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Mercurio rojo: la sustancia que no existe y se vende

Mercurio líquido plateado vertiéndose sobre un pequeño charco del mismo metal

Un día se presentó en el despacho de Zahi Hawass, en Guiza, un príncipe saudí con la madre en coma y un encargo muy concreto. Un curandero le había dicho que solo podía salvarla una sustancia mágica enterrada en la garganta de las momias, y que aquel arqueólogo podía conseguírsela. Hawass le contestó que lo sentía mucho por su madre, pero que aquello era una tontería: el mercurio rojo no existe. Lo repiten desde hace décadas egiptólogos, policías y expertos nucleares, pero se ha seguido vendiendo como ingrediente para bombas atómicas, como remedio milagroso, como pintura invisible al radar y como medio para invocar genios, siempre a precio de oro.

Mercurio, desde luego, hay, y algunos de sus compuestos son rojos, como el cinabrio, el sulfuro de mercurio, del que se obtenía el bermellón de los pintores, o el óxido de mercurio, la «cal de mercurio rojo» que describió Lavoisier en 1789. Pero no se conoce ningún uso de estos compuestos en armas nucleares. Las muestras de «mercurio rojo» que ha analizado la policía resultaron ser óxido de mercurio, yoduro de mercurio o mercurio normal teñido de rojo: nada que le interese a quien quiera construir una bomba.

Una bomba del tamaño de una pelota de béisbol

El mito moderno nació a finales de los años ochenta, cuando se derrumbaban los gobiernos comunistas de Europa del Este y nadie tenía muy claro qué iba a pasar con su material nuclear (la Wikipedia en español fecha la primera noticia en 1979, y un informe recogido por New Scientist en 1992 decía que había aparecido en el mercado negro quince años antes). El periodista Mark Hibbs, que investigó entonces los rumores, recuerda que se hablaba de un material desconocido, salido de laboratorios soviéticos, capaz de provocar una explosión nuclear con una cantidad no mayor que una pelota de béisbol. Lo llamaban mercurio rojo.

En 1993, el diario ruso Pravda llegó a describirlo como un material superconductor para explosivos de alta precisión, superficies invisibles al radar y cabezas de misil autoguiadas. El canal británico Channel 4 le dedicó dos documentales, en 1993 y 1994, y el físico Samuel T. Cohen, el padre de la bomba de neutrones, se pasó años defendiendo que los soviéticos habían fabricado con él minibombas del tamaño de una pelota de sóftbol. Cuantas más cosas se le atribuían, más gente quería comprarlo.

Y se vendía. En los noventa, en el mercado negro se pedían entre 100.000 y 300.000 dólares por kilo (hasta 1,8 millones, según la Wikipedia en español), y a veces el producto llegaba en contenedores con el símbolo de la radiactividad para darle credibilidad. En 1993, unos científicos rusos dijeron que «mercurio rojo» era en realidad el nombre en clave soviético del litio 6, y otros sostienen que el bulo lo crearon los propios servicios secretos soviéticos para cazar a quien quisiera comprar material nuclear. Nadie lo ha aclarado del todo, y los países que ya tenían armas nucleares no hicieron nada por desmentirlo.

En septiembre de 2004, la policía británica detuvo a varios hombres acusados de intentar comprar un kilo de mercurio rojo por 900.000 libras. El Organismo Internacional de Energía Atómica respondió que el mercurio rojo no existía y que todo aquello era «una sarta de tonterías». En el juicio, celebrado en 2006 en el Old Bailey, se supo que detrás de la operación estaba Mazher Mahmood, el «falso jeque» del News of the World, que había colaborado con la policía para tenderles la trampa. La fiscalía sostuvo que daba igual que la sustancia existiera o no. En julio de 2006, el jurado absolvió a los tres acusados.

