Dos vidas paralelas y un nombre prestado
La historia arranca con esa habilidad tan humana —y nada inocente— de reinventarse cuando la realidad aprieta. Clarence King, geólogo célebre por sus exploraciones en el Oeste y primer director del Servicio Geológico de Estados Unidos, gozaba de una vida pública tan reconocible como impecable. Sin embargo, mientras su reputación crecía entre mapas, montañas y congresos científicos, él mismo se construía una biografía alternativa lejos de los focos.
Entre 1887 y 1888 conoció a Ada Copeland, una joven afroamericana que había dejado atrás la esclavitud en Georgia para ganarse la vida como niñera en Nueva York. Para casarse con ella —o para mantener el equilibrio precario entre deseo y prejuicios sociales— King apareció en su puerta bajo un alias cuidadosamente elegido: James Todd, trabajador ferroviario “de color” empleado por la compañía Pullman. Con ese nombre, y con piel lo suficientemente clara para pasar por un hombre birracial, dio comienzo a una existencia dual que duraría trece años. En público seguía siendo Clarence King; en casa, marido y padre bajo el nombre de James Todd.
La paradoja tiene una explicación incómoda: en la posguerra estadounidense, un matrimonio entre un hombre blanco y una mujer negra seguía siendo tabú, cuando no directamente ilegal. King tomó el camino inverso al habitual: no fue un afroamericano haciéndose pasar por blanco, sino un blanco que asumió una identidad negra para poder vivir una relación que la sociedad de su tiempo condenaba. El disfraz incluía un origen caribeño inventado, viajes “laborales” estratégicamente oportunos y una narrativa doméstica tan minuciosa que sólo podía sostenerse con férrea disciplina.
Ada Copeland: una vida entre silencios y esperanzas
Ada Copeland —en los registros posteriores, Ada Copeland King— apareció en el mundo en torno a 1860, en una Georgia marcada por la esclavitud y la ausencia de certezas. Con el fin de la guerra civil y el incierto camino hacia la libertad, emigró al norte y encontró trabajo como niñera. Fue allí, en un entorno de rutina laboral y aspiraciones modestas, donde conoció a quien creía que era James Todd.
Para Ada, la figura de un marido con un empleo estable en el ferrocarril, capaz de sostener un hogar e incluso pagar ayuda doméstica, representaba un salto social inesperado. Su confianza en Todd encontraba un terreno fértil: la historia encajaba, la actitud era correcta, y la estabilidad, una tentación dulce para alguien que conocía el peso de la inseguridad.
La reconstrucción de esta historia presenta lagunas inevitables. King destruyó muchas de las cartas que se intercambiaron, y pidió a Ada que hiciera lo mismo. Por eso, gran parte de lo que se sabe hoy procede de documentos públicos, testimonios indirectos y los esfuerzos de historiadores que han tenido que leer entre líneas. La voz de Ada, tan decisiva como ausente, obliga a formular preguntas difíciles: ¿fue engañada de principio a fin, o hubo momentos en los que intuyó la verdad y decidió continuar? Los indicios apuntan a que King mantuvo su identidad en secreto hasta muy cerca de su muerte.
Una familia entre dos realidades
El matrimonio celebrado en 1888 trajo consigo una familia numerosa: cinco hijos, cuatro de los cuales alcanzaron la edad adulta. Con la casa en Brooklyn, un entorno cómodo y cierta prosperidad aparente, la vida doméstica se convirtió en un escenario que requería continuidad y mucha memoria. Cuando estaba allí, King interpretaba su papel de James Todd; cuando partía a supervisar mapas, montañas y estudios geológicos, recuperaba su identidad real.
Sostener esa doble vida exigía algo más que talento interpretativo. Hubo amigos cercanos que conocían piezas del rompecabezas y que, por lealtad o por contención del escándalo, lo ayudaron económicamente. Entre ellos, John Gardiner y el influyente John Hay, figuras que orbitaban por la élite política y científica de su época.
La familia, sin saberlo, habitaba una frontera movediza entre categorías raciales. Las dos hijas mayores llegarían a casarse con hombres blancos sin mayores sobresaltos, mientras que los hijos varones, al alistarse para la Primera Guerra Mundial, fueron registrados como “negros” en las listas del ejército. Su vida transcurría entre dos identidades impuestas por el contexto, no por elección propia. Y eso, más que un detalle anecdótico, muestra hasta qué punto la raza en Estados Unidos era un concepto maleable en los papeles, pero rígido en la vida real.
La confesión final y la tormenta que vino después
El cierre de la historia tiene algo de tragedia griega. En 1901, ya enfermo en Arizona y consciente de que le quedaba poco tiempo, Clarence King escribió una carta dirigida a Ada. En ella le confesaba que James Todd nunca había existido y que había sido siempre Clarence King. También le prometía que había dejado dinero preparado para que ella y sus hijos vivieran sin dificultades, y le pedía que cambiara los apellidos de los niños.
