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La noche en que Vigo estuvo a punto de ahogar a los Reyes Magos

En la ciudad de Vigo hay una fecha que provoca una reacción curiosa, mezcla de risa nerviosa, ternura retrospectiva y un leve escalofrío: la cabalgata de Reyes de 1987. Todavía hoy se recuerda, sin demasiados rodeos y con una ironía casi afectuosa, como “la peor cabalgata de la historia de Vigo”.

No se trata de una exageración retórica ni un título inflado por el paso del tiempo.

Aquel 5 de enero se rozó el disparate con tanta convicción que la ciudad aún lo cuenta como quien rememora una travesura colectiva que estuvo a punto de acabar mal. Muy mal.

Lo que ocurrió no fue un simple fallo de organización ni un desfile deslucido por cuatro gotas caprichosas. Aquello fue una empresa temeraria rozando el vodevil: un globo aerostático jugando a la ruleta rusa con un viento traicionero, la ría esperando abajo con su agua helada y cara de pocos amigos, un remolcador industrial metido en el ajo como quien improvisa una genialidad a las tres de la mañana y un reparto humano tan improbable que hoy solo puede entenderse como el fruto de un guionista con barra libre de confianza y un director de reparto con un instinto prodigioso.

La intención era noble y ambiciosa: ofrecer una cabalgata distinta, moderna, inolvidable. Y, desde luego, inolvidable fue. