Un negocio gigantesco que vestía de diplomacia lo que era pura sangre
Entre el siglo VIII y el XIX, África no fue solo un continente: fue un almacén humano para imperios, religiones expansivas y comerciantes de moral flexible. Las rutas del norte cruzaban el Sahara cargando vidas hacia los mercados mediterráneos y el mundo islámico; por el este, los puertos del mar Rojo y del Índico servían de pasarelas hacia Arabia y Asia; por el oeste, la flota europea abrió una puerta que acabaría siendo un sumidero hacia América. Bajo ese entramado se mezclaron la expansión del Islam, las rivalidades locales, las ambiciones europeas y la fragilidad de miles de pueblos africanos.
En este escenario aparecieron los portugueses, que desde finales del XV construyeron fortalezas y puertos como quien clava estacas de hierro en una costa entera. En 1576 fundaron Luanda, que pronto se convirtió en el centro neurálgico del tráfico esclavista en la región. España, más dada a delegar lo feo, prefirió el sistema de asientos: contratos para que otros capturasen, transportaran y vendieran esclavos en las colonias americanas. El beneficio, eso sí, se repartía con elegancia.
La fórmula funcionaba: en América había una demanda insaciable —minas que tragaban hombres, plantaciones que devoraban brazos— y en África había grupos enfrentados, guerras internas y redes dedicadas al secuestro de prisioneros. En el XVII se sumaron ingleses y franceses, ampliando el mercado como quien abre un nuevo supermercado en la esquina. Portugal respondió asegurando su dominio del litoral. El nombre del territorio que llamamos Angola procede precisamente del título ngola, una dignidad real local que los europeos usaron para bautizar la región entera.
Ndongo y Matamba: territorios con memoria de reyes… y una reina inesperada
Tras esa línea costera ocupada por los portugueses, los reinos africanos continuaban viviendo —y sobreviviendo— en su compleja red de alianzas, parentescos, conflictos y lealtades. Ndongo, entre los ríos Kwanza y Lucala, y Matamba, un poco más al interior, eran piezas esenciales de ese tablero político.
En esa trama surgió Nzinga Mbande —conocida también como Nzinga, Njinga o, más tarde, Ana de Sousa—, nacida hacia 1582 en el seno de la familia real mbundu. Educada en la tradición guerrera y diplomática de su pueblo, aprendió pronto que el poder no se sostiene solo con lanzas: también requiere lecturas finas del entorno, rapidez para adaptarse y una habilidad especial para detectar movimientos ajenos. Era una dirigente moldeada para resistir.
Una alfombra, una espalda y una demostración de poder
La escena es casi teatral. En 1622, enviada a negociar con el gobernador portugués en Luanda, Nzinga fue recibida con una silla para él y una alfombra para ella. No era cortesía: era un recordatorio de jerarquías, un “siéntate abajo, que aquí mandamos nosotros”. Nzinga lo vio claro. Ordenó a una sirvienta que se colocara a cuatro patas, se sentó sobre su espalda y quedó a la altura del gobernador. El mensaje no necesitó traducción: aquí no hay vasalla que valga.
Aquel encuentro terminó con su bautismo como Dona Ana de Sousa, gesto que las fuentes señalan como una hábil maniobra política más que una conversión devota. El tratado firmado prometía paz, pero la paz, como el buen tabaco, tenía corta duración.
Intrigas familiares: traiciones, exilios y la determinación de una mujer incómoda
La corte de Ndongo no era precisamente un remanso: entre sucesiones, venganzas y hermanastros con pocos escrúpulos, aquello parecía una tragedia shakesperiana adaptada al trópico africano. Tras la muerte del ngola Kiluanji, su hijo Mbandi tomó el poder, y con él llegó una oleada de decisiones cuestionables. Fuentes señalan que ordenó la muerte del hijo de Nzinga y la coerción de sus hermanas, un intento cruel de asegurarse el trono sin rivales femeninas. Ella, devastada, acabó exiliada.
Sin embargo, cuando regresó, lo hizo transformada. Si la legitimidad le era negada por ser mujer, crearía una nueva. Se unió a los mbangala —grupos guerreros temidos incluso por sus vecinos—, integró en su ejército a los esclavos fugados que huían de los portugueses y se vistió con los ornamentos ceremoniales de su padre. Incluso formó un harén de hombres vestidos de mujer, una puesta en escena contundente para cuestionar las normas patriarcales de su tiempo. Su reinado no fue sencillo ni puro: se oponía a la trata esclavista europea, sí, pero en ocasiones también se movió dentro del mismo comercio para sobrevivir políticamente. Una contradicción humana en un mundo sin opciones limpias.
La irrupción holandesa: un tablero que cambiaba de manos
En 1641 los holandeses irrumpieron en la escena capturando Luanda y paralizando la maquinaria portuguesa. Nzinga, que olía los cambios como quien huele la lluvia a distancia, vio una oportunidad y pactó con ellos. Con ayuda neerlandesa recuperó territorios, acosó a los portugueses y convirtió su alianza en una amenaza real para la colonia. Fue un momento extraño en la historia africana: una reina local empujando a dos imperios europeos a pelear por un pedazo de tierra en el que ella seguía mandando.
