La expresión “remoto rincón del mundo” se usa con ligereza en muchas ocasiones, pero cuando se menciona Tromelin no hay exageración posible. Ese minúsculo islote del Índico, apenas un kilómetro cuadrado levantado en mitad del océano, se encuentra a más de cuatrocientos cincuenta kilómetros de cualquier presencia humana estable, envuelto en arrecifes traicioneros, desprovisto de ríos, árboles o un espacio de sombra mínimamente respetable.
Hoy la cartografía lo recoge como isla Tromelin. En el siglo XVIII se la llamaba Île des Sables, la Isla de la Arena, y no por excesos poéticos. Allí no había más que arena, algunos matorrales obstinados, tortugas que acudían a desovar y un puñado de aves. Y, durante quince años, un grupo de personas abandonadas no por accidente, sino por una suma de decisiones tan frías como rentables.
La historia de estos náufragos reúne lo peor del comercio esclavista del siglo XVIII con lo mejor de la tenacidad humana. Resulta incómoda porque no nació del azar, sino de una cadena de intereses, negligencias y cobardías que el tiempo no ha conseguido edulcorar. Por eso mismo reaparece con frecuencia, desde los debates ilustrados hasta las investigaciones y exposiciones actuales.
Una isla casi imaginaria: dónde está y por qué nadie debería vivir allí
Tromelin se sitúa en el Índico occidental, al nordeste de Madagascar y al este de la isla de Mauricio, flotando en una soledad oceánica que aún hoy impresiona. En la actualidad está administrada por Francia dentro del grupo de las Tierras Australes y Antárticas, un nombre pomposo para un puñado de territorios donde la vida humana es más un esfuerzo que una presencia.
El islote no es más que un montículo de arena elevado unos metros sobre el mar. El arrecife que lo rodea frena las olas, pero también convierte cualquier intento de aproximación en un desafío marítimo. No hay agua dulce, salvo la que puede recogerse en los escasos chubascos. No hay árboles que cortar ni piedra en abundancia. Aun así, decenas de personas lograron sobrevivir allí un número de años que hoy sigue pareciendo imposible.

Actualmente Tromelin aloja una estación meteorológica automática y un pequeño grupo técnico que llega en avioneta desde la isla de Reunión. También sirve como refugio para tortugas marinas y aves migratorias, un detalle ecológico que subraya, sin quererlo, el contraste con su pasado como escenario improvisado —y obligado— de supervivencia extrema.
L’Utile: un barco muy “útil” para el negocio más sucio del siglo XVIII
El 17 de noviembre de 1760 salió del puerto de Bayona el navío francés L’Utile, propiedad de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. Al mando viajaban unos ciento cuarenta hombres con una misión poco épica: abastecer la colonia francesa de Île de France, la actual Mauricio, y mantener en marcha el engranaje económico del momento.
Tras una escala en Pasajes, la nave puso rumbo a Madagascar para cargar víveres. Nada fuera de lo normal en las rutas coloniales. El matiz llegó cuando el capitán Jean de La Fargue decidió aprovechar la travesía para un negocio paralelo y mucho más lucrativo: adquirir esclavos malgaches de contrabando.
Aunque la esclavitud estaba regulada en el mundo francés y en teoría existían permisos y monopolios que controlar, en la práctica el beneficio mandaba. De ese modo, L’Utile embarcó en Foulpointe a alrededor de ciento cincuenta malgaches —hombres, mujeres y niños— hacinados en bodegas que no estaban diseñadas para transportar seres humanos.
El barco no era un navío esclavista. Era un mercante adaptado a la fuerza para un propósito clandestino, y la legalidad quedó relegada al último plano. El plan funcionaba, al menos hasta que la naturaleza y la mala cartografía decidieron intervenir.
El naufragio de 1761: mala carta, peor decisión
Para evitar controles, el capitán optó por una ruta menos transitada que, además, estaba pésimamente reflejada en las cartas náuticas de la época. Era finales de julio, pleno invierno austral, con mares agitados y noches oscuras. Algunos oficiales expresaron reservas, pero el mando decidió continuar sin modificar el rumbo.
La noche del 31 de julio de 1761, el navío avanzaba a toda vela por unas aguas que nadie conocía bien. Las dos cartas que llevaba a bordo no coincidían en la ubicación de la isla. El desenlace fue inmediato: el casco impactó contra el arrecife de la Île des Sables, se abrió por su base y el barco quedó atrapado.
El pánico se desató. Los malgaches encerrados en las bodegas apenas tuvieron oportunidad. Se estima que murieron unos setenta, junto con más de veinte marineros. Los supervivientes se agarraron a restos de madera y nadaron como pudieron hasta alcanzar la orilla.
En los días posteriores, los náufragos rescataron del barco barriles de agua, víveres, velas, madera, herramientas y piezas metálicas. Con ese pequeño tesoro construyeron un pozo, levantaron refugios precarios y mantuvieron encendido un fuego que, según los estudios arqueológicos, ardió durante años.
