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Sixto Rodríguez: el obrero que fue estrella sin saberlo

La vida de Sixto Díaz Rodríguez podría pasar por una broma del destino: un cantautor que naufraga en su propio país, vuelve a la obra sin hacer ruido, vive sin coche ni teléfono y, mientras tanto, se convierte en un icono clandestino al otro lado del planeta. En Sudáfrica llegó a ser citado como “más popular que Elvis”, ironías del mundo, sin que él estuviera al corriente de su supuesto estrellato. Detrás del mito de Sugar Man no se encuentra un astro excéntrico, sino un trabajador de Detroit con una guitarra desconchada, un acento de barrio y unas letras empapadas de melancolía y crítica social.

Un hijo de inmigrantes en el Detroit duro de los años 40 y 50

Rodríguez nació el 10 de julio de 1942 en Detroit, en el seno de una familia mexicana acostumbrada a sobrevivir en los márgenes. Era el sexto hijo, lo cual explica el nombre “Sixto”, elegido con ese humor familiar que convierte la resignación en gesto amable. Creció en barrios obreros marcados por el ruido de las fábricas de automóviles, el racismo rutinario y la sensación de que el célebre “sueño americano” tenía una valla bastante alta para quienes nacían al otro lado de la desigualdad.

Sixto Rodríguez

La comunidad mexicana de Detroit no vivía precisamente un cuento de hadas: salarios bajos, empleos duros y una discriminación tan cotidiana que apenas necesitaba palabras. En ese clima, la guitarra funcionó para él como un refugio frente a las calles frías y la precariedad laboral. Las letras que escribiría más tarde no nacieron de una pose revolucionaria cincelada en cafés bohemios, sino de la vida real: pobreza urbana, desigualdad racial, abuso de poder o hipocresía moral tamizados por la experiencia cruda del curro diario.

De “Rod Riguez” a Cold Fact: un sueño discográfico que salió rana

El primer intento de lanzarse al mercado musical llegó en 1967, cuando grabó el sencillo “I’ll Slip Away” para el pequeño sello Impact. La discográfica, en un alarde de creatividad publicitaria, lo presentó como “Rod Riguez”, un apaño fonético que nadie le consultó. El debut pasó desapercibido y la aventura se esfumó sin pena ni gloria.

Tres años después firmó con Sussex Records, un sello vinculado a Buddah Records, donde por fin recuperó el apellido que quería. Allí grabó Cold Fact (1970) y Coming from Reality (1971), dos discos que el tiempo ha tratado mucho mejor que el público estadounidense de la época. Para entonces, las ventas eran tan escasas que las cajas con vinilos dormían en almacenes sin que a nadie le quitara el sueño su destino.

Sussex lo descartó antes de finalizar 1971. El sello, por cierto, cerraría poco después. Años más tarde, un rumor alimentado por el documental Searching for Sugar Man insinuaría que Rodríguez estaba preparando un tercer álbum cuando lo echaron. Él mismo desmintió esa versión: aseguraba haber compuesto unas treinta canciones, básicamente las que ya conocían sus seguidores.

Mientras Detroit bostezaba, Sudáfrica lo convertía en leyenda

La parte más increíble del relato se dio lejos de Detroit. A mediados de los setenta, copias de Cold Fact y Coming from Reality comenzaron a circular por Sudáfrica, un país entonces cercado por el apartheid. Esas canciones inconformistas, que hablaban de injusticias y deseo de libertad, prendieron enseguida entre jóvenes blancos que se oponían al régimen y buscaban una voz afín a su malestar.

“Sugar Man”, con ese aire psicodélico y la historia de un camello de barrio, irritó especialmente a la censura. Las autoridades llegaron a rayar físicamente los discos para que la canción no se pudiera reproducir. El resultado fue, como suele ocurrir, el contrario al que pretendían: convirtió el tema en un objeto apetecible, casi mítico, dentro de la juventud rebelde.

