Saltar al contenido

Serge Voronoff, el médico que injertaba testículos de mono para rejuvenecer

Retrato en blanco y negro de Serge Voronoff, con bigote, traje oscuro y corbata

En los años veinte empezaron a verse en las casas de París unos ceniceros con un mono que se tapaba sus partes y protestaba: «¡No, Voronoff, a mí no me pillas!». El mono tenía motivos. Serge Voronoff, un cirujano de origen ruso instalado en Francia, se había hecho rico injertando láminas de testículo de chimpancé y de babuino en el escroto de hombres mayores que querían recuperar el vigor, la memoria y, ya puestos, la juventud. Operó a cientos de pacientes, montó una granja de monos en la Riviera italiana, Alfonso XIII lo recibió en audiencia para que le explicara su método y hasta inspiró un cóctel. Luego se descubrió la testosterona y quedó claro que lo único que funcionaba de verdad era el efecto placebo.

De Rusia a París

Serge Voronoff nació en 1866 en Shekhman, un pueblo de la provincia rusa de Tambov, en una familia judía. A los dieciocho años, después de estudiar en Vorónezh, emigró a Francia, donde estudió Medicina y se nacionalizó francés en 1895. Aprendió las técnicas de trasplante con Alexis Carrel, que más tarde ganaría el Nobel de Medicina.

Entre 1896 y 1910 vivió y trabajó en Egipto, donde se dedicó a observar a los eunucos. Le llamó la atención que envejecieran antes y peor que los demás hombres, y sacó una conclusión que marcaría el resto de su carrera: si la falta de testículos envejecía, unos testículos nuevos tenían que rejuvenecer.

De las cabras a los millonarios

La idea no era del todo suya. En 1889, el fisiólogo Charles-Édouard Brown-Séquard se había inyectado bajo la piel un extracto de testículos triturados de perro y de cobaya, sin resultados. Voronoff pensaba que el problema estaba en las inyecciones y que un injerto de la glándula entera daría efectos más duraderos. Empezó trasplantando tiroides de chimpancé a personas con problemas de tiroides y, a partir de 1917, con el dinero de la rica heredera estadounidense Evelyn Bostwick, que fue su ayudante y luego su esposa, hizo más de quinientos injertos de testículos de animales jóvenes en carneros, machos cabríos y algún toro viejos. Según él, los animales recuperaban el vigor de la juventud.

El siguiente paso fueron las personas. Empezó trasplantando testículos de presos ejecutados a millonarios, pero había más millonarios que ejecutados, así que recurrió a los monos. El 12 de junio de 1920 hizo su primer injerto oficial de mono a humano: unas láminas de testículo de chimpancé o de babuino de pocos milímetros de grosor, cosidas dentro del escroto del paciente para que acabaran fundiéndose con su tejido.

Voronoff juraba que aquello no era un afrodisíaco, aunque admitía que el deseo sexual podía mejorar. Entre los efectos que prometía estaban una memoria mejor, la capacidad de trabajar más horas, dejar las gafas y alargar la vida. Llegó a sugerir que podía servir para tratar la demencia precoz, lo que hoy llamamos esquizofrenia.

DEL BLOG AL LIBRO

¿Creías que esto era extraño? Es porque todavía no conoces nuestro libro.

Más de 300 páginas de historias reales que parecen inventadas: personajes extravagantes, decisiones absurdas y episodios que cuesta creer que ocurrieran.

📖 Entrar en Mundo Estrambótico →

Tapa blanda · Tapa dura · Kindle

Más chimpancés de los que se pueden cazar

En los años veinte, los injertos de mono se pusieron de moda. En 1923, en el Congreso Internacional de Cirugía de Londres, setecientos cirujanos aplaudieron sus resultados en el «rejuvenecimiento» de hombres mayores. En 1922 contó al Chicago Tribune que lo único que le frenaba era la escasez de chimpancés: los gastaba más deprisa de lo que se podían cazar en África. A principios de los años treinta ya había operado a más de quinientos hombres en Francia, entre ellos su propio hermano, y había miles más en el resto del mundo, por ejemplo en una clínica que se abrió en Argel. Uno de sus clientes fue Harold McCormick, presidente de International Harvester.

Fotografía de grupo de 1927 con Serge Voronoff y varios científicos europeos con trajes y sombreros, en Argel
Voronoff con el grupo de científicos europeos que viajó a Argel en 1927 para estudiar sus injertos (Wellcome Collection, CC BY 4.0).

Para no quedarse sin material, montó su propia granja de monos en Ventimiglia, en la Riviera italiana, y puso al frente a un antiguo cuidador de animales de circo. El negocio daba para mucho: ocupaba toda la primera planta de uno de los hoteles más caros de París, con chóferes, ayudas de cámara, secretarios y dos amantes.

