Qué proclama realmente la Ley de Stigler (y por qué su creador se hizo a un lado)
La llamada Ley de Stigler sostiene, con un humor académico que roza el guiño cómplice, que ningún descubrimiento científico lleva el nombre de quien lo descubrió antes, sino el del personaje que lo extendió, lo ordenó o lo convirtió en referencia obligatoria. Stephen Stigler la formuló en 1980 como quien deja caer una verdad incómoda en medio de una sobremesa ilustrada. Su enunciado encerraba una crítica suave, casi resignada, a la historia de la ciencia: importa menos el gesto pionero que la habilidad para hacer que la idea llegue lejos.
En un alarde de ironía, Stigler añadió que aquel principio ya lo había expresado Robert K. Merton décadas antes. No sólo no se apropió del hallazgo, sino que lo empaquetó bajo su propio apellido mientras señalaba, con elegancia, que el mérito era ajeno. En sí mismo, ese acto fue la demostración más nítida de la ley que divulgaba.
Merton, la prioridad y el culto al prestigio
Robert K. Merton, sociólogo empeñado en desentrañar cómo funciona la ciencia por dentro, describió con detalle la arquitectura invisible del reconocimiento. Una mezcla de redes académicas, idiomas dominantes, instituciones poderosas y mecanismos simbólicos que determinan quién se lleva la ovación y quién queda relegado a nota al pie.
Merton popularizó también el célebre “efecto Mateo”: cuando un investigador ya es conocido, el aplauso público le cae con generosidad incluso en exceso. Su autoridad se convierte en una bola de nieve: cuanto más le citan, más autoridad parece tener, y cuanto más autoridad acumula, más probable es que le citen de nuevo. Este ciclo alimenta el fenómeno de los nombres mal asignados, una especie de economía del prestigio que la ciencia acepta con naturalidad aunque, en cuanto se mira de cerca, provoque una cierta incomodidad.
Cómo se pega un nombre a quien no levantó la primera piedra
Detrás del bautizo erróneo de muchos descubrimientos hay una maquinaria compleja de pequeñas decisiones, silencios y casualidades. Resumida sin dramatismos, puede explicarse en cuatro bloques:
- Difusión y pedagogía. Los manuales y las clases son fábricas de memoria colectiva. Si un profesor explica un concepto con un nombre determinado, ese nombre se queda pegado como una etiqueta industrial.
- Lengua y traducción. Un hallazgo publicado en un idioma minoritario puede pasar inadvertido. Cuando alguien lo “republica” en la lengua dominante, suele ser su firma la que se convierte en referencia.
- Redes e instituciones. Los laboratorios de prestigio y las universidades con recursos actúan como megáfonos. No pesa igual una idea surgida en un garaje intelectual que otra presentada con alfombra roja institucional.
- Los azares biográficos. Hay quien muere joven, quien no publica, quien es censurado o quien simplemente no encuentra tiempo para defender su mérito. Sobrevive la idea, sí, pero muchas veces bajo otro apellido.
Todo ello crea una dinámica casi automática: los nombres más visibles atraen más atención, y esa atención les convierte en autores “naturales” de cosas que quizá sólo ordenaron.
Ejemplos: pequeñas heterodoxias que la historia aceptó sin despeinarse
La historia de la ciencia está llena de etiquetas que no encajan del todo con el contenido. No porque alguien engañase deliberadamente, sino porque la memoria funciona a golpe de repetición. Algunos ejemplos ilustran el fenómeno:
- El teorema de Pitágoras. Mucho antes del célebre filósofo, en Mesopotamia ya se manejaban tablas que anticipaban la relación entre los lados del triángulo rectángulo. Pero la posteridad prefirió un nombre sonoro y bien empaquetado.
- El cálculo diferencial e integral. Newton y Leibniz figuran como padres de la criatura, y ciertamente hicieron aportaciones decisivas. Aun así, la historia del cálculo es menos lineal: había métodos germinales circulando por Europa y Asia antes de que ambos lo sistematizaran.
- La distribución de Gauss. La campana estadística se asocia a Gauss, aunque figuras como Abraham de Moivre y Pierre-Simon Laplace ya trabajaban con modelos similares antes de que el matemático alemán diera forma definitiva al relato.
Cada caso demuestra que la fama se adhiere al divulgador eficaz más que al pionero discreto.
La aparente excepción: descubrimientos múltiples
Pese al mito romántico del genio solitario iluminado por la musa científica, la historia está plagada de descubrimientos simultáneos. Darwin y Wallace concebían la selección natural casi al mismo tiempo; Cauchy coincidía con otros matemáticos en varios avances del análisis; y hay un largo etcétera.
Cuando el conocimiento circula con intensidad, varias mentes tropiezan con la misma idea, lo que complica enormemente adjudicar una paternidad lineal. La prioridad se convierte en una cuestión delicada, y la historia prefiere simplificarla buscando un único nombre, como si en la ciencia sobrase el espacio para dobles firmas.
Factores culturales y políticos que también mueven los hilos
La ciencia se presenta a menudo como un universo neutral y puramente racional. Pero basta rascar un poco para ver que:
- El nacionalismo científico influye: los países compiten, y cada uno procura vender al mundo a sus héroes.
- El género pesa. Muchas mujeres quedaron fuera de la foto, incluso cuando el hallazgo llevaba su letra. A veces se ocultaba su autoría; otras, ni siquiera se permitía que apareciera.
- Las patentes y la economía añaden otra capa: quien convierte una idea en producto deja su huella en la historia con una contundencia difícil de borrar.
La eponimia, al final, no es sólo un asunto académico; es un reflejo de la cultura que produce la ciencia.