Sixto Rodríguez

Mientras en Estados Unidos apenas unos pocos melómanos insistían en reivindicarlo, en Sudáfrica sus discos se escuchaban como si fueran piezas esenciales de la cultura progresista. En algunos hogares Cold Fact compartía estantería con clásicos de los Beatles o Simon & Garfunkel. Lo curioso es que ese fervor se alimentaba de la absoluta falta de información. Al no saberse nada del músico, florecieron las leyendas urbanas: la más extendida aseguraba que se había suicidado en pleno escenario, versión que mutaba según quien la contase.

Australia, Nueva Zelanda y otros países donde llenaba salas

La adoración no se limitó a Sudáfrica. En Australia y Nueva Zelanda, Rodríguez también fue ganando adeptos. El sello Blue Goose adquirió sus derechos, editó sus dos álbumes y publicó un recopilatorio, At His Best, que incluía canciones inéditas en Estados Unidos. En Sudáfrica aquel disco llegó a ser platino, lo que da una idea del tamaño del fenómeno.

Los promotores australianos lograron localizarlo en Detroit y convencerlo para salir de gira en 1979 y 1981. Aquellos conciertos demostraron que su fama no era un espejismo: las salas se llenaban y el público coreaba letras que él mismo no recordaba con claridad. Cuenta la leyenda que, al subir al escenario en Sídney por primera vez, murmuró al micrófono: “Ocho años después… y pasa esto. No me lo creo”.

Demoler paredes, no mitos: trabajo duro y política local

Después del fracaso comercial en su país, Rodríguez se apartó de la industria musical a mediados de los setenta. En 1976 compró por 50 dólares una casa semiderruida en Detroit y se instaló allí, lo cual desmiente cualquier cliché de estrella con piscina y jardín infinito. Para ganarse la vida trabajó en demolición y en cadenas de producción. Empleos duros, sin glamur, donde los compañeros veían en él a un tipo tranquilo y respetado, sin imaginar que era una celebridad para públicos de otros continentes.

Su vida era deliberadamente austera: sin teléfono, sin coche, caminaba por el barrio de Woodbridge y tocaba ocasionalmente en el Old Miami, un bar de la Cass Corridor, ante públicos que acudían sin saber que aquel músico humilde era, sin exagerar, un fenómeno internacional.

También desarrolló una faceta política obstinada. Se presentó a la alcaldía de Detroit en 1981 y 1993, al consejo municipal en 1989 y al Congreso estatal en 2000. Sus campañas defendían a la clase trabajadora urbana, coherentes con el espíritu de sus canciones.

Detectives del vinilo: la búsqueda del Sugar Man en los noventa

Durante años, en Sudáfrica se asumió como hecho que Rodríguez estaba muerto. Pero a mediados de los noventa, dos seguidores, Stephen Segerman y el periodista Craig Bartholomew Strydom, decidieron investigar. Su búsqueda fue tan obsesiva como romántica: examinaron créditos de vinilos, revisaron revistas antiguas y aprovecharon los primeros foros de internet para reconstruir pistas.

Lo que esperaba ser una necrológica se convirtió en un hallazgo inesperado: el músico seguía vivo, trabajaba en la construcción y residía en la misma casa que había comprado por 50 dólares. En 1997, la hija mayor de Rodríguez descubrió una web sudafricana dedicada a su padre; gracias a ese contacto, la familia conoció por fin la magnitud de su fama. Poco después iniciaron una gira triunfal por Sudáfrica, donde miles de espectadores lloraban y cantaban de memoria letras que el propio Sixto había compuesto décadas antes en una cocina de Detroit.

Searching for Sugar Man: cuando Hollywood llega tarde

La historia pedía una película y la obtuvo. Searching for Sugar Man se estrenó en 2012 bajo la dirección del sueco Malik Bendjelloul. El documental se centraba en la investigación de Segerman y Strydom, el mito de la supuesta muerte del artista y el descubrimiento de que el protagonista seguía vivo y trabajando como obrero.

