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La noche en que Vigo estuvo a punto de ahogar a los Reyes Magos

Un Rey Mago saluda desde una carroza iluminada durante una cabalgata nocturna, con el público en primer plano

La tarde del 5 de enero de 1987, Vigo quiso recibir a los Reyes Magos como ninguna otra ciudad: llegarían por el aire, en un globo aerostático remolcado sobre la ría desde Bouzas hasta el Náutico. Hacía demasiado viento, pero se siguió adelante. La cesta tocó el agua tres veces, la última con el agua por el pecho, mientras en el paseo los niños gritaban «¡Los Reyes han muerto!». No murió nadie, pero en Vigo todavía la llaman la peor cabalgata de su historia.

Vigo en los años ochenta: ganas de sorprender y poco miedo al riesgo

Para entender el episodio conviene situarse en el Vigo de mediados de los ochenta. Una ciudad industrial, curtida en astilleros y humo, atravesada por una efervescencia cultural que mezclaba música, teatro, experimentación y una saludable dosis de osadía. El Ayuntamiento del alcalde Manuel Soto buscaba dejar huella, demostrar que Vigo podía hacer las cosas a lo grande y, si era posible, mejor que nadie.

Las cabalgatas de Reyes ya eran entonces un ritual consolidado en toda España. Música, caramelos duros, niños enfundados en bufandas eternas y un calendario muy claro: el 5 de enero para soñar, el 6 para comprobar si Sus Majestades habían tomado buena nota. En Vigo, además, existía una pulsión competitiva difícil de disimular. Aquí lo normal nunca ha sido suficiente. Todo debía ser más vistoso, más sonoro, más comentado.

En ese contexto surgió la idea que parecía brillante en una reunión y bastante menos sensata al aire libre: los Reyes Magos llegarían a Vigo en globo aerostático, sobre la ría, al atardecer. Eso de mezclar globos y ocurrencias municipales, por cierto, rara vez sale bien: apenas unos meses antes, en Cleveland, soltaron un millón y medio de globos para batir un récord y acabaron con el aeropuerto cerrado.

La imagen prometía ser espectacular.

Y lo fue, aunque no exactamente como se había imaginado.

Un reparto que hoy parece ficción

La elección de los Reyes y sus pajes fue casi un ejercicio de orgullo local. Nada de figurantes anónimos ni barbas improvisadas. Se apostó por caras conocidas del ámbito cultural gallego y por una sorpresa deportiva. Manuel Manquiña encarnó a Melchor; Xosé Lois asumió el papel de Gaspar; Antonio Durán “Morris” dio vida a Baltasar. A su alrededor, Alberto Comesaña, Alfonso Agra y el entonces portero del Celta, Javier Maté, completaban el séquito.

Montaje con Morris y Manuel Manquiña a ambos lados de un globo aerostático
Morris y Manquiña

Era una cabalgata de famosos locales, y la idea tenía su encanto: se buscaba cercanía y un punto de espectáculo que conectara con la ciudad.

Alberto Comesaña, cantante de Amistades Peligrosas y paje de la cabalgata de 1987
Alberto Comesaña, en su época Amistades Peligrosas

Días antes de la gran noche, los Reyes recorrieron hospitales repartiendo caramelos y comentarios poco solemnes, en un tono que ya anticipaba que aquello no iba a ser una ceremonia especialmente ortodoxa.

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El plan técnico: postal perfecta sobre el papel

El diseño del evento parecía sencillo. El globo despegaría desde Bouzas con los Reyes a bordo. Un remolcador, el Remolcanosa 5, lo guiaría mediante un cable hasta el Náutico. Allí, miles de personas esperarían la llegada celestial. El sol cayendo tras las islas, el globo descendiendo lentamente y la ciudad conteniendo la respiración.

Recreación de los tres Reyes Magos en la cesta de un globo sobre la ría, remolcados por un barco
Recreación (imagen generada con IA)

Sobre el papel, la escena era impecable. El problema apareció en forma de viento. El piloto del globo, con experiencia suficiente para saber de qué hablaba, advirtió que las condiciones meteorológicas eran malas. El viento soplaba con fuerza y el control del globo sería complicado. La opción sensata era cancelar.

