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La primera grabación de la voz humana de Thomas Edison

En 1877, un hombre de bigote disciplinado y fama de dormir menos que un búho decidió encerrar la voz humana en una máquina para luego sacarla de nuevo, más o menos reconocible, desde una humilde lámina de papel de estaño. A partir de ese instante, el mundo sonoro dejó de ser el mismo. Aquella primera grabación de la voz humana capaz de reproducirse mediante el fonógrafo de Thomas Alva Edison no pasó de ser una prueba breve, casi improvisada, pero marcó el origen de un futuro en el que generaciones enteras discutirían si se escucha mejor un vinilo, un disco compacto o cualquier invento digital del siglo XXI.

La escena inaugural quedó grabada en la memoria colectiva con un aire casi enternecedor: Edison, inclinado frente a un aparato con trompetilla y cilindro, recitando la rima infantil “Mary had a little lamb”, mientras el artefacto tenía la audacia de devolverle su propia voz, oxidada pero viva.

A simple vista, parecía un juego simpático. Sin embargo, escondía una revolución: por primera vez, la voz humana dejaba de morir en el aire. Se convertía en algo que se podía archivar, comerciar, manipular y escuchar una y otra vez, hasta que el material dijese basta.

1877: el día en que la voz quedó presa en un cilindro

La escena transcurre en Menlo Park, Nueva Jersey, ese mismo 1877 que más tarde sería recordado como el año en que una voz quedó atrapada. Edison y su equipo estaban sumergidos en experimentos con el telégrafo y el teléfono, intentando domar vibraciones e impulsos eléctricos para que pudieran repetirse sin condenar al operador a un calambre de muñeca. En medio de aquel ambiente de cables y probetas, a Edison se le ocurrió una idea aparentemente simple: si el telégrafo permitía “escribir” señales eléctricas, ¿por qué no hacer lo mismo con la voz?

Pidió entonces a su mecánico de confianza, John Kruesi, que materializara un boceto. El diseño era tan rudimentario como prometedor: un cilindro metálico forrado en papel de estaño, una manivela que lo hiciera girar y una aguja que marcaría el material siguiendo los movimientos de una membrana. Kruesi, según se cuenta, levantó todo eso en apenas treinta horas.

Cuando tuvo el artilugio delante, Edison actuó como cualquier persona razonable frente a una máquina que promete grabar sonido: renunció a las proclamas heroicas y optó por un verso juvenil. Probó el invento recitando:

“Mary had a little lamb,
Its fleece was white as snow…”

El resultado fue tan sorprendente como cómico. El aparato, mitad herramienta de oficina victoriana, mitad cacharro salido de un gabinete de curiosidades, devolvió la frase con una voz metálica, afónica y algo torcida, pero indudablemente humana. Edison, que no solía sorprenderse con facilidad, quedó pasmado al oír su propio eco.

Poco después, el 24 de diciembre de 1877, cuando otros decoraban árboles y preparaban cenas, Edison presentaba la patente de su fonógrafo de cilindro, aprobada en febrero del año siguiente. La “máquina parlante” había nacido, aunque entonces pocos imaginaban que aquello era la primera piedra de la futura industria musical, del contestador automático y hasta de los podcasts que hoy acompañan viajes en metro.

Un inventor entre cables, telégrafos y otros demonios

Para entender la obsesión de Edison por grabar la voz, hay que recordar que no se levantó un día diciendo: “hoy inauguro la música grabada”. Su empeño, desde hacía años, era perfeccionar el telégrafo y el teléfono. Quería asegurarse de que vibraciones y señales pudieran registrarse con una precisión que evitara errores humanos. Aquel entorno saturado de cables, membranas, chispazos y ruidos era un terreno fértil para que surgiera la pregunta del millón: ¿y si esto sirve para registrar sonidos de verdad?

El clima inventivo del país también acompañaba. En los Estados Unidos de finales del siglo XIX, cada avance técnico era un combate por patentes, prestigio y titulares. Un aparato que hablara, aunque sonara como si tuviera un catarro eterno, era un imán para la prensa. No había feria que no quisiese exhibirlo, ni periódico que no lo mencionara con asombro, temor y exageración.