La cinta arrasó en el Festival de Sundance y en 2013 ganó el Óscar al mejor documental. De repente, Rodríguez apareció en programas televisivos de gran audiencia, desde el espacio de David Letterman hasta entrevistas en 60 Minutes. Aquello que Sudáfrica y Australia llevaban décadas celebrando se convirtió, al fin, en un fenómeno también en el país que nunca le prestó atención.

La publicación de la banda sonora del documental devolvió a las listas canciones grabadas en 1969 y 1971, que sonaban sorprendentemente actuales en una época dominada por las plataformas digitales.

Poca discografía, muchas lecturas: la obra de Sixto Rodríguez

El catálogo discográfico de Rodríguez es escaso pero contundente. Sus dos álbumes —Cold Fact y Coming from Reality— encabezan una producción mínima completada por recopilatorios y directos grabados en Australia y Sudáfrica, como Rodriguez Alive (1981), Live Fact (1998) o Rodriguez Rocks (2016).

“Sugar Man”, tema señero de Cold Fact, mezcla folk psicodélico y arreglos orquestales con una letra que habla de drogas y escapismo. No es extraño que levantara sospechas entre censores sudafricanos con alergia a cualquier referencia subversiva. Otras canciones como “Crucify Your Mind”, “I Wonder” o “Cause” retratan desigualdad, machismo y descontento político con una franqueza que oscila entre la poesía amarga y el lenguaje del barrio.

Su estilo bebe del folk rock setentero, pero conserva una aspereza callejera que evita solemnidades y melodramas. No escribe himnos, sino estampas de vidas rotas y preguntas incómodas. Aunque durante un tiempo se especuló con un posible tercer álbum, el propio Rodríguez restó importancia al asunto y nunca llegó a publicar material nuevo en estudio.

Ceguera, despedida y murales en Detroit

La fama tardía llegó acompañada de problemas de salud. A partir de 2013 trascendió que sufría glaucoma y estaba perdiendo visión. Con el tiempo quedó prácticamente ciego, aunque continuó actuando mientras pudo, guiado por amigos en el escenario.

En febrero de 2023 sufrió un ictus y fue operado semanas después. Su salud se agravó y falleció el 8 de agosto de 2023, a los 81 años, en su ciudad natal. Detroit le dedicó un concierto homenaje y varios murales, especialmente en las zonas de Trumbull y Vernor Highway, donde su rostro se ha convertido en emblema de una memoria cultural que viajó del anonimato a la celebridad internacional para regresar, por fin, a casa.

Un músico de culto para oyentes que llegan tarde

La figura de Rodríguez encaja sin esfuerzo en la categoría de “músico de culto”, aunque en su caso el culto lo rindieron países enteros antes de que lo hiciera el suyo. Mientras Estados Unidos lo descubría gracias a un documental, en Sudáfrica varias generaciones lo habían adoptado como voz íntima de su resistencia cotidiana.

Quien se acerque ahora a sus discos encontrará canciones sin relleno, escritas desde la experiencia del obrero que observa el mundo con ternura, rabia y un humor resignado. Su biografía —obrero, candidato político, músico ignorado en casa y venerado fuera— da a su obra una autenticidad que ninguna campaña de márketing podría fabricar. Y recuerda, de paso, que a veces un vinilo olvidado en una maleta puede iluminar la vida de miles de personas mucho antes que la del propio autor.

Vídeo: “LA HISTORIA DE SIXTO RODRÍGUEZ, EL SUGAR MAN”

Fuentes consultadas

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Este artículo ha sido escrito por Fernando Muñiz, editor de El Café de la Historia, un blog dedicado a rescatar episodios curiosos, insólitos y poco conocidos del pasado. Puedes saber más sobre el autor o explorar las historias más sorprendentes en el archivo del blog.

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