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Operación Gatito Acústico: el día que la CIA intentó convertir un gato en espía

Gato negro tumbado en un banco de madera, en blanco y negro

Entre 1964 y 1967, la CIA intentó convertir un gato en un micrófono con patas. Le implantaron un micrófono en el oído, un transmisor bajo la piel y una antena entretejida en el pelo, para que se acercara sin levantar sospechas a gente que hablaba al aire libre. La técnica funcionaba, pero el gato iba adonde le daba la gana, y el programa se cerró sin que llegara a espiar a nadie. Un antiguo alto cargo de la agencia contó que en su primera misión lo atropelló un taxi; la CIA lo niega y asegura que el animal salió ileso.

Un micrófono con bigotes

El proyecto, conocido como Acoustic Kitty («gatito acústico»), salió de la Dirección de Ciencia y Tecnología de la CIA. Según la propia agencia, buscaba escuchar conversaciones a las que no había manera de acercar un micrófono, como las que mantenían en los bancos de los parques los agentes extranjeros con sus contactos soviéticos. Un gato podía pasearse junto a ellos y nadie le haría el menor caso.

Robert Wallace, que llegó a dirigir la Oficina de Servicios Técnicos de la agencia, da otra pista en Spycraft, el libro que firmó con H. Keith Melton. Según ellos, la CIA vigilaba a un jefe de Estado asiático, y en sus largas reuniones de estrategia «entraban y salían gatos».

Dibujo a vista de pájaro del edificio original de la sede de la CIA en Langley, rodeado de bosque
La sede original de la CIA en Langley (Virginia), en un dibujo de hacia 1959. CIA, dominio público, vía Wikimedia Commons.

Cirugía de espionaje

Según la CIA, al gato le implantaron un micrófono en un oído y un transmisor diminuto bajo la piel, y le entretejieron una antena en el pelo. Mental Floss precisa que el transmisor medía menos de dos centímetros, que iba en la base del cráneo y que la antena llegaba hasta la cola. Las pilas, por el tamaño del animal, tenían que ser minúsculas, y eso limitaba el tiempo de escucha.

El adiestramiento tenía su propia historia. Bob Bailey, de Animal Behavior Enterprises, la empresa de Hot Springs (Arkansas) que el matrimonio Breland, discípulos del psicólogo B. F. Skinner, dedicaba a amaestrar animales, contó al Smithsonian que trabajaron con Robin Michelson, uno de los inventores del implante coclear. Según Bailey, consiguieron que el gato atendiera más a las voces humanas que a cualquier otro ruido, y lo dirigían con sonidos ultrasónicos: izquierda, derecha, recto. Wallace, por su parte, dice que el nombre de Bailey no le suena de nada. Popular Science lo resumía en 2026: las dos fuentes principales de esta historia, Marchetti y Bailey, se contradicen.

Postal coloreada del edificio del I.Q. Zoo, con su cartel de World Famous I.Q. Zoo, en Hot Springs
El I.Q. Zoo, el escaparate de animales amaestrados que Animal Behavior Enterprises abrió en 1955 en Hot Springs, en una postal de la época. Tichnor Brothers, dominio público, vía Wikimedia Commons.

Un agente con vida propia

La tecnología funcionaba. El fallo, reconoce hoy la CIA, es uno que conoce cualquiera que tenga gato: el animal tenía ideas propias. En las pruebas de campo iba adonde quería, no adonde lo mandaban. Según Mental Floss, se aburría, se distraía y se largaba en cuanto le entraba hambre.

Victor Marchetti, que había sido ayudante especial del subdirector de la CIA, lo contó con menos delicadeza: «Lo abrieron en canal, le metieron pilas, lo cablearon. Hicieron un monstruo». Como el gato abandonaba el puesto cuando tenía hambre, añadía, «le pusieron otro cable» para anularla. Marchetti calculó que todo aquello costó unos 20 millones de dólares.

El taxi

Lo más conocido es el final. Según Marchetti, en la primera prueba de verdad llevaron al gato en una furgoneta hasta un parque donde dos hombres charlaban en un banco, con instrucciones de escucharlos a ellos y a nadie más, ni a los pájaros ni a otros gatos ni a los perros. «Lo sacaron de la furgoneta y llega un taxi y lo atropella. Allí estaban, sentados en la furgoneta con todos aquellos diales, y el gato estaba muerto».

La anécdota la recogió el investigador Jeffrey Richelson en su libro The Wizards of Langley y se hizo famosa en septiembre de 2001, cuando el National Security Archive, de la Universidad George Washington, publicó una tanda de documentos desclasificados sobre la ciencia de la CIA. Associated Press la difundió citando a Richelson: en la primera prueba, al gato lo atropelló un taxi.

La CIA lo desmiente. En 2024 explicó en su web que el autor de la historia, un antiguo funcionario al que no nombra, admitió en 1979 que era una broma. También asegura que los aparatos se pusieron y se quitaron con microcirugía, en las mismas condiciones que en una clínica veterinaria, y que el gato salió ileso. Wallace tampoco se cree lo del taxi: «Era un proyecto serio», dijo al Smithsonian, y citó como fuente al responsable principal del proyecto.

«Un logro científico notable»

El único papel oficial conocido es un memorando muy censurado de marzo de 1967, titulado «Views on Trained Cats» («Opiniones sobre gatos adiestrados»). Admite que «los gatos pueden, en efecto, ser entrenados para moverse distancias cortas» y lo considera en sí mismo un logro científico notable, pero concluye que el programa no servía para unas necesidades tan especializadas como las de la agencia. Y al equipo lo puso como modelo de «pioneros científicos».

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El programa se cerró ese mismo año sin que el gato llegara a usarse en una operación real. Cincuenta y siete años después, la CIA le dedicó un artículo en su web para dejar claro que estaba bien, y lo remató con un chiste sobre las nueve vidas que en inglés tienen los gatos. En español se conforman con siete.

A otros animales les fue mejor con los cargos públicos. Bosco, un perro, ganó en 1981 las elecciones a alcalde honorario de Sunol, en California, y nadie tuvo que abrirlo en canal. Y en 1994 fue un perro el que despistó a la CIA: Murphy, el caniche que la agencia tomó por la amante de una embajadora.

El gato espía de la CIA, en vídeo

El canal Weird History repasa en este vídeo de 2019 la historia de Acoustic Kitty y las versiones sobre su final.

The CIA Once Trained a Cat to Be a Spy

Dura unos diez minutos y está en inglés.

Fuentes consultadas

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