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Estatua de bronce de Jaroslav Hašek sentado sobre una roca, en un pedestal de granito, frente a una casa de Lipnice nad Sázavou

Alcoholismo obligatorio y un acuario de bolsillo para cada votante: eso prometía en 1911 el Partido del Progreso Moderado dentro de los Límites de la Ley, la broma electoral con la que Jaroslav Hašek, el futuro autor de Švejk, se presentó a las elecciones al Parlamento imperial austríaco. No sacó escaño, y ni siquiera tenía la edad mínima para ser candidato. Diez años después, en su último congreso, el partido aprobó por unanimidad demoler el planeta.

Una idea nacida en la taberna

Todo salió de una mesa de taberna. En el Kravín, un local de la calle Korunní, en Vinohrady, se reunía una pandilla de escritores y periodistas con más sed que ingresos, y allí Eduard Drobílek, amigo de Hašek, propuso fundar un partido y le buscó nombre. Hašek, que nunca dejó que la verdad le estropeara una buena historia, contaba otra versión: según él, todo había empezado en 1904, en la taberna U Zlatého litru.

El nombre llevaba veneno. En 1871, un rescripto imperial había pedido a los checos que colaborasen con el orden constitucional «con espíritu de moderación y reconciliación», y la socialdemocracia checa de 1911 repetía su propio mantra prudente: «evolución, no revolución». Hašek juntó las dos cosas y se presentó como el más moderado de todos. Dentro de la ley, faltaría más.

Retrato en blanco y negro del joven Jaroslav Hašek, con chaqueta de tweed, chaleco y pajarita, mirando de lado a la cámara
Jaroslav Hašek, retratado por Václav Donát en Praga entre 1904 y 1908, pocos años antes de fundar el partido. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Entre los afiliados había nombres que acabarían en los libros, como el escritor František Langer o el dibujante Josef Lada, que años más tarde le pondría cara al soldado Švejk. Un comisario de policía apellidado Slabý ejercía de «encargado del orden» en las reuniones.

Un programa en siete puntos

Las fuentes le atribuyen un programa de siete puntos, y hay que leerlo como lo que era: una parodia de los programas de verdad, que en aquel imperio prometían casi cualquier cosa a cambio de un escaño. Con una advertencia previa. Buena parte de lo que sabemos del partido sale de los propios textos de Hašek, donde hechos, sátira e invención se mezclan sin pedir permiso, y ningún notario con cara de pocos amigos levantó acta de nada.

1. Reintroducir la esclavitud

Así arrancaba la lista, sin calentamiento previo. Para un candidato que se burlaba de los partidos dispuestos a defender cualquier barbaridad si les daba votos, era la manera más rápida de dejarlo claro desde la primera línea.

2. Nacionalizar a los porteros

La joya del programa, a juzgar por los carteles, era convertir a los porteros de las casas en funcionarios del Estado. El modelo era Rusia, donde, según la sátira de Hašek, cada portero ya hacía de confidente de la policía: puestos a vigilar al vecindario, mejor con nómina pública. Nunca aclaró si el portero nacionalizado conservaría las llaves del portal o le darían también un despacho en el ministerio.

3. Rehabilitar a los animales

¿De qué se acusaba a los animales? El programa no lo dice, y en ese silencio está la gracia. Entre reformas religiosas y asuntos de Estado asomaba, sin más explicaciones, una causa animal tratada como si los grandes partidos llevaran décadas ignorándola.

4. Internar a los diputados «deficientes»

Para los diputados considerados «deficientes mentales», Hašek reclamaba instituciones especiales. Ni comisiones de investigación ni mociones: al parlamentario que no diera la talla se le reservaba plaza en un centro. Tenía muchas cuentas pendientes con la clase política y no se molestó en disimularlo.

5. Restaurar la Inquisición

Pedía también la vuelta de la Inquisición. En un imperio donde la Iglesia católica pesaba en las escuelas y en la censura, la propuesta tenía algo de franqueza: venía a sugerir que se dejara de disimular.

6. Inmunidad judicial para el clero

El sexto punto remataba el anterior con inmunidad judicial para los sacerdotes y la Iglesia, redactada con la solemnidad de una ley de verdad. Para burlarse de los privilegios eclesiásticos no hacía falta añadir nada más.

7. Alcoholismo obligatorio

El último punto era de una sencillez admirable.

Alcoholismo obligatorio.

Encajaba con las siglas. Oficialmente, SRK quería decir «Solidaridad, Derechos y Camaradería»; en la práctica, todo el mundo leía slivovitz, ron y kontušovka, tres licores muy populares en la región.

Lemas para todos los gustos

La campaña añadió por su cuenta varios lemas que han sobrevivido mejor que muchos programas serios.

Un acuario de bolsillo para cada votante

Era la promesa estrella: cada elector recibiría un pequeño acuario de bolsillo. No consta que nadie paseara por Vinohrady con un pez en la chaqueta, pero sigue siendo el lema más citado de la campaña.

Votar contra un terremoto en México

Otro cartel invitaba a usar la papeleta para protestar contra el terremoto de México. La referencia era real: el 7 de junio de 1911, seis días antes de la primera vuelta, un seísmo de magnitud 7,6 había sacudido Michoacán y dejado 45 muertos. La broma apuntaba a los candidatos capaces de convertir cualquier noticia, por lejana que fuera, en munición electoral.

