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The Ballad of the Skeletons: el poema de Allen Ginsberg con Paul McCartney a la batería

Portada de The Ballad of the Skeletons: un grabado de esqueletos danzando entre llamas, rodeado de los nombres de Allen Ginsberg, Paul McCartney, Philip Glass y Lenny Kaye

Allen Ginsberg le pidió a Paul McCartney que le recomendara un guitarrista y acabó con un Beatle de acompañante. El poema en cuestión, The Ballad of the Skeletons, era una sátira escrita en febrero de 1995 contra la América de Newt Gingrich. Al año siguiente se convirtió en disco, con McCartney a la batería y Philip Glass al piano, y en un vídeo de Gus Van Sant que MTV emitió en las semanas previas a las elecciones presidenciales. El autor de Aullido tenía setenta años y aquel fue su último proyecto discográfico: murió en abril de 1997.

Un poema para noquear a Gingrich

Ginsberg lo escribió entre el 12 y el 16 de febrero de 1995, según la fecha que cierra el texto, y The Nation lo publicó ese mismo año. Los republicanos acababan de hacerse con el Congreso, y Newt Gingrich era el primero de su partido en presidir la Cámara de Representantes en cuarenta años, con el Contract with America por bandera. Al poeta le sacaban de quicio aquel programa y la cantinela de los valores familiares que repetían los tertulianos de la radio. Todo aquello le pareció «odioso y estúpido», contó más tarde, así que se puso a escribir un poema para noquearlo.

Para el golpe eligió una herramienta antigua. «Es un viejo truco», le explicó en 1996 al periodista Steve Silberman: disfrazar de esqueleto a los arquetipos, como hacía el mexicano Posada. Por la balada desfilan, cada uno con su frase, el esqueleto del Presidente, el del Tribunal Supremo, el del ayatolá, el de Stalin y hasta los de Buda y Cristo.

«¿Por qué no me pruebas a mí?»

En octubre de 1995, Ginsberg visitó a los McCartney en su casa de Inglaterra y recitó la balada, que acabó grabada con una cámara doméstica. Tenía una lectura en el Royal Albert Hall de Londres y buscaba guitarrista, así que le preguntó a Paul si conocía a alguien. Paul le sugirió a David Gilmour y a Dave Stewart. Luego sospechó que aquello era una manera indirecta de pedírselo a él, y llamó para ofrecerse. Ginsberg lo contaba más corto: «¿Por qué no me pruebas a mí? Me encanta el poema».

Primer plano en blanco y negro de Allen Ginsberg, con gafas redondas, en 1979
Allen Ginsberg en 1979, dieciséis años antes de escribir la balada. Foto: Michiel Hendryckx (CC BY-SA 3.0), vía Wikimedia Commons.

La velada del 16 de octubre era un recital benéfico con una quincena de poetas, Anne Waldman entre ellos. McCartney llegó a las cinco de la tarde para la prueba de sonido, con su mujer y sus cuatro hijos, y se quedó la noche entera. Ginsberg guardó el secreto hasta el final y lo presentó con un escueto «señoras y señores, mi acompañante». Ni siquiera dijo su nombre, recordaría Paul, «pero con eso bastaba».

Un Beatle por mensajería

Meses después, Ginsberg repitió la balada en un concierto benéfico para la Tibet House, en el Carnegie Hall de Nueva York. Entre el público estaba Danny Goldberg, presidente de Mercury Records, que le propuso grabarla. La base salió de una sesión con Lenny Kaye, guitarrista del grupo de Patti Smith, al bajo y a la producción, y con Marc Ribot y David Mansfield a las guitarras.

Paul McCartney y Linda McCartney, sonrientes, durante una visita a Bruselas en 1992
Paul y Linda McCartney en Bruselas, en julio de 1992, tres años antes de la visita de Ginsberg. Foto: Comisión Europea (CC BY 4.0), vía Wikimedia Commons.

Aquella cinta de 24 pistas viajó de un día para otro hasta McCartney, que le dedicó una jornada en su estudio de Hog Hill, cerca de Rye. Añadió batería, maracas, órgano Hammond y guitarra. «Le dio un esqueleto, le dio una forma», dijo Ginsberg, que difícilmente podía haber encontrado mejor metáfora. Después, Philip Glass rellenó el conjunto con arpegios de piano y Hal Willner se encargó de la mezcla. Según Goldberg, el poeta estaba encantado: «Es lo más cerca que voy a llegar nunca a formar parte de los Beatles».

Un sombrero de Tío Sam en la MTV

El disco salió en 1996 en Mouth Almighty, un sello filial de Mercury. Traía la balada completa, de casi ocho minutos, una versión recortada de cuatro y otra «limpia», apta para radio y televisión. De propina, unas estrofas nuevas que Ginsberg había escrito para Amazing Grace a petición de Ed Sanders, sin McCartney ni Glass.

Faltaba la televisión. Cuando Tom Freston, consejero delegado de MTV, le compró cinco fotografías, Ginsberg llamó enseguida a Goldberg para insinuarle que, si Mercury pagaba un vídeo, quizá entrara en la cadena. El encargo fue para Gus Van Sant, que había dirigido a William S. Burroughs en Drugstore Cowboy (1989). En unos cuatro minutos, Ginsberg aparece en primer plano, con sombrero de Tío Sam, sobre un fondo de imágenes de archivo: la campaña de Clinton y Dole, el movimiento por los derechos civiles, esqueletos y diablos de viejas películas de Pathé, el locutor Rush Limbaugh, una bomba atómica. «Es un gran collage», resumió él.

La jugada salió bien. En las semanas previas a las elecciones de noviembre de 1996, MTV metió el vídeo en su codiciada rotación Buzz Bin. Goldberg presumía de que aquello convirtió a Ginsberg en el único septuagenario, aparte de Tony Bennett, que había sonado nunca en la cadena.

Ginsberg murió en Nueva York el 5 de abril de 1997, y los esqueletos quedaron como su último trabajo discográfico. McCartney los rescató en 2020 para la reedición de Flaming Pie. No era la primera vez que tocaba de acompañante casi de incógnito: en 1972, escondido con su familia en un hotel de Villajoyosa, acabó tocando con la orquesta del hotel. Y lo de camuflar a un músico célebre dentro de una grabación ya tenía precedente en la casa: un matemático necesitó una transformada de Fourier para sospechar que George Martin tocaba un piano escondido en el primer acorde de A Hard Day’s Night.

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