Pero cancelar significaba admitir un fracaso antes de empezar. Todo estaba preparado, el público avisado, las carrozas listas. Y en ese encontronazo entre prudencia técnica y presión política ganó la segunda. Se decidió seguir adelante.

El vuelo que duró lo justo para tranquilizar a todos

El globo despegó finalmente con Reyes y pajes enfundados en trajes pesados, capas poco amigas del agua y coronas más decorativas que prácticas. En tierra, miles de familias observaban el avance con expectación. Durante unos instantes, pareció que el plan funcionaba. El globo avanzaba, el cable se mantenía tenso y la ciudad respiraba aliviada.

Ese alivio duró poco. Las rachas de viento aumentaron, la trayectoria dejó de ser predecible y el remolcador avanzaba a una velocidad difícil de coordinar. La cesta empezó a perder altura hasta situarse peligrosamente cerca de la superficie del agua.

Tres inmersiones y el humor convertido en nervios

La primera vez que la cesta tocó el agua, el líquido llegó a los tobillos. Hubo gritos, alguna risa nerviosa y la esperanza de que todo quedara en una anécdota. La segunda inmersión fue menos amable: el agua alcanzó la cintura y las sonrisas desaparecieron. La tercera fue la definitiva: el nivel subió hasta el pecho y la situación dejó de ser pintoresca para ser, directamente, peligrosa. Para encontrar algo parecido hay que irse a California, donde un camionero se subió a una silla atada a globos de helio y acabó a cinco kilómetros de altura.

El piloto, Alfonso Lubián, consiguió mantener la lona casi pegada al agua, pero sin que llegara a tocarla: si se hubiera mojado, el accidente habría sido grave. Dentro de la cesta había miedo de verdad y algo de ese humor gallego que aparece en los peores momentos.

En tierra, otra película muy distinta

Desde la orilla, la percepción era mucho más cruda. Padres y niños veían cómo los Reyes parecían hundirse en la ría. Los pequeños, incapaces de interpretar lo que ocurría, rompieron a llorar. Y el grito que se escuchó en varios puntos del paseo quedó para la historia: “¡Los Reyes han muerto!”.

Y el peligro fue real: un globo descontrolado, viento fuerte y trajes empapados. La fiesta estuvo a un paso de convertirse en tragedia.

El rescate y la vuelta a tierra firme

El Remolcanosa 5 consiguió acercarse lo suficiente para rescatar a la comitiva. Reyes y pajes abandonaron la cesta uno a uno, convertidos en náufragos improvisados. Dentro del remolcador, la escena tenía algo de comedia amarga: todos empapados, tiritando, intentando entrar en calor entre maquinaria industrial y tufo a gasoil.

Se improvisó ropa seca como se pudo. Se buscó cualquier solución para que la cabalgata continuara, aunque fuera con un punto menos de majestuosidad. Hubo bebidas para templar el cuerpo y, según se cuenta, algún cigarro encendido como quien vuelve de una jornada absurda que prefiere recordar con risa.

La cabalgata de 1987 en palabras de Morris

Nadie lo cuenta mejor que uno de los náufragos reales. Así recordaba Morris, años después, la noche en que Baltasar estuvo a punto de llegar a Vigo buceando:

Vigopolis- desayuno-Morris-cabalgata de navidad en globo 1987

De susto local a mito compartido

Durante años, la historia circuló como anécdota vecinal, contada en bares y sobremesas. Con el tiempo, periodistas y programas de radio la rescataron y la convirtieron en crónica compartida. El relato creció, saltó a las redes y acabó instalándose en ese territorio impreciso donde las ciudades guardan sus mitos domésticos.

Hoy, cuando se habla de cabalgatas en Vigo, siempre hay alguien que sentencia: “Como la del globo, ninguna”.

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Vídeo: la cabalgata en La Vida Moderna, con Manuel Manquiña

Y para quien quiera revivir la odisea con imágenes, aquí va el vídeo:

La cabalgata de Vigo en la que casi mueren los Reyes Magos #LaVidaModerna

Fuentes consultadas