Un rey con curiosidad

Su fama llegó también a España. La Vanguardia contó que Alfonso XIII recibió en audiencia «al célebre doctor Voronoff», que acababa de volver a Madrid de una excursión por Andalucía, y que el rey le hizo varias preguntas sobre sus injertos de glándulas de mono. El periódico calificó la entrevista de «en extremo interesante». No consta que el rey pasara por el quirófano.

Recorte de La Vanguardia que cuenta la audiencia de Alfonso XIII al doctor Voronoff
La Vanguardia cuenta la audiencia de Alfonso XIII al «célebre doctor Voronoff» (Hemeroteca de La Vanguardia).

La caída del doctor de los monos

El castillo de naipes se vino abajo en los años treinta. Cuando se descubrió que la sustancia que fabrican los testículos es la testosterona, Voronoff pensó que le darían la razón, pero las inyecciones no rejuvenecían a nadie ni alargaban la vida. Hacia 1935, las operaciones de rejuvenecimiento testicular ya estaban pasadas de moda. El cirujano David Hamilton, especialista en trasplantes, explica que el tejido de mono se rechazaba enseguida y que, como mucho, dejaba una cicatriz que el paciente podía confundir con el injerto. Las mejoras de las que presumían sus clientes eran efecto placebo. En los años cuarenta todavía se usó su tratamiento con algunos futbolistas del Wolverhampton Wanderers y del Portsmouth, pero el cirujano británico Kenneth Walker ya lo despachaba como algo no mejor que los métodos de brujas y magos.

Voronoff murió el 3 de septiembre de 1951 en Lausana, en Suiza, por complicaciones tras una caída. Pocos periódicos dieron la noticia, y The New York Times, que había sido de sus defensores, escribió mal su nombre y aseguró que poca gente se había tomado en serio sus ideas. Está enterrado en el cementerio de Caucade, en Niza.

Años después hubo quien llegó a culparle de la llegada del sida a los humanos a través de sus injertos. Un estudio publicado en 2012 en la revista Xenotransplantation repasó las pruebas y descartó la acusación: el virus procede con toda probabilidad de una especie de chimpancé distinta de la que usaba Voronoff y sus operaciones se hacían en Europa y Estados Unidos, no en África central.

Ceniceros, cócteles y novelas

Además de los ceniceros del mono asustado, en París se bautizó un cóctel en su honor, el Monkey Gland, la glándula de mono: ginebra y zumo de naranja a partes iguales, con una cucharadita de granadina y otra de absenta. Todavía se sirve.

Copa de cóctel con un Monkey Gland de color anaranjado
Un Monkey Gland, el cóctel de ginebra, zumo de naranja, granadina y absenta bautizado en honor de los injertos de Voronoff. Foto: Adrian Scottow (CC BY-SA 2.0).

La literatura también se apuntó. En La aventura del hombre que trepaba (1923), de Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes investiga a un profesor mayor que se inyecta extracto de mono para rejuvenecer, con resultados poco recomendables. Mijaíl Bulgákov se inspiró en Voronoff para el profesor de Corazón de perro (1925), que implanta los testículos y la hipófisis de un hombre muerto a un perro callejero; el perro se va volviendo humano, se busca un nombre, consigue un puesto en el departamento que limpia la ciudad de gatos y convierte la vida del profesor en una pesadilla. En Brasil, Lamartine Babo y Aldo Rossi le dedicaron una marcha de carnaval, Seu Voronoff (1928), e Irving Berlin metió las glándulas de mono en una canción de Los cuatro cocos, la película de los hermanos Marx.

Vídeo: Voronoff y sus injertos de mono

En este noticiario de British Movietone, el propio Voronoff presenta su tratamiento con glándulas de mono.

Dr Voronoff Demonstrates His Monkey Gland Treatment

De medicina extravagante hay más por aquí, como la dentadura de Francis Wharton, hecha con dientes de ciervo. Si lo que interesa son los chimpancés, en Gombe protagonizaron una guerra de cuatro años. Y de Alfonso XIII tenemos otra curiosidad: su afición al cine sicalíptico. Por aquellos años, la ciencia británica también se dejó engañar por el hombre de Piltdown, un falso eslabón perdido hecho con un cráneo humano y una mandíbula de orangután.

Fuentes consultadas

Siguiente historia

Retrato en blanco y negro de Alfred Nobel, con barba y traje oscuroPremios, récords y otros despropósitosLa cara B de los Premios Nobel: gases, lobotomías y premios de la Paz polémicosEn 1888, según se cuenta, un periódico francés confundió la muerte de Ludvig Nobel con la de su hermano Alfred y lo despidió con un titular demoledor: «El mercader de la muerte…Leer la siguiente historia →
No te pierdas la próxima historia

Cada semana publicamos una nueva historia. Recíbela gratis en tu correo.

Cada semana, historias insólitas para mentes curiosas

Quién escribe

Los comentarios están cerrados.