A las 18:51 del 16 de diciembre de 1997, medio Japón estaba repitiendo el mismo ritual doméstico: cena rápida, deberes olvidados en un rincón y la televisión encendida para recibir su dosis diaria de Pikachu. Siete minutos después, el panorama había cambiado por completo: ambulancias, urgencias saturadas y un país preguntándose cómo unos dibujos animados habían conseguido provocar un pequeño caos sanitario.
El episodio se titulaba Dennō Senshi Porygon —“Soldado eléctrico Porygon”— y era el trigésimo octavo capítulo de la primera temporada de Pokémon. Se emitió una sola vez. Desde entonces, ningún canal del mundo ha vuelto a atreverse a ponerlo en parrilla. No por falta de curiosidad, sino por simple prudencia.
Lo que la prensa bautizó con entusiasmo como Pokémon Shock convirtió un producto infantil aparentemente inocente en una cuestión de Estado. Políticos, médicos, expertos en neurología y hasta funcionarios de perfil gris tuvieron que improvisar una opinión sobre la materia, mientras la industria audiovisual tomaba apuntes apresurados. Y todo por cuatro segundos mal contados de luces intermitentes.
De un fallo técnico a un fallo neurológico
El argumento del capítulo, visto con distancia y sin efectos secundarios, no tenía mayor misterio dentro del universo Pokémon. Ash, Misty, Brock y Pikachu se encuentran con un error en el sistema que permite transferir las Poké Balls entre Centros Pokémon. La enfermera Joy los remite al Profesor Akihabara, que decide enviarlos al interior mismo del sistema digital para reparar el desaguisado.
En esa especie de universo cibernético aparece Porygon, un Pokémon poligonal con estética de los primeros años de la informática doméstica. La visita no tarda en tropezar con el habitual sabotaje del Team Rocket y estalla la acción de rigor: persecuciones, explicaciones pseudocientíficas y los gags clásicos de la serie.
El problema llega cuando la enfermera activa un programa antivirus sin saber que el grupo está dentro del sistema. Los misiles generados por ese antivirus persiguen a los protagonistas. Porygon los salva, Pikachu contraataca y, entonces, ocurre lo impensado: la pantalla se llena de destellos rojo y azul parpadeando a gran velocidad.
Esa secuencia, que dura apenas unos segundos, supone el momento en que la fantasía animada traspasa una frontera inesperada. Los análisis posteriores confirman lo evidente: la frecuencia del parpadeo, la intensidad del color y el brillo a pantalla completa estimularon de manera peligrosa los cerebros de cientos de espectadores jóvenes. Para la mayoría fue solo una molestia, pero para muchos otros, un detonante neurológico.
685 ambulancias y un país desconcertado
Los primeros signos de alarma surgieron en los hogares. Niños que veían borroso, que se mareaban, que vomitaban o que directamente se desplomaban. Algunos sufrieron convulsiones. Otros perdieron el conocimiento. Sus padres, que quizá pensaban que el mayor riesgo de un maratón de dibujos era acabar con gafas, llamaron a emergencias sin entender lo que estaba pasando.

Las autoridades contabilizaron 685 menores trasladados en ambulancia a distintos hospitales. De ellos, más de 150 quedaron ingresados y dos pasaron más de dos semanas hospitalizados. Y esa cifra no refleja a todos los que sufrieron síntomas. Las estimaciones apuntan a cerca de 12.000 niños con malestar leve —mareos, dolores de cabeza, náuseas— que no llegaron a pisar urgencias.
Como si la situación no fuera lo bastante absurda, varios informativos ilustraron la noticia repitiendo la escena responsable del desastre. Resultado: espectadores que, al ver el telediario, volvieron a sufrir síntomas. La televisión explicando una emergencia televisiva con imágenes que provocaban una emergencia televisiva: Japón llegó a contemplar ese pequeño círculo vicioso con una mezcla de perplejidad y resignación.
Epilepsia fotosensitiva: el cerebro y las luces que no perdona
El incidente puso en boca del público un término hasta entonces casi reservado a especialistas: epilepsia fotosensitiva. Esta forma de epilepsia aparece en personas cuyo cerebro reacciona de manera anómala a luces intermitentes rápidas, destellos intensos o patrones visuales con contrastes muy marcados. Para unas pocas, ver una secuencia de esas características puede desencadenar una crisis epiléptica.