La reconquista portuguesa años después no apagó los cambios. Nzinga ya había consolidado Matamba como nueva capital, había transformado una sociedad exhausta en un estado funcional y había demostrado que, con aliados adecuados, la balanza podía inclinarse temporalmente hacia el lado africano.
Matamba: un refugio, un reino y un proyecto económico
Después de su derrota en 1626, Nzinga convirtió Matamba en su fortaleza y en su hogar político. Desde allí tejió alianzas, reorganizó comunidades y reforzó una economía que necesitaba respirar sin depender de los portugueses. Matamba se convirtió en un lugar donde el comercio —controlado por africanos— tenía sentido, donde el ejército se nutría de fugitivos liberados y donde la diplomacia servía para mantener a raya a vecinos y europeos.
Su estrategia tenía un pilar básico: resistir está bien, pero resistir sin alternativa económica es una condena. Así que mezcló guerra y comercio, disciplina militar y acuerdos comerciales, pragmatismo y simbolismo ritual. Una fórmula peculiar, pero eficaz.
Entre la leyenda, la historia y lo que molesta contar
A Nzinga se la ha llamado de todo: heroína anticolonial, traficante pragmática, feminista prematura, estratega brillante. La realidad es más compleja. Gobernó durante décadas, sobrevivió a guerras, revueltas y traiciones, jugó a dos manos con la religión —primero como herramienta diplomática, más tarde como símbolo de paz— y murió en 1663 a los ochenta y tantos años con Matamba aún en pie.

Tras su muerte, Portugal avanzó rápido. Sin su genio táctico y su autoridad personal, el interior del actual Angola fue cayendo bajo el dominio colonial. Para 1671, los viejos reinos de Ndongo y Matamba estaban absorbiéndose en esa Angola portuguesa que marcaría la historia de la región durante siglos.
Aun así, el nombre de Nzinga no se borró. Se convirtió en emblema de resistencia africana y de la lucha contra la opresión, una figura reivindicada tanto por historiadores como por movimientos sociales que buscan rescatar voces eclipsadas por la historia europea.
Un sistema atroz en el que todos jugaban, pero no todos mandaban
El comercio atlántico de esclavos no fue únicamente un crimen europeo: también creció sobre la base de conflictos africanos, rivalidades ancestrales y grupos locales que capturaban y vendían prisioneros. Pero el impulso final vino de un mercado externo gigantesco: el de las plantaciones americanas, donde el azúcar, el tabaco y la minería marcaron una demanda inhumana de mano de obra.
Nzinga conocía ese sistema por dentro y por fuera. Lo combatió dando refugio a quienes escapaban de sus cadenas, integrándolos en su ejército o en su economía. Con ese gesto, además de desafiar la lógica colonial, construyó una fuerza social nueva, cohesionada por la necesidad y la esperanza.
Nzinga, una reina que no cabe en los moldes
Su biografía es incómoda porque desmonta los relatos complacientes. Fue guerrera, diplomática, superviviente y líder. Utilizó símbolos, engañó cuando fue necesario, pactó con europeos cuando convenía y rechazó someterse cuando todos se lo exigían. Una figura que actuó con la dureza que su tiempo pedía, sin renunciar a dejar una huella que hoy sigue dando que hablar.
Fuentes consultadas
- UNESCO. (s.f.). La trata de esclavos y sus rutas. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000061123_spa
- Reyes Fernández Durán, J. (2011). La corona española y el tráfico de negros: del monopolio al libre comercio. Casa de América. https://www.casamerica.es/sociedad/la-corona-espanola-y-el-trafico-de-negros
- Universidad de Sevilla — Grupo Encrucijada. (s.f.). Asientos de negros (o esclavos). Universidad de Sevilla. https://grupo.us.es/encrucijada/asientos-de-negros-o-esclavos/
- Repositorio Universidad Pontificia Comillas. (2021). Apontamentos sobre Paulo Dias de Novais (Monumenta Missionaria Africana). Repositorio Comillas. https://repositorio.comillas.edu/jspui/bitstream/11531/62341/1/TFM001587.pdf
- Centro Virtual Cervantes. (s.f.). Nzinga Nbandi / Zinda Njinga, heroína del nacionalismo africano. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/nzinga-nbandi-zinda-njinga-heroina-del-nacionalismo-africano/html/325122fe-1dd2-11e2-b1fb-00163ebf5e63_2.html
- Gómez, C. J. (2019). Historiografía mínima de la ocupación holandesa de Luanda (1641–1648). Santiago de Cuba — Revista, DOAJ. https://doaj.org/article/4c8aee9f38ce4065a4ee82a62fe244f9
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