Y unos cuantos más

Uno prometía: «Lo que no consigáis de Viena, lo conseguiréis con nosotros». Y el día de la votación apareció un anuncio que buscaba a un hombre respetable dispuesto a difamar a los candidatos rivales.

Una campaña en serio

Con todo, Hašek hizo campaña de verdad. Según František Langer, soltaba discursos de varias horas cargados de promesas y reformas, ponía a parir a los demás partidos y denunciaba a sus adversarios, como corresponde a un candidato decente. El compositor Josef Mach llegó a escribir un himno del partido.

Algunos testimonios sitúan entre el público a Max Brod y a Franz Kafka. Es el detalle más repetido de toda la historia y también el más frágil, porque los biógrafos de Kafka desconfían de las fuentes que lo colocan allí. Mejor tomarlo como una posibilidad tentadora.

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El escrutinio es otro misterio. Las versiones que circulan hablan de 38 votos, o de 16, en un distrito donde se emitieron unos 3.000; sin embargo, en el acta de Královské Vinohrady, que entonces era una ciudad separada de Praga, solo constan 10 papeletas en blanco, 10 nulas y 15 votos «dispersos». Cuántos fueron para Hašek no se sabe. Tampoco habría cambiado nada, porque la candidatura nunca llegó a registrarse.

Fotocromo del edificio del Consejo Imperial austríaco, hoy Parlamento, visto desde lo alto sobre la Ringstrasse de Viena, con árboles en primer plano
El edificio del Consejo Imperial en la Ringstrasse de Viena, hoy Parlamento de Austria, hacia 1900: el escaño que Hašek pedía estaba aquí. Fotocromo de autor desconocido. Dominio público, vía Biblioteca del Congreso de EE. UU. y Wikimedia Commons.

Había, además, un obstáculo previo. La ley exigía 30 años para ser candidato, y Hašek tenía 28. El hombre que prometía moverse dentro de los límites de la ley no cumplía ni el requisito de edad.

Epílogo: demoler el planeta (1921)

El partido se fue apagando, aunque Hašek siguió escribiendo sobre él: casi treinta textos que no se publicarían juntos hasta 1963, cuarenta años después de su muerte.

Aún le quedaba una última gran propuesta. En 1921, con Checoslovaquia ya independiente y Hašek de vuelta en Praga tras la guerra y su etapa en Rusia, el partido celebró un segundo congreso en el restaurante Yugoslavia, en Žižkov. Acudieron unas 300 personas, y entre los acuerdos figuró una resolución de política exterior: demoler el globo terráqueo, vista la desesperada situación mundial. Salió por unanimidad.

Fotografía en blanco y negro de Jaroslav Hašek en 1921, con traje y corbata, sentado sobre una roca en el campo con el sombrero en la mano
Jaroslav Hašek en 1921, el año del último congreso. La estatua de Lipnice nad Sázavou lo sienta igual, roca incluida. Fotógrafo desconocido. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Se anunció un tercer congreso, secreto, que se convocaría por los anuncios por palabras de la prensa. Nunca se celebró. En agosto de 1921, ya enfermo, Hašek se retiró a Lipnice nad Sázavou para escribir Švejk, y allí murió en enero de 1923 sin haber terminado la novela.

Fotografía en blanco y negro de Jaroslav Hašek, en camisa, y Alexandra Lvova, con un pañuelo en la cabeza, sentados tras una mesa con jarras en una habitación de Lipnice
Jaroslav Hašek y Alexandra Lvova en Lipnice nad Sázavou en octubre de 1922, tres meses antes de la muerte del escritor. Autor desconocido. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Dentro de la ley

Un siglo después, las elecciones siguen dando material. En 2021, en San Petersburgo, el opositor Boris Vishnevsky se encontró en la papeleta con dos candidatos clon que se habían cambiado el nombre y lucían su misma calva y su misma barba gris. Hašek, al menos, avisaba de que todo era una broma. Los bromistas estadounidenses Alan y Jeanne Abel fueron menos sinceros: en 1964 y 1968 presentaron a la Casa Blanca a Yetta Bronstein, un ama de casa del Bronx que nunca existió. Y, sin salir de Chequia, hay rarezas bastante menos alegres, como el osario de Sedlec, decorado con los huesos de miles de personas.

Tampoco es lo único. En agosto de 1968, los tanques soviéticos que invadían Checoslovaquia entraron en Davle y se toparon con unos 800 extras vestidos de nazis que rodaban El puente de Remagen, y en 2007 un vecino de Kuřim sintonizó por accidente la cámara de la casa de al lado y destapó el caso de Barbora Škrlová, una mujer de unos treinta años que se hacía pasar por niña.

Del partido no quedó ni un escaño ni un solo acuario repartido. Quedaron los carteles, el himno de Josef Mach y una idea que Hašek desarrollaría a lo grande en Švejk: tomarse al pie de la letra a las autoridades hasta dejarlas en ridículo. Todo dentro de los límites de la ley, por supuesto.

Fuentes consultadas

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