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El Tato, el torero que nunca faltaba y dio origen a una expresión muy española

Retrato litografiado del torero Antonio Sánchez, el Tato, con montera y traje de luces

Antonio Sánchez, el Tato, fue uno de los toreros más queridos de Madrid a mediados del siglo XIX, hasta que el 7 de junio de 1869 el toro Peregrino lo enganchó en la plaza de la Puerta de Alcalá. La herida se infectó, una semana después le amputaron la pierna derecha y la pierna acabó expuesta en el escaparate de una farmacia de la calle Fuencarral. Intentó volver a torear con una pierna ortopédica, no pudo y murió en Sevilla en 1895, repartiendo carne del matadero. De él ha quedado una frase: «No ha venido ni el Tato».

Un sevillano de San Bernardo

Nació el 6 de febrero de 1831 en el barrio sevillano de San Bernardo, junto al matadero que tantos toreros dio a las plazas. Según la Real Maestranza de Caballería de Ronda, con catorce años cerró tres días de capea en Osuna, pidió un adelanto y se lo gastó en presentarse con su ropa de torear. Hacia 1849, José Redondo, el Chiclanero, lo vio en Santiago de Compostela matando toros con una cuadrilla de pegadores portugueses, y fue el primero en hablar de él.

Fue puntillero de Juan Lucas Blanco y después entró en la cuadrilla de Cúchares, que le dio la alternativa en Madrid en 1853 y acabó siendo su suegro: en 1861 el Tato se casó con su hija, María de la Salud Arjona. Cuentan que Cúchares avisó a la novia de que no todos los toreros eran como él, que volvía siempre a casa, porque la mayoría solían volver «por carta o por alambre».

Dibujo de Gustave Doré: el Tato da un lance de capa a un toro negro ante el público de la plaza
El Tato, dibujado por Gustave Doré durante su viaje por España con el barón Davillier. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Lo suyo era el volapié, que ejecutaba como nadie, y su gran rival fue otro hijo de San Bernardo, Antonio Carmona, el Gordito. Las broncas entre los partidarios de uno y otro llegaron a necesitar la intervención de las fuerzas del orden. Madrid era del Tato; las provincias, del Gordito. En 1862, el barón Davillier, que recorría España con Gustave Doré, lo presentó a los lectores de la revista francesa Le Tour du monde como «la mejor espada del momento».

Peregrino

El 7 de junio de 1869, Madrid celebraba con una corrida oficial la promulgación de la Constitución. El Tato alternaba con Lagartijo y Villaverde. El cuarto toro, Peregrino, castaño, de la ganadería de Vicente Martínez, de Colmenar Viejo, tomó seis varas y tres pares de banderillas. El Tato le dio una estocada corta, pinchó en hueso y, al entrar a matar por tercera vez con un gran volapié, el toro lo enganchó y lo volteó.

La herida, de unos cuatro centímetros, no tocó ninguna vena ni arteria importante, pero se infectó; la Maestranza de Ronda recoge que, al parecer, el toro llevaba en los pitones sangre de un caballo enfermo. El 14 de junio, en su casa de la calle Espoz y Mina, le amputaron la pierna derecha cuatro dedos por debajo de la rodilla. Se cuenta que no quiso anestesia y que, mientras se la cortaban, solo dijo: «¡Adiós, Madrid!». El médico Pedro Gargantilla escribía en Muy Interesante que, con penicilina, quizá la habría conservado.

Una pierna en el escaparate

Lo que vino después no sale en ningún tratado de tauromaquia. La pierna, embalsamada en un frasco de cristal, acabó en el escaparate de una farmacia de la calle Fuencarral, donde los curiosos se agolpaban con la nariz pegada al vidrio. Poco después, un incendio destruyó la farmacia, y la pierna se fue con ella.

Madrid, mientras tanto, se volcó con el herido. Hubo que poner guardas en su casa para contener a la gente que iba a preguntar por él, y Cayetano Sanz, Lagartijo y Frascuelo torearon las corridas que tenía firmadas esa temporada y le dieron lo que cobraron.

Maqueta del interior de la antigua plaza de toros de la Puerta de Alcalá, llena de público, con toreros y picadores en el ruedo
Maqueta de la plaza de toros de la Puerta de Alcalá, donde Peregrino cogió al Tato, en el Museo de Historia de Madrid. La plaza se derribó en 1874. Foto: Malopez 21, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Volver con una pierna ortopédica

En 1871 quiso volver. En Badajoz, el 14 de agosto, no pudo dar un solo pase al cuarto de la tarde y acabó sentado en el estribo de la barrera, llorando. Lo intentó en Valencia el 4 de septiembre, donde según la Maestranza de Ronda lo consoló el rey Amadeo de Saboya, y en Sevilla el día 24, pero el público no se lo consintió.

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Volvió al barrio donde había empezado, esta vez como repartidor de carne del matadero de Sevilla, y allí pasó sus últimos veintiséis años. De vez en cuando se le oía suspirar: «¡Si Peregrino me hubiese dejado en la plaza!». Murió el 7 de febrero de 1895, un día después de cumplir 64 años.

¿Por qué «ni el Tato»?

La explicación que repite casi todo el mundo es que el Tato no se perdía una: si había festejo, allí estaba él, y si no aparecía, es que aquello no valía la pena. La Maestranza de Ronda habla de su afición a no perderse un evento taurino; eldiario.es y El Pespunte la extienden a fiestas y reuniones sociales, y Wikipedia la atribuye a lo mucho que figuraba en los carteles. Ninguna aporta un documento que diga cuándo nació la frase, así que la explicación es verosímil, pero no está demostrada.

Para un hombre que vivió empeñado en estar en todas partes, no es mal destino: siglo y medio después, se le sigue nombrando justo cuando falta.

No fue el único cuerpo, o trozo de cuerpo, que acabó a la vista del público. El filósofo Jeremy Bentham pidió que su esqueleto, vestido con su ropa, quedara sentado en su silla, y así sigue, en una vitrina de Londres. En cuanto a toros, a Frascuelo un aguacero le cortó a medias una corrida en Cáceres en 1881, el día en que Alfonso XII brindó por una ciudad que todavía era villa.

Fuentes consultadas

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