresó en el hospital, donde los médicos pensaron en una septicemia. No mejoró: le fallaron los riñones y el 11 de septiembre se le paró el corazón. Tenía 49 años. Dejaba a su mujer, Annabel, y a una hija de dos años.

La fecha, según algunas informaciones, no se eligió al azar: el 7 de septiembre era el cumpleaños de Zhivkov, y hay quien sostiene que aquella muerte fue un regalo para el líder.

Una bolita más pequeña que la cabeza de un alfiler

En la autopsia apareció, alojada en el muslo, una esfera de platino e iridio de 1,7 milímetros con dos orificios perforados en ángulo recto. Los científicos del laboratorio militar de Porton Down concluyeron que había llevado unos 0,2 miligramos de ricina, una toxina del ricino cuyos síntomas se confunden con los de una infección. En enero de 1979, el juez forense dictaminó que Markov había sido asesinado.

La confirmación llegó de París. A finales de agosto, otro exiliado búlgaro, Vladimir Kostov, había notado un pinchazo en la espalda en la estación de metro de Étoile y había pasado unos días enfermo. Cuando se supo lo de Markov acudió a los médicos, que le extrajeron una bolita idéntica. Kostov sobrevivió.

Autobuses rojos de dos pisos cruzando el puente de Waterloo sobre el Támesis, en Londres
Autobuses en el puente de Waterloo, en Londres, en 2014. Foto: Nevalenx (CC BY-SA 2.0), vía Wikimedia Commons.

Durante décadas se dio por hecho que el arma era un paraguas con un cilindro de aire comprimido y un gatillo en el mango, como la reconstrucción que exhibe el Museo Alemán del Espionaje de Berlín. El propio museo advierte hoy de que Scotland Yard apunta a varios agentes y a un arma de mano más pequeña. Según esa hipótesis, que defiende también el periodista búlgaro Hristo Hristov, el paraguas solo servía de distracción.

Piccadilly y los archivos que desaparecieron

Las sospechas apuntaron desde el principio a la Seguridad del Estado búlgara, la Darzhavna Sigurnost. Años después, el general del KGB Oleg Kalugin aseguró que Zhivkov había pedido ayuda a Moscú y que el KGB puso la ricina y el arma. Comprobarlo en Sofía resultó difícil. En junio de 1992, el antiguo jefe del espionaje Vladimir Todorov fue condenado a 16 meses de cárcel por destruir diez volúmenes del caso, y el viceministro del Interior Stoyan Savov se quitó la vida antes de ser juzgado por lo mismo.

De lo que quedó en los archivos salió un nombre: Francesco Gullino, un italiano nacido en 1945 y con nacionalidad danesa, al que el espionaje búlgaro había reclutado en 1971 tras detenerlo por contrabando. Su nombre en clave era Piccadilly. Según los documentos que Hristov consiguió tras tres años de pleitos, recibió pagos y adiestramiento. En 1993 lo interrogaron en Dinamarca y quedó libre por falta de pruebas. Murió en Austria en el verano de 2021 sin haber sido juzgado.

Bulgaria cerró su investigación en septiembre de 2013, 35 años después, porque el delito había prescrito. En el Reino Unido el asesinato no prescribe, y la Policía Metropolitana mantuvo el caso abierto. La bolita acabó en el museo del crimen de Scotland Yard, cerrado al público.

El paraguas búlgaro, en vídeo

Este breve reportaje de la CNN, en inglés, reconstruye el ataque del puente de Waterloo y el hallazgo de la bolita de ricina.

Umbrella fired fatal ricin dart

De aquella Bulgaria salió también otra figura que todavía da que hablar: Baba Vanga, la vidente a la que se siguen atribuyendo profecías treinta años después de su muerte. Y la Guerra Fría que se cobró a Markov en una parada de autobús estuvo a punto de desbordarse en 1983, la noche en que un oficial soviético, Stanislav Petrov, desconfió de una falsa alarma nuclear.

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