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Francis Wharton y su dentadura hecha con dientes de ciervo

Francis Wharton, con gorra y un arma al hombro, sonríe con su dentadura de dientes de ciervo puesta, en una foto de prensa en blanco y negro

Francis Wharton cazó un ciervo de cola blanca, le sacó los dientes con unos alicates, los limó uno a uno durante tres horas y se hizo con ellos una dentadura postiza sobre una base de masilla para madera. Luego se comió el ciervo. «¡Me comí al ciervo con sus propios dientes!», le contó, muy ufano, a un periódico local a finales de los años cincuenta. Vivía cerca de Little Fort, en la Columbia Británica, y la dentadura le duró casi tres años. Hoy está en un museo de Ontario.

El mago del monte

Wharton había nacido en Formby, en Inglaterra, el 13 de marzo de 1902, y era muy pequeño cuando su familia se instaló en una granja cerca de Edmonton, en Alberta. Creció sin escuela y trabajando mucho: «Mis compañeros fueron la pobreza, la ignorancia y el hambre», decía. Mató su primer oso a los ocho años, más o menos cuando empezó a trastear con armas. En 1930 se fue a las Rocosas a «probar un poco la caza mayor», y en 1945 llegó a Dunn Lake, en la Columbia Británica.

Allí lo conocían como «el mago del monte», y sus amigos lo llamaban Snortin’ Wharton. En 1960 lo describían como un hombre fornido e intenso, de pelo canoso, que había sido trampero y granjero, había inventado desde una moto de nieve hasta un microengrasador y vivía de las trampas, de arreglar armas y de lo que saliera. Una vez reparó un reloj automático muy caro que el joyero del pueblo no había sabido arreglar. Le ofrecieron muchos trabajos en la ciudad, y no aceptó ninguno.

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Una dentadura de ciervo

Se le empezaron a caer los dientes, y comía casi solo carne de caza. No era la primera vez que se los arreglaba él: en 1933 ya había repuesto unas piezas con trozos de asta de alce y resina de abeto. Esta vez se quedó sin dientes de arriba, y no pensaba pagarle a un dentista lo que podía hacer él mismo.

Mató un ciervo de cola blanca, lo despiezó y le sacó los dientes con unos alicates. Tardó unas tres horas en limarlos hasta que encajaron. La base la hizo con Plastic Wood, una masilla para madera, moldeada contra el paladar, y fijó los dientes con cemento doméstico. Le salió una dentadura superior completa, y con ella se comió el ciervo.

Dentadura superior amarillenta hecha con dientes de ciervo limados, montados sobre una base de masilla para madera
La dentadura de Wharton: dientes de ciervo limados sobre una base de masilla para madera, sujetos con cemento doméstico. Museum of Health Care, Kingston.

«¡Me comí al ciervo con sus propios dientes! Funcionan de maravilla, no me han causado ninguna irritación y las llevo puestas todo el tiempo, hasta para dormir», presumía. En marzo de 1960, Bert Stent contaba en la revista Guns que la había usado casi tres años y que solo se le había roto un diente, con un trozo de carne de oso especialmente duro: «Probablemente, la primera vez en la historia que unos dientes de ciervo se rompen comiendo oso».

La guerra de los osos

Con los osos tenía cuentas pendientes. Uno lo atacó y le dio un zarpazo en la cabeza que lo dejó conmocionado; Wharton lo ahuyentó con un tiro del calibre 22 en la boca. De aquel susto salió el .38 Wharton Magnum, un cartucho que se fabricó él mismo para tener en una pistola la potencia de un rifle. Cuando otro oso le mató el carnero que tenía de mascota, se vengó a lo grande: mató a ocho, según Guns (siete, según otra versión), y se comió la carne con la dentadura de ciervo.

En un museo de Kingston

La dentadura acabó en el Museum of Health Care, el museo de historia de la sanidad de Kingston, en Ontario. Su curadora, Rowena McGowan, cuenta que muchos visitantes no se creen que sean dientes de ciervo: «Hay que explicarles que llevó mucho trabajo. Los limó. No se limitó a sacarle unos dientes a un ciervo y metérselos en la boca». Kathy Karkut, responsable de las colecciones, la describió como «floja, oscura y sucia», y calculó que Wharton debió de gastar mucho Polident.

Para McGowan, la pieza sirve para algo más que para asombrar: «En historia se habla de los héroes, de los médicos y de los investigadores, y a veces se pierde la experiencia del paciente». Wharton no era dentista ni médico, y en este caso fue las dos cosas y el paciente.

En 2015, el portavoz de la Asociación Dental de la Columbia Británica, Bruce Ward, le dijo a la CBC que no podía ni contar todo lo que falla en la historia, aunque algo tenía de admirable: «Este hombre debía de ser brillante». Lo que no recomienda es matar un ciervo para hacerse una dentadura.

Dientes de segunda mano

Wharton no fue el primero en ponerse dientes ajenos. Tras la batalla de Waterloo, en 1815, se arrancaron decenas de miles de dientes a los soldados muertos para hacer dentaduras en Gran Bretaña y en otros países; los «dientes de Waterloo» se cotizaban porque eran de hombres jóvenes y sanos. Y las dentaduras de George Washington, que según la leyenda eran de madera, no tenían ni un trozo: llevaban marfil de hipopótamo, latón, oro, dientes de animales y dientes humanos.

Wharton, al menos, sabía de dónde había salido cada uno de sus dientes.

Lo de arreglarse uno mismo tiene otros practicantes en esta casa: Amanda Feilding se agujereó la frente con un taladro de dentista en 1970, aunque en su caso fue por elección y no por necesidad. Y de medicina creativa saben algo la cama celestial de James Graham, que prometía curar la esterilidad, y los injertos de testículos de mono de Serge Voronoff.

Vídeo: la dentadura de ciervo de Francis Wharton

Para ver la pieza (y la historia) en menos de un minuto, aquí va un corto en inglés.

Francis Wharton: Tale behind a denture made of deer teeth #canada #britishcolumbia #mountains

Fuentes consultadas

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