Los estudios ya apuntaban a que entre el 0,5 y el 0,8 por ciento de los niños de entre cinco y trece años muestran algún grado de sensibilidad a estos estímulos. En la población general la cifra se reduce drásticamente, pero aun así existe un pequeño porcentaje susceptible.
El capítulo de Porygon reunió, sin quererlo, todos los ingredientes del desastre:
- Destellos muy intensos que ocupaban toda la pantalla.
- Frecuencia altísima de cambio entre colores llamativos.
- Millones de espectadores a la vez.
- Una audiencia con un porcentaje significativo de menores.
La escena actuó como una prueba masiva no planificada, y los neurólogos aprovecharon esa inusual coincidencia. Meses después ya había literatura científica que analizaba a los pacientes y trataba de determinar qué había sucedido exactamente. Con el paso del tiempo se comprobó que la inmensa mayoría de los afectados no volvió a sufrir crisis. En un tanto por ciento reducido ya existía predisposición previa. En otros, todo apuntaba a un episodio aislado provocado por unas condiciones muy peculiares.
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¿Crisis sanitaria o contagio psicológico?
Donde hay grandes cifras y niños hospitalizados, la sociología nunca llega tarde. Con la investigación sobre la mesa, varios especialistas empezaron a sugerir que quizá no todo se debía a la epilepsia. La avalancha informativa, la preocupación generalizada y el relato repetido del “capítulo peligroso” habrían actuado como catalizador para un fenómeno de contagio emocional.
Algunos estudios hablaron de un episodio mixto: crisis epilépticas reales en parte de los niños y un brote de malestar psicógeno en otros muchos que, al ver las noticias o escuchar la alarma de sus familias, desarrollaron síntomas genuinos pero no necesariamente relacionados con la epilepsia. El cerebro, además de complejo, es impresionable.
TV Tokyo, Nintendo y el baile del perdón
La respuesta institucional fue tan veloz como contundente. Aquella misma noche, los informativos abrieron con la noticia. Al día siguiente, la cadena ofreció disculpas públicas, suspendió la emisión de Pokémon y anunció una investigación interna. El episodio quedó clausurado para siempre.
La serie se pausó durante cuatro meses. Cuando volvió, lo hizo con advertencias, con destellos atenuados y con una nueva sensibilidad hacia la seguridad visual. El capítulo de Porygon quedó relegado a un limbo: sin reposiciones, sin versión editada, sin lanzamientos en vídeo.
Nintendo, aunque no tuvo responsabilidad directa, también quedó atrapada en la marejada mediática. Las viejas sospechas sobre la relación entre videojuegos y epilepsia reaparecieron, y la asociación mental “Nintendo – crisis epilépticas – niños” resurgió en algunos titulares. La compañía recordó que sus juegos incluían advertencias. Otros actores de la industria hicieron autocrítica. En conjunto, todo el sector tomó nota a marchas forzadas.
Normas nuevas para un problema inesperado
El Gobierno japonés encargó estudios y redactó nuevas recomendaciones sobre efectos luminosos en animación y televisión. Entre ellas figuraban:
- Limitar la cantidad de destellos por segundo.
- Evitar que los cambios violentos de color ocupen toda la pantalla.
- Reducir el contraste en escenas de acción rápida.
- Garantizar transiciones más suaves entre efectos visuales.
Estas pautas cruzaron fronteras. Próximos a la entrada del nuevo siglo, cadenas, productoras y compañías de videojuegos de otros países revisaron sus normas. El aviso de “contiene luces parpadeantes” se volvió habitual.
En Japón, además, se modificó la forma de animar escenas de riesgo. Se incorporaron técnicas como el desenfoque o el oscurecimiento temporal de explosiones. Algunos espectadores se quejaron de que ciertos animes parecían más apagados, pero lo que había detrás era simple prevención.