La tragedia no borró las jerarquías. La mayor parte de los suministros se reservó para los blancos. Los diarios de a bordo recogen con frialdad que “unos veinte negros murieron al no recibir agua”.
La balsa de los blancos y la promesa barata
El capitán, superado por la situación, dejó el mando en manos del primer oficial, Barthélemy Castellan du Vernet. Él decidió construir un barco aprovechando los restos del naufragio para abandonar la isla cuanto antes.
El tiempo exacto que requirió la obra no está claro. Algunas fuentes hablan de dos meses, otras de medio año. Lo que sí se sabe es que la tripulación trabajó con desesperación mientras los malgaches colaboraban movidos por la promesa de que regresarían a rescatarlos. Castellan redactó incluso un documento que reconocía su libertad, más simbólico que vinculante, pero suficiente para encender una chispa de esperanza.
La embarcación terminó recibiendo el irónico nombre de Providence. En ella embarcaron unos ciento veinte franceses. En la orilla quedaron entre sesenta y ochenta malgaches, con algo de agua, algunos alimentos, herramientas y una promesa que, vista con perspectiva, no valía ni el viento que la arrastró.
La Providence llegó sin dificultades a Île de France. Castellan informó del naufragio y del abandono de los esclavos. El gobernador, indignado por la operación clandestina, se negó a organizar un rescate. A ello se sumaron la Guerra de los Siete Años, el temor a un bloqueo británico y la excusa de no poder alimentar a más bocas.
Durante un breve periodo, la historia generó murmullos en los círculos ilustrados de París. Luego quedó sepultada entre conflictos, deudas y la mala memoria del poder. Mientras tanto, los malgaches seguían vivos, contra cualquier cálculo, en un islote donde nadie creía que fuese posible resistir más que unas semanas.
Quince años de ingenio malgache: sobrevivir en una isla de arena
Los supervivientes no iban a protagonizar una novela de aventuras románticas. Tenían sed, hambre y muy pocos recursos. Aun así, las excavaciones arqueológicas iniciadas a comienzos del siglo XXI han demostrado que organizaron un sistema de vida extraordinariamente ingenioso.
Excavaron un pozo de varios metros de profundidad para recoger agua filtrada y de lluvia. Hallaron o fabricaron recipientes que repararon una y otra vez. Recuperaron piezas de cobre y las reutilizaron hasta su límite.
Levantaron un horno comunal, donde cocinaban y probablemente trabajaban el metal. Su dieta se basaba en aves, tortugas y marisco recogido en el arrecife. Era monótona, pero suficiente para mantener con vida a una pequeña comunidad.
Lo más sorprendente fueron las viviendas construidas con piedra coralina y arena compactada. En la tradición malgache, la piedra se reservaba para los muertos, de modo que levantar casas con ese material implicaba una ruptura cultural profunda. Pero la necesidad se impuso a cualquier tabú.
No todos aceptaron quedarse eternamente en Tromelin. Varias balsas improvisadas buscaron el mar abierto. Un grupo de dieciocho personas se lanzó hacia Madagascar. Nunca se supo más de ellos. Otros intentaron flotar sobre maderos, apostando su destino a las corrientes.
El núcleo que permaneció en la isla mantuvo encendido un fuego central durante años. Era su señal, su cocina y su punto de reunión. En 1773 un barco vio la columna de humo, pero no pudo desembarcar. A las autoridades, de nuevo, no les faltaron excusas para aplazar cualquier iniciativa.
Intentos fallidos y un náufrago añadido a la colección
Algún tiempo después, otro navío, La Sauterelle, logró acercarse lo suficiente como para enviar un bote con un marinero. El bote se destrozó contra las olas y el marinero quedó atrapado con los malgaches. Tromelin añadía así un náufrago involuntario a su pequeña comunidad.
El recién llegado aportó conocimientos decisivos. Junto a los supervivientes construyó una nueva balsa. En 1776 él, tres hombres y tres mujeres se lanzaron al océano y, contra todo pronóstico, alcanzaron Mauricio. Su llegada confirmó que aún quedaban vivos en la isla los olvidados de 1761.
Solo entonces las autoridades organizaron una misión de rescate. No por un arrebato altruista, sino porque el escándalo empezaba a resultar incómodo. La presión moral y la necesidad política empujaron a enviar un buque de guerra para poner fin a un asunto ya insostenible.
El rescate de 1776: La Dauphine y catorce supervivientes
La corbeta La Dauphine, capitaneada por Bernard Boudin de Tromelin, logró acercarse al islote la noche del 29 de noviembre de 1776. Llevaba una piragua ligera, diseñada para sortear los arrecifes que habían frustrado todas las tentativas anteriores.