El papel de las revistas: fabricar clásicos a golpe de visibilidad
Las grandes revistas científicas actúan como aduanas de prestigio. Publicar en ellas multiplica la influencia de un nombre. Las citas, los índices y los manuales escolares funcionan como maquinaria de canonización.
Hoy ese ecosistema está dominado por métricas, motores de búsqueda y algoritmos. Antes lo ocupaban las cartas y los congresos. Ha cambiado el escenario, pero no el mecanismo: quien aparece más veces, domina el relato.
¿Puede la era digital corregir estas asignaciones caprichosas?
Las herramientas digitales facilitan el acceso a textos olvidados, tesis no reeditadas o artículos sepultados en bibliotecas. Esto permite revisar y matizar historias que se daban por cerradas.
Sin embargo, la corrección no es instantánea. Para que se rectifique la autoría de un concepto hace falta que el nuevo relato cale: blogs, artículos, vídeos y manuales deben incorporar la versión revisada. La abundancia de información también complica el proceso, porque obliga a competir con explicaciones ya instauradas.
El coste real de poner etiquetas en sitios equivocados
Que un descubrimiento lleve un nombre ajeno no es una trivialidad anecdótica. Afecta al reparto de financiación, a los premios y a la construcción de reputaciones. Distorsiona la enseñanza, alimenta el culto al genio solitario y minimiza el carácter coral de muchas investigaciones.
La narrativa heroica es cómoda, pero empobrece el retrato de lo que es la ciencia: una actividad colectiva y llena de bifurcaciones.
¿Se corrigen estos errores hoy con mayor facilidad?
Las revisiones existen, y los historiadores de la ciencia llevan años afinando genealogías y atribuciones. Algunas revistas han rectificado casos flagrantes; otras prefieren dejar las cosas como están y añadir un pie de página.
El cambio más importante suele llegar desde la docencia: cuando un manual incorpora la historia completa, la percepción cambia. Pero es un proceso lento, porque las narrativas educativas son tenaces y se transmiten con la misma inercia con la que se conservan los viejos mitos.
Stigler y su gesto final: la ley que se cumplió a sí misma
La historia termina con un giro delicioso. Stigler formuló una ley sobre nombres mal asignados, pero reconoció abiertamente que otro —Merton— había llegado antes. Le puso, eso sí, su apellido al enunciado, como quien deja un recordatorio clave: la fama no es un asunto puramente lógico, y ni siquiera la ironía escapa a las convenciones académicas.
Ese gesto, mitad humor, mitad ética, es quizá la parte más reveladora del asunto.
Cómo evitar perpetuar estas pequeñas injusticias
Quien escribe, enseña o divulga puede hacer bastante más de lo que parece:
- Tirar del hilo histórico antes de dar un término por cerrado.
- Citar a quienes estuvieron primero, aunque no tengan nombre rimbombante.
- Explicar el recorrido de una idea, aunque sea en un párrafo lateral.
- Consultar fuentes variadas, incluyendo trabajos poco conocidos o publicados en otras lenguas.

Estas prácticas cuestan poco y ayudan a construir una historia de la ciencia más honesta.
Curiosidades y paradojas que dan para sobremesa
- Algunos nombres incorrectos se han arraigado tanto que corregirlos exige casi una reforma cultural.
- Incluso cuando se publica la autoría real, la versión popular puede resistirse durante generaciones.
- Hay casos de autores que prefirieron no reclamar su prioridad, por modestia o conveniencia, haciendo imposible cualquier ajuste posterior.
Cuando se observa en conjunto, la historia de la ciencia se parece menos a un desfile de titanes que a una conversación larga, reiterada y, en ocasiones, deliciosamente plagada de malentendidos.
Una lectura sin épica ni agravios
Aproximarse a la Ley de Stigler no invita a quitar méritos, sino a entender cómo funciona el crédito científico. Permite apreciar la contribución de quienes abren camino y también la de quienes ordenan, explican o difunden.
Recordar que la ciencia es una obra colectiva, y que su memoria está siempre en construcción, sirve para leerla con una mezcla de humor, perspectiva y un saludable toque de sospecha.
Vídeo:
Fuentes consultadas
- Culturacientífica. (2021, 18 de agosto). La ley de Stigler… o de Merton, ¿o quizás de Boyer? Culturacientífica. https://culturacientifica.com/2021/08/18/la-ley-de-stigler-o-de-merton-o-quizas-de-boyer/
- Rodríguez, J. J. (2009). El efecto Mateo: un concepto psicológico. Papeles del Psicólogo. https://www.papelesdelpsicologo.es/pdf/1703.pdf
- La Vanguardia. (2021, 9 de agosto). Los babilonios ya usaban el teorema de Pitágoras 1.000 años antes. La Vanguardia. https://www.lavanguardia.com/cultura/20210809/7652859/babilonia-teorema-pitagoras-1000-anos-anterior-arqueologia.html
- Martins, M. (s. f.). Orígenes del Cálculo Diferencial e Integral II. Universidad de Granada. https://www.ugr.es/~mmartins/material/Historia_parte_2.pdf
- Universidad de Granada. (s. f.). Tema 7 | Estadística — Distribución Normal. https://wpd.ugr.es/~bioestad/bioestadistica/tema-7/
- Cadena SER. (2025, 18 de julio). Así es como Mateo y Matilda están impidiendo el avance natural de la ciencia: «Siempre acaban ganando ellos». Cadena SER. https://cadenaser.com/nacional/2025/07/18/asi-es-como-mateo-y-matilda-estan-impidiendo-el-avance-natural-de-la-ciencia-siempre-acaban-ganando-ellos-cadena-ser/
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