Porygon, inocente en el banquillo equivocado
Un detalle curioso del caso es el reparto de culpas. Los destellos responsables se originaban en un ataque de Pikachu contra los misiles del antivirus. Sin embargo, la criatura que quedó estigmatizada fue Porygon. A raíz del incidente, no volvió a aparecer en la serie de animación. Pikachu, por su parte, siguió su carrera imparable como icono mundial.
Los seguidores de la franquicia nunca han dejado pasar esta ironía. Durante años han repetido que “Porygon no hizo nada malo”. Incluso la cuenta oficial de Pokémon llegó a insinuarlo una vez, aunque retiró el comentario poco después. Curioso o no, la invisibilidad de Porygon afecta solo al anime: en videojuegos, juguetes y demás productos, el personaje sigue viviendo una existencia tranquila.
De suceso sanitario a mito cultural
El caso no tardó en convertirse en material de parodia. Series occidentales hicieron burla del episodio, caricaturizando la idea de unos dibujos que tumban a medio país. En producciones para adultos aparecieron escenas que jugaban con la misma estética de destellos, esta vez con intención humorística.
En el entorno de los videojuegos, aficionados han recreado la secuencia en proyectos caseros, siempre con un punto de irreverencia. Y la escena original, filtrada una y otra vez, circula por la red acompañada de advertencias para los susceptibles a estos estímulos.
El capítulo también ha pasado a las listas de récords televisivos, ocupando el puesto de “programa que más crisis epilépticas provocó”, un dudoso honor que nadie parece tener interés en arrebatarle.
Un capítulo que resiste al paso del tiempo
Más de dos décadas después, el asunto sigue siendo objeto de reportajes. El episodio se estudia como ejemplo de cómo convergen la cultura popular, la salud pública, la regulación televisiva y las reacciones sociales extremas.
Los testimonios recopilados con los años recuerdan a niños que cayeron redondos en mitad del salón, a padres que pensaron en intoxicaciones desconocidas y a médicos sorprendidos por un aluvión de casos idénticos.
Para el sector audiovisual, marcó un antes y un después. La luz, el color y el ritmo se convirtieron en elementos a vigilar. Para el espectador medio, es ese misterioso capítulo prohibido del que todo el mundo habla pero casi nadie ha visto entero. Y para Porygon, paradójicamente, una fama que deriva más de lo que no puede emitirse que de sus propios méritos como criatura digital.
Todo por una secuencia fugaz en la que rojo y azul decidieron ir más rápido de la cuenta ante millones de ojos.
Vídeo: “EL PORYGON QUE PROVOCÓ ATAQUES DE EPILEPSIA EN JAPÓN | CAPÍTULOS CENSURADOS DE POKÉMON”
Fuentes consultadas
- Wikipedia. (s. f.). Dennō Senshi Porygon. Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Denn%C5%8D_Senshi_Porygon
- Nota de Prensa. (2022, 21 diciembre). Cómo un episodio de «Pokémon» mandó al hospital a 685 niños. Aquí Medios de Comunicación. https://aquimediosdecomunicacion.com/2022/12/21/como-un-episodio-de-pokemon-mando-al-hospital-a-685-ninos/
- Redacción Médica. (2016, 20 diciembre). ¿Qué indujo crisis epiléptica a 700 niños al ver un capítulo de Pokémon?. Redacción Médica. https://www.redaccionmedica.com/secciones/neurologia/-que-indujo-crisis-epileptica-a-700-ninos-al-ver-un-capitulo-de-pokemon–3345
- Muñiz, F. (2025). Ghostwatch: el falso documental de la BBC (1992). El Café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/ghostwatch-resumen-bbc-1992/
- Radford, B., & Bartholomew, R. (2001). Pokemon contagion: Photosensitive epilepsy or mass psychogenic illness? Southern Medical Journal, 94(2), 197–204. https://scq.ubc.ca/papers/PokemonSeizures.pdf
- Ishiguro, Y., Takada, H., Watanabe, K., Okumura, A., Aso, K., & Ishikawa, T. (2004). A follow-up survey on seizures induced by animated cartoon TV program “Pocket Monster”. Epilepsia, 45(4), 377–383. https://doi.org/10.1111/j.0013-9580.2004.18903.x
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