Al desembarcar encontraron a catorce personas: la mayoría mujeres, además de un niño pequeño y un bebé de ocho meses. Quince años de resistencia en un lugar que muchos europeos consideraban inhabitable sin ayuda. Llevaban ropajes y adornos elaborados con fibras vegetales y plumas, y habían logrado mantener relaciones familiares y cierta organización interna pese a haber perdido nombres y lengua.
En homenaje al oficial del rescate, la isla adoptó el nombre de Tromelin. Era un gesto simbólico que no ocultaba la evidencia: Francia rescataba solo a quienes habían logrado sobrevivir, después de haber permitido la muerte lenta del resto.
Los náufragos fueron declarados libres por el gobernador Jacques Maillart, que reconoció que nunca debieron ser esclavizados. Se les ofreció regresar a Madagascar, pero declinaron. Quizá su lugar de origen les parecía ya tan ajeno como la propia Francia.
Maillart adoptó al bebé, al que llamó Jacques Moyse, y renombró a la madre como Eva y a la abuela como Dauphine. Las acogió en su casa, donde vivieron hasta su muerte, convertidas en una familia simbólica que permitía a las autoridades presentarse como compasivas tras años de abandono deliberado.
De escándalo ilustrado a caso de estudio
La historia de Tromelin no desapareció del todo. En 1781, Condorcet la incluyó como ejemplo extremo de la crueldad de la trata en sus reflexiones contra la esclavitud. El mensaje era claro: cuando el beneficio gobierna, la vida humana pierde valor.
Con el tiempo, sin embargo, la historia quedó relegada a los márgenes. Solo a finales del siglo XX resurgió gracias a investigaciones arqueológicas, museos y creadores que rescataron del olvido a quienes habían sido olvidados dos veces.
Las excavaciones dirigidas por especialistas permitieron reconstruir la vida cotidiana de los náufragos a partir de restos de viviendas, útiles metálicos, huesos de animales y sedimentos. Ese trabajo dio pie a una exposición que recorrió centros culturales de Francia y también llegó a España, mostrando sin adornos un capítulo incómodo del pasado europeo.
La historia inspiró incluso una novela gráfica que combinaba documentación y reconstrucción narrativa para devolver humanidad a los protagonistas.
Tromelin hoy: arena, tortugas y memoria incómoda
En la actualidad Tromelin sigue siendo un punto diminuto en los mapas del tiempo y un santuario natural para tortugas y aves. Francia continúa administrándola, no sin disputas diplomáticas con Mauricio, que reclama su soberanía.
No hay hoteles ni visitas guiadas. Solo estudios científicos, paneles museísticos y publicaciones que intentan explicar cómo pudo sobrevivir allí una comunidad condenada de antemano y por qué ese episodio sigue siendo pertinente cuando se habla de esclavitud, racismo y responsabilidades históricas.
Las campañas arqueológicas han revelado muros, herramientas y objetos que permiten imaginar vidas completas donde antes solo había números. Clavos reutilizados mil veces, ollas remendadas y piedras colocadas con precisión hablan de la lucha por convertir un desierto marino en algo parecido a un hogar.
Al mismo tiempo, Tromelin recuerda de forma contundente que la esclavitud fue, ante todo, un negocio. Los esclavos se abandonaron porque rescatarles resultaba costoso y políticamente incómodo. A su regreso, los pocos supervivientes se convirtieron en símbolos útiles, pero esa transformación no cambió la aritmética moral inicial.
La mezcla de soledad oceánica, restos materiales y silencios documentales dota a la historia de Tromelin de un tono casi de fábula cruel, donde los despachos distantes decidían destinos y un pequeño grupo de seres humanos resistía obstinadamente a morir sobre la arena.
Vídeo: “Esclavos abandonados 15 años en Isla Desierta | Tromelin”
Fuentes consultadas
- Romero, N. G. (2023, 23 agosto). La historia de los esclavos de Tromelin. Afroféminas. https://afrofeminas.com/2022/02/10/la-historia-de-los-esclavos-de-tromelin/
- Moreno, D. (2020, 10 abril). Tromelin: la isla de los esclavos olvidados. Blog de Davinia Moreno. https://daviniamoreno.com/tromelin-los-esclavos-olvidados/
- González, D. (2014, 14 abril). Los esclavos olvidados de Tromelin. Fronteras. https://fronterasblog.com/2014/04/14/los-esclavos-olvidados-de-tromelin/
- Muñiz, F. (2025, 13 noviembre). Henry «Box» Brown: el hombre que se envió a sí mismo por correo para escapar de la esclavitud. El Café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/henry-box-brown-historia/
- Euskal Itsas Museoa. (2022). Tromelin. La isla de los esclavos olvidados. Euskal Itsas Museoa. https://itsasmuseoa.eus/exposiciones/exposiciones-actuales/tromelin-la-isla-de-los-esclavos/
- Musée d’Histoire de Nantes. (2015). Tromelin. L’île des esclaves oubliés. Musée d’Histoire de Nantes. https://www.chateaunantes.fr/es/evenements/tromelin/

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.
Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.






