Corrían los años treinta en Budapest, y la ciudad no estaba precisamente para fiestas. Tras el derrumbe del Imperio Austrohúngaro y la catástrofe de la Primera Guerra Mundial, la capital húngara caminaba con paso decidido —y un tanto tambaleante— hacia el abismo.
El Tratado de Trianón había dejado a Hungría desmembrada, humillada ante el mundo y con la economía pidiendo auxilio. A eso se sumaban un desempleo galopante, una inflación desbocada y una pobreza transversal, tan democrática que afectaba tanto a obreros como a aristócratas venidos a menos. Todo ello envuelto en una espesa bruma existencial, como si Nietzsche hubiera decidido franquiciar su propio negocio de nihilismo y abriese una sucursal en cada esquina de la capital húngara.
En semejante escenario, el suicidio dejó de ser un acto extremo para convertirse en una especie de costumbre macabra. No era sólo un problema social: era una auténtica plaga, una moda trágica que acabaría por regalarle a Budapest un sobrenombre tan poético como escalofriante: la ciudad de los suicidios. Como si en lugar de presumir de sus baños termales, la atracción turística de moda fuese lanzarse al Danubio con un cierto aire de melancolía grácil. Y no, no se piensen que es algún tipo de exageración por nuestra parte ni una licencia literaria barata: los cuerpos aparecían flotando con tal frecuencia que las autoridades se vieron obligadas a organizar patrullas fluviales para interceptar a los desesperados antes de que tocaran el agua.
La banda sonora del desastre: «Gloomy Sunday»
Pero si algo le faltaba a esta sinfonía fúnebre para estar completa era, precisamente, su banda sonora. Y vaya si la consiguió. En 1933, el pianista y compositor Rezső Seress dio a luz una melodía destinada a convertirse en leyenda: una pieza tan lúgubre y envolvente que acabaría con un apodo tan inquietante como preciso, la canción suicida de Hungría. Su título original, Szomorú Vasárnap —traducido como Domingo triste, que ya suena como una invitación a tirarse de cabeza al río—, fue rápidamente señalado por los tabloides sensacionalistas y por el imaginario colectivo como el culpable musical de hasta diecinueve suicidios confirmados.
No existían, por supuesto, pruebas concluyentes de tal relación, pero la historia se propagó como el moho en un sótano húmedo y sin ventilación. La leyenda fue creciendo hasta alcanzar proporciones de mito urbano: las emisoras húngaras primero, y más tarde la imperturbable BBC, optaron por prohibirla.
Demasiado triste, demasiado contagiosa, demasiado humana. En 1941, Billie Holiday la rescató del silencio y la transformó en un lamento hipnótico, tan bello que daba miedo. Su interpretación tenía esa cualidad extraña de dejar al oyente entre el desgarro y la tentación de abrazar una farola bajo la lluvia y soltar un sollozo cinematográfico.
Y el propio Seress, como si quisiera cerrar su partitura con un acorde final coherente, acabó suicidándose en 1968. Un desenlace tan poéticamente trágico que uno imagina a Eurípides levantando la copa y brindando con un “bravo, maestro”.
Sonríe o muere: nace el Club de las Sonrisas
Pero no todo en la vida húngara de aquellos años era desesperación, danubios tristes y melodías con vocación suicida. Como en toda tragedia digna de ese nombre, siempre queda un resquicio para el humor negro, el surrealismo involuntario y la creatividad terapéutica más delirante. En medio de ese ambiente lúgubre, dos almas intrépidas decidieron que la cura al abatimiento nacional podía resumirse en algo tan sencillo —y tan húngaramente improbable— como enseñar a la gente a sonreír.

Así nació el Club de las Sonrisas, una iniciativa que parecía a medio camino entre una terapia experimental, una sátira freudiana y un sketch de los Monty Python.
El cerebro detrás del invento fue un tal Profesor Jenö, psiquiatra de reputación más bien resbaladiza, que se alió con un hipnotizador profesional llamado Binczo, cuyo nombre ya sonaba a personaje de vodevil.
¿Y cómo se promociona una terapia de la risa en una ciudad con más suicidios que panaderías? Pues con lo de siempre: anuncios en los periódicos. Porque si a estas alturas la historia nos enseña algo, es que el marketing creativo puede llegar donde la psiquiatría se rinde.