A todo esto se sumaba un ingrediente igual de decisivo: el ego de Edison, tan robusto como sus acumuladores. Siempre dijo que, de todas sus creaciones, el fonógrafo era su favorita. Y no parecía una frase de compromiso.

Cómo funcionaba el primer fonógrafo sin necesidad de tomar un analgésico

Bajo su halo legendario, el primer fonógrafo era un mecanismo sencillo, aunque delicado, perfectamente explicable en una sobremesa sin perder comensales por el camino:

  1. El cilindro que giraba
    Un tambor recubierto de papel de estaño se colocaba sobre un eje. El operador lo hacía girar a mano, sin motor ni ayudas modernas. Puro esfuerzo físico.
  2. La membrana que hacía de oreja
    La persona hablaba o cantaba en una bocina, que transmitía las vibraciones del aire a una membrana elástica, parecida a un tambor diminuto.
  3. La aguja que arañaba el estaño
    Pegado a esa membrana había un estilete. Al vibrar, la aguja presionaba el estaño dejando marcas en relieve, no surcos profundos, sobre el cilindro en movimiento.
  4. Dos agujas para dos tareas
    La aguja de grabación y la de reproducción eran distintas. En el modo reproducción, otra aguja recorría las marcas del cilindro y las convertía en vibraciones nuevas, devolviendo el sonido.

El audio resultante tenía el encanto de lo primitivo: era nasal, metálico y frágil. Además, el papel de estaño tenía la resistencia de un envoltorio barato. Tras unas pocas escuchas, las arrugas lo volvían inútil. Aun así, el invento logró una proeza inédita: capturar y devolver una voz humana sin intermediarios.

¿Fue Edison realmente el primero? El francés que se adelantó

Aquí entra el capítulo incómodo que suele fastidiar los relatos demasiado pulidos. Edison no fue el primero en grabar la voz humana. Esa medalla corresponde al francés Édouard-Léon Scott de Martinville, que en 1857 creó el fonautógrafo. Su aparato capturaba ondas sonoras y las traducía en líneas ondulantes sobre un soporte ennegrecido con hollín.

El procedimiento era ingenioso:

  • una bocina guiaba el sonido,
  • la membrana vibraba,
  • y una cerda rígida trazaba la vibración sobre el papel ennegrecido.

Esos dibujos –los fonautogramas– eran la huella visual del sonido, pero no podían reproducirse. Scott esperaba que algún día alguien aprendiera a interpretarlos como si fueran notas musicales.

En 1860 creó un registro histórico: un fragmento de la canción “Au clair de la lune”. No fue hasta bien entrado el siglo XXI cuando la tecnología permitió convertir esas líneas en sonido audible. La voz resultante suena como un espectro cantando desde un túnel húmedo, pero es, hasta donde se sabe, el registro más antiguo de una voz humana convertido en sonido.

Entonces, ¿qué lugar ocupa Edison?

  • Scott registró la voz, pero no podía reproducirla.
  • Edison la grabó y la reprodujo de forma inmediata y mecánica.

Uno ocupa el podio de pionero teórico; el otro, el de pionero práctico. Y, como era de esperar, esta diferencia alimentó debates, orgullos nacionales y reclamaciones cruzadas durante años.

De diversión de salón a negocio serio: cilindros, cera y mucha competencia

El fonógrafo de Edison era brillante, sí, pero también endeble. El estaño se deformaba, el sonido era pobre y la durabilidad mínima. Pese a todo, el concepto era tan poderoso que muchos lo vieron como un futuro prometedor.

Mientras Edison se entretenía con la bombilla incandescente, otros inventores siguieron su senda y comenzaron a mejorar el fonógrafo. Fue entonces cuando, en plena década de 1880, el Graphophone revolucionó la escena. Sus creadores sustituyeron el estaño por cera, un material más fiable, y tallaron surcos en lugar de aplastarlos. El resultado era más nítido, más resistente y apto para el trabajo diario.