La revelación, abrupta y cruel, dejó a Ada ante un abismo emocional y legal. Años más tarde inició un largo proceso para reclamar el dinero que King había asegurado haber dejado a su nombre. El litigio se prolongó durante décadas, entre promesas incumplidas, legados confusos y herederos que se pasaban la responsabilidad unos a otros. La historia terminó por transformarse en un caso público, de esos que exponen desigualdades, silencios y compromisos rotos.

Durante un tiempo, Ada recibió pagos enviados por intermediarios que ocultaban la identidad del benefactor. Con el paso de los años se supo que estos fondos provenían de amigos de King, especialmente de la familia de John Hay. Cuando los pagos cesaron, Ada llevó el asunto a los tribunales, ya entrada la década de 1930, sosteniendo que la promesa económica había sido vulnerada. Aquellos juicios se convirtieron en uno de los últimos capítulos de una vida marcada por una mezcla de afecto real y engaño monumental.
Lecturas posibles: engaños, desigualdades y el extraño juego de las identidades
La historia de Clarence King y Ada Copeland admite interpretaciones tan diversas como incómodas. No se reduce a un romance clandestino; es un espejo donde se reflejan la jerarquía racial, la desigualdad de género y los privilegios de clase de la época. King, educado, blanco y bien posicionado, jugó con una libertad que Ada nunca tuvo a su alcance. Él podía cambiar de nombre, de ropa y de círculo social; ella, en cambio, estaba atrapada en las limitaciones que la sociedad imponía a una mujer negra en la América de entonces.
Aunque las cartas que han sobrevivido muestran un cariño genuino, eso no borra la asimetría fundamental: la ternura no anulaba la mentira, ni la mentira perdonaba el abuso de confianza. Para Ada, la vida con James Todd era un hogar; para King, una identidad paralela que usar mientras le resultara posible.
Desde la perspectiva de género, la historia evidencia cómo las mujeres eran situadas en pactos tácitos establecidos por hombres que decidían por ellas. En el caso de Ada, la presión de la época la empujó a creer lo que su marido le contaba y a construir su vida sobre esas certezas prestadas.
Las huellas que quedaron: nombres, lugares y papeles dispersos
La memoria pública recuerda a Clarence King como explorador, científico y figura destacada de su tiempo. Su nombre bautiza montañas, lagos y estudios geológicos. Sin embargo, su legado privado —las vidas que moldeó y los silencios que dejó atrás— es igual de significativo.
Ada vivió hasta 1964, lo que le permitió ver cómo cambiaba Estados Unidos durante buena parte del siglo XX. Pero la resolución definitiva de sus reclamaciones nunca fue sencilla. La reconstrucción de este capítulo íntimo de la historia depende de archivos dispersos: algunas cartas sueltas, registros oficiales y las investigaciones de historiadores como Martha A. Sandweiss, cuyo trabajo ha permitido dibujar una imagen más completa y, a la vez, más trágica de ambos protagonistas.
La fragilidad documental —papeles destruidos, testimonios que nunca se recogieron— obliga a trabajar con pincel fino. Lo que no está en los archivos no desaparece de la experiencia de quienes lo vivieron, simplemente se vuelve más difícil de narrar.
Algunos apuntes curiosos
- El caso de King constituye un raro ejemplo de «passing» invertido: un blanco que se hace pasar por negro, desafiando las líneas raciales para vivir un amor prohibido.
- Las hijas del matrimonio, integradas en matrimonios con hombres blancos, revelan cómo las fronteras sociales de la raza podían difuminarse según el contexto.
- La ayuda económica que Ada creyó provenir de su difunto marido fue gestionada por amigos de King, más preocupados por proteger su reputación que por garantizarle un futuro a ella.
Vídeo:
Fuentes consultadas
- Sandweiss, M. A. (2009). Passing Strange: A Gilded Age Tale of Love and Deception Across the Color Line. Penguin Press. https://www.penguinrandomhouse.com/books/296953/passing-strange-by-martha-a-sandweiss/
- The New Yorker. (2009, 1 de marzo). Passing Strange. The New Yorker. https://www.newyorker.com/magazine/2009/03/09/passing-strange
- Perry, W. (s. f.). Clarence King: Man of Maps, Mines, and Mystery. National Portrait Gallery, Smithsonian Institution. https://npg.si.edu/blog/clarence-king-man-maps-mines-and-mystery
- Princeton University. (2009, 5 de febrero). Passing Strange: A Gilded Age Tale of Love and Deception Across the Color Line. https://history.princeton.edu/about/publications/passing-strange-gilded-age-tale-love-and-deception-across-color-line
- Página/12. (2010, 6 de abril). Contratapa: El hombre blanco y negro. https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-143323-2010-04-06.html
- North Country Public Radio (NPR). (2010, 18 de agosto). American Lives: The ‘Strange’ Tale Of Clarence King. https://www.northcountrypublicradio.org/news/npr/129250977/www.craigardan.org
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