Momias, murciélagos y vampiros

La otra cara del mito es mucho más antigua. El alquimista medieval Jabir ibn Hayyan escribió que «los elixires más preciosos que jamás se hayan mezclado en la Tierra estaban ocultos en las pirámides», y ahí se suele buscar el origen del mercurio rojo como medicina milagrosa enterrada con los faraones, aunque, según la BBC, los orígenes de la creencia son confusos. La antropóloga Lisa Wynn, de la Universidad Macquarie de Sídney, compartía despacho con Hawass el día del príncipe saudí, y descubrió que para los egiptólogos aquella visita no tenía nada de raro: conocían a menudo a personas convencidas de que el remedio estaba en las tumbas.

Zahi Hawass, con sombrero, pasea con Barack Obama junto a la Gran Pirámide de Guiza en 2009
Zahi Hawass enseña las pirámides de Guiza a Barack Obama en junio de 2009. Foto: Pete Souza, Casa Blanca (dominio público).

Hay versiones aún más extrañas. Según una de ellas, el mercurio rojo se encuentra en los nidos de los murciélagos, aunque los murciélagos no hacen nidos. En YouTube circulan vídeos, vistos cientos de miles de veces, de una gota roja a la que el ajo repele, que se arrima al oro y que no se refleja en los espejos.

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La fiebre de las Singer

En abril de 2009, en Arabia Saudí, corrió el rumor de que las agujas de las viejas máquinas de coser Singer tenían mercurio rojo. Máquinas que antes se compraban por 200 riales empezaron a venderse por 200.000. Había incluso un método para comprobarlo: se acercaba el móvil a la aguja y, si se cortaba la llamada, la máquina era buena. En Medina se veía a la gente en los mercados con el teléfono pegado a las Singer, en Dhulum robaron las máquinas de dos sastrerías y en Al Jouf se extendió el bulo de que el museo local compraba todas las que le llevaran, así que allí se presentaron varias mujeres con la suya.

Máquina de coser Singer antigua, negra con adornos dorados, expuesta en un museo
Una Singer de pedal de hacia 1900, en el museo de Sault Ste. Marie. En 2009, en Arabia Saudí, máquinas como esta llegaron a pagarse a mil veces su precio. Foto: Fungus Guy (CC BY 4.0).

Los creyentes no se ponían de acuerdo en qué era exactamente el mercurio rojo, ni siquiera en su color. Para unos servía para la energía nuclear; para otros, para invocar genios, sacar oro o encontrar tesoros enterrados, unas creencias que hunden sus raíces en las ideas alquímicas medievales del mundo islámico sobre el mercurio. La policía de Riad explicó que el rumor lo habían lanzado bandas de estafadores y negó que las máquinas de coser tuvieran mercurio rojo.

El mercurio rojo y las minas

La versión más trágica del mito está en el sur de África. Las organizaciones que se dedican a retirar minas y munición sin explotar han visto que en algunas comunidades se cree que ciertos explosivos contienen mercurio rojo, muy valioso, y que hay gente que los desmonta para sacarlo, con muertos y heridos como resultado. Según esas mismas organizaciones, algunos traficantes alimentan la creencia para tener mercado. Una explosión en Chitungwiza, en Zimbabue, en la que murieron cinco personas, se atribuyó a un intento de extraer mercurio rojo de una mina activa.

El divulgador de CienciaDeSofa explica en unos dieciséis minutos de dónde sale el mito del mercurio rojo y por qué ningún arma lo ha necesitado nunca.

El MERCURIO ROJO: ¿Material Milagroso o Bulo Sofisticado?

Mil usos y ninguno

El mercurio rojo se ha ido adaptando a lo que quisiera cada comprador: bomba de bolsillo durante la caída de la URSS, pintura antirradar, medicina de faraones, imán para genios o tesoro escondido en una máquina de coser. En 1999, la revista Jane’s Intelligence Review llegó a apuntar que entre sus víctimas podía estar Osama bin Laden, y en julio de 2025 algunos medios sirios aún informaban de grupos que lo ofrecían a la venta. El cine también lo ha usado: en Red 2 (2013), con Bruce Willis, es el explosivo de una bomba nuclear.

Otras historias del blog: el timo de la estampita, el del tocomocho y la del hombre que lleva décadas vendiendo parcelas en la Luna.

Fuentes consultadas

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