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Sangre, fútbol y machetes: crónica de un partido que terminó en carnicería

Brasil. Tierra de samba, playas infinitas, atascos monumentales en São Paulo y fútbol, mucho fútbol. De ese que se juega con pasión, sin VAR, sin espónsores, y algunas ocasiones sin sentido común.

En el pintoresco y olvidado poblado de Pio XII, en el estado de Maranhão, ocurrió en 2013 uno de los episodios más surrealistas, macabros y folklóricos (si se quiere ver con ojos de Nietzsche) de la historia del deporte rey. Un partido amateur terminó con -por este orden- una expulsión, una bronca, un muerto, un linchamiento, otro muerto, una decapitación, un descuartizamiento y, para rematar, una cabeza en una estaca cual advertencia medieval.

Tal escena no fue ideada por Tarantino ni forma parte de una distopía carcelaria de bajo presupuesto. Fue real. Todo empezó, como no podría ser de otra forma, con una tarjeta roja.

El árbitro de la muerte

Otávio Jordão da Silva, de 20 años, ejercía de árbitro en un partido de esos que se disputan más por orgullo que por puntos. Sin cámaras, sin actas federativas, con más testosterona que táctica. Lo que comenzó como un encuentro más de la liga local, acabó convertido en una escena digna de “Apocalypto”, sólo que sin mayas ni pirámides.

Durante el partido, el árbitro expulsó a un jugador, Josemir Santos Abreu, por motivos que las crónicas no detallan demasiado, aunque, visto el desenlace, uno puede intuir que la actitud del futbolista no debía de ser precisamente conciliadora. El problema surgió cuando Abreu se negó a abandonar el terreno de juego. Y no lo hizo con la diplomacia de un “no estoy de acuerdo, pero respeto la decisión; ¿lo hablamos?”, sino con la versión más castiza del desacato: de aquí no me muevo ni aunque venga la policía montada.

Los ánimos se caldearon, y el árbitro, que por lo visto llevaba algo más que tarjetas en los bolsillos, sacó un cuchillo. Así, como quien saca un silbato. Y no era un cuchillo romo de esos de untar mantequilla, no. Era un arma blanca, bien afilada, de las que dejan huella. El árbitro acuchilló al jugador. Varias veces. Una puñalada aquí, otra allá, hasta dejarlo malherido. Abreu falleció de camino al hospital.

El público toma cartas en el asunto

Uno podría pensar que tras una escena así el público correría horrorizado, llamaría a la policía o al menos se dispersaría. Pero estamos en el nordeste brasileño, donde la pasión por el fútbol y la justicia poética se entrelazan como churrasco y farofa.

Al enterarse de la muerte del jugador, los espectadores, lejos de optar por la vía institucional, decidieron tomarse la justicia por su mano. Pero no una mano moderada, de esas que señalan a la policía el culpable. No. La suya fue una mano airada, salvaje, medieval.

árbitro decapitado

Arremetieron contra el árbitro. Le apedrearon hasta matarlo. Pero eso no bastó. La turba, que ya había cruzado varias líneas rojas morales, decidió llevar a cabo un acto tan simbólico como visceral: decapitarlo. Como en las ejecuciones públicas de antaño. Para rematar la faena, colocaron su cabeza en una estaca, en medio del campo, como quien ubica un quinto banderín de córner.

¿Qué demonios ocurrió en Pio XII?

La pregunta que flota en el aire, un aire con olor a violencia extrema, testosterona y cerveza caliente, es: ¿cómo pudo llegar a este punto un partido de fútbol? La respuesta se encuentra en una combinación letal de factores: pobreza estructural, desconfianza absoluta en el sistema judicial, códigos de honor mal digeridos, y una cultura del espectáculo en la que la violencia no sólo no se reprime, sino que a veces se celebra.

Pio XII no es precisamente Copacabana. Es un municipio de unos 20.000 habitantes, con un índice de desarrollo humano bajo, poca presencia del Estado y mucha arma al alcance de la mano. En esos contextos, la justicia se convierte en una cuestión comunitaria, y el campo de fútbol puede transformarse en escenario de ajuste de cuentas. No se juega por puntos; se juega por respeto, y el respeto, en según qué latitudes, se gana o se pierde a cuchilladas.

La policía y la impotencia institucional

Tras el doble crimen —el asesinato del jugador y el linchamiento del árbitro—, las autoridades llegaron tarde, como siempre en estas tragedias que se desarrollan en segundos y se entierran en la página de sucesos de anteayer. Según los informes policiales, hubo al menos un detenido relacionado con el linchamiento, pero el resto de los implicados se evaporaron entre los pasillos polvorientos de Pio XII. La comunidad, como tantas veces, se cerró en banda, invocando un silencio colectivo que recuerda a aquel pueblo de Crónica de una muerte anunciada. Todos lo sabían, todos lo vieron, pero nadie habló.

Lo paradójico del asunto es que, en medio del horror, las redes sociales hicieron su agosto. Las fotos de la cabeza del árbitro en una estaca dieron la vuelta al mundo digital con esa mezcla de estupor y morbo que caracteriza a la sociedad de la información. El caso no tardó en aparecer en los noticieros internacionales.

Brasil aparecía así como un país de contrastes extremos, donde del Maracaná al descuartizamiento hay, además de kilómetros, unos cuantos litros de adrenalina mal canalizada.

Violencia y fútbol: una relación estable

La historia de Otávio Jordão da Silva y Josemir Santos Abreu no es un hecho aislado, aunque sí una versión extrema del matrimonio entre fútbol y violencia. En Sudamérica, el deporte rey arrastra una tradición de conflictos en las gradas, agresiones a árbitros y linchamientos. Desde árbitros perseguidos por hinchadas hasta técnicos secuestrados por perder un clásico, la violencia se ha convertido en una prolongación emocional del juego.

En Pio XII el partido terminó 1-1 en el marcador de cadáveres. El fútbol, impasible, siguió rodando por el mundo, quizá recordándonos que a veces la línea entre deporte y barbarie es tan fina como la tarjeta roja que lo empezó todo.


Fuentes:

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