Pronto las oficinas empezaron a usar estos dispositivos como herramientas de dictado. Lo romántico quedó afuera, pero la productividad entró por la puerta grande.

grabación de la voz humana de Thomas Edison

Cuando Edison vio que otros estaban haciendo negocio con “su” idea, regresó al campo de batalla. Mejoró los cilindros, los volvió más gruesos y reutilizables, y lanzó modelos perfeccionados del aparato. Desde 1889, comenzaron a comercializarse cilindros pregrabados con música, recitados y piezas humorísticas. Era el nacimiento de un mercado incipiente de entretenimiento doméstico.

Pero la estabilidad duró poco. Otro invento estaba a punto de desplazar a los cilindros: el gramófono de Emile Berliner, basado en discos planos. Más fáciles de fabricar, apilar y reproducir, los discos acabaron imponiéndose a principios del siglo XX, dejando a los cilindros en un segundo plano del que ya no saldrían.

La primera grabación reproducible que aún existe

Hay un detalle inquietante: la grabación original de 1877 no se conserva. Lo que se oye hoy como “Mary had a little lamb” de Edison es una reconstrucción tardía que él mismo hizo en 1927, ya mayor y nostálgico, para celebrar el aniversario de su invento.

Lo que sí se conserva es un cilindro de 1878, guardado en un museo estadounidense, con rimas infantiles y música grabada. Es la grabación reproducible más antigua que se mantiene en su soporte original. No es la primera de la historia, pero sí la más veterana que ha sobrevivido a los caprichos del tiempo.

La diferencia, aunque leve, es oro puro para los amantes de los detalles históricos, siempre listos para corregir a quien confunda fechas entre cafés y tertulias.

De una rima infantil al dominio del sonido: las consecuencias inesperadas

Aquel experimento con una rima de colegio desencadenó una serie de transformaciones profundas.

El sonido se volvió portátil

Antes del fonógrafo, la música era un acontecimiento: se escuchaba en directo o no se escuchaba. Con la grabación, la música se convirtió en un bien transportable, comprable, acumulable y reproducible hasta el infinito. De ahí nació la industria musical, con sus catálogos, sus estrellas y su mercadotecnia.

La memoria adquirió voz propia

La posibilidad de capturar voces reales cambió la forma de documentar la historia. Discursos, testimonios, canciones populares o simples bromas familiares empezaron a quedar guardados tal y como sonaban, con acentos, risas, silencios y pequeñas imperfecciones que la escritura nunca lograba transmitir.

Hoy, en la recreación de Edison recitando su célebre rima, se escucha algo más que un poema infantil: se oye un pedazo del siglo XIX respirando.

El poder de la voz se multiplicó

Una vez grabada, la voz se podía difundir, manipular, editar y usar con fines poco imaginados en 1877: propaganda, publicidad, entretenimiento o lo que surgiera. La voz grabada viajó más rápido que cualquier orador y llegó a lugares donde su dueño jamás puso un pie.

Si se mira con ironía, aquel fonógrafo es el antepasado de la radio, de la publicidad sonora, de los discursos electorales grabados y del podcast que acompaña hoy a miles de personas mientras viajan.

Un invento con alma de estaño y destino de nube

La primera grabación de la voz humana reproducible, hecha por Edison en 1877, era rudimentaria y frágil, pero marcó un antes y un después: demostró que la voz podía quedar atrapada y volver a ser liberada. Desde entonces, la tecnología del sonido ha pasado por cilindros de cera, discos, cintas magnéticas, formatos digitales y repositorios en la nube.

En realidad, aquel cilindro de estaño girando bajo una aguja anticipaba una idea sencilla: cualquier frase, cualquier melodía, cualquier murmullo puede sobrevivir al tiempo si se registra adecuadamente. En 1877 era un cilindro arrugable y ruidoso. Hoy es un archivo guardado en algún servidor remoto. Pero el gesto original sigue intacto: una voz que se niega a desaparecer.

Fuentes consultadas

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