Según relataba el Sunday Times Perth en su edición del 17 de octubre de 1937, aquella ocurrencia, nacida medio en broma, acabó tomando cuerpo de institución respetable, con estatutos, horarios y tarifas bien definidas. Su propósito declarado: enseñar a los ciudadanos el noble arte de sonreír como antídoto contra la melancolía. Pero no se trataba de cualquier sonrisa improvisada, de esas que uno lanza por compromiso en la cena de empresa. No: el Club de las Sonrisas ofrecía todo un catálogo de expresiones faciales, como si se tratara de un Ikea emocional, con modelos de sonrisa para cada estado de ánimo y cada nivel de desesperanza.
Sonríe como Roosevelt, Clark Gable o la mismísima Mona Lisa
Los alumnos del Club de las Sonrisas podían escoger entre un surtido de sonrisas modelo, cuidadosamente copiadas de celebridades y figuras públicas del momento. Había donde elegir: la sonrisa diplomática y contenida de Roosevelt, ideal para reuniones tensas; la sonrisa galante y cinematográfica de Clark Gable, capaz de derretir corbatas; la sonrisa inocente de Loretta Young, pura dulzura de celuloide; o la misteriosa, casi esotérica sonrisa de la Mona Lisa, que llevaba siglos desafiando a los imitadores.
Un menú expresivo apto para todos los rostros aunque quizás no para todos los bolsillos…
Porque los cursos no eran precisamente baratos. Según un reportaje de la revista Life del 6 de septiembre de 1936, aprender a sonreír como Roosevelt podía costar la friolera de 500 dólares de la época —una cifra descabellada— y requería unas seis semanas de entrenamiento intensivo, con sesiones tan meticulosas que uno salía del aula con los músculos faciales tan agotados como si hubiera masticado piedra pómez.

La sonrisa de la Mona Lisa, en cambio, era más asequible, aunque infinitamente más difícil de dominar, un poco como intentar atrapar una sombra o definir el color del viento. Los instructores del club recurrían a toda clase de herramientas pedagógicas: desde carteles ilustrados con ejemplos prácticos hasta máscaras equipadas con pequeños ganchos —sí, ganchos— destinados a mantener la mueca correcta durante horas. Técnicas que, más que psicológicas, rozaban lo expresionista, como si el propio Doctor Caligari hubiera decidido abrir un taller de risoterapia en su gabinete.
Una historia entre el esperpento y la genialidad
Aunque cueste creerlo, el Club de las Sonrisas funcionó durante varios años, congregando a centenares de húngaros que, al parecer, preferían invertir su dinero en una sonrisa manufacturada antes que tumbarse en el diván de un psicoanalista. Y, si uno lo piensa bien, quizá no andaban tan desencaminados. Frente al abismo existencial, siempre resulta más práctico ensayar un rictus a lo Greta Garbo que dejarse envolver por las aguas del Danubio.

Y es que en el fondo, la historia del Club de las Sonrisas condensa como pocas la psicología de aquella Hungría de entre guerras: un país al borde del colapso que, aun así, encontraba en el absurdo una forma de resistencia. Una época en la que el dolor se combatía con melodías tristes, terapias imposibles y una confianza casi religiosa en los músculos cigomáticos.
En aquel escenario, Budapest era una ciudad donde la desesperación y la sorna se daban la mano en los cafés, donde el suicidio y la carcajada compartían espacio en las portadas, y donde una sonrisa —aunque fuese de pega, sostenida por ganchos o por pura terquedad— valía más que mil sesiones de terapia.
Porque, al final, quizá esa sea la moraleja oculta: en los tiempos más oscuros, el humor no salva, pero al menos acompaña.
Y en la Budapest de los años treinta, eso ya era casi un milagro.
Fuentes consultadas
- ArchivosHistoria. (2020, 15 de abril). El Tratado de Trianón: un trauma para Hungría. https://archivoshistoria.com/el-tratado-de-trianon-un-trauma-para-hungria/
- Encyclopaedia Britannica. (s. f.). Treaty of Trianon. https://www.britannica.com/event/Treaty-of-Trianon
- Rihmer, Z., Gonda, X., Kapitány, B., & Dömötör, P. (2013). Suicide in Hungary — epidemiological and clinical perspectives. Annals of General Psychiatry, 12, 21. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3698008/
- Lester, D. (2007). The seasonality of suicide in Hungary in the 1930s. Perceptual and Motor Skills, 105(3), 714. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/18229528/
- Sunday Times (Perth). (1937, 17 de octubre). City of Suicides / Becomes City of Smiles (Nota de prensa histórica). https://trove.nla.gov.au/newspaper/article/58792515
- Life Magazine. (1937, 6 de septiembre). Photo-feature: “Smile School” in Budapest . https://www.originallifemagazines.com/product/life-magazine-september-6-1937/
- Stack, S. (2007). Gloomy Sunday: did the “Hungarian suicide song” really create a suicide epidemic? Suicide & Life-Threatening Behavior (resumen/análisis). https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/18435326/
- Billie Holiday Official / Signature Song. (s. f.). Gloomy Sunday (Szomorú Vasárnap) — historia y versiones. https://billieholiday.com/signaturesong/gloomy-sunday/
- The New York Times. (1968, 14 de enero). Obituary: Rezső Seress (microfilm/edición histórica). https://www.nytimes.com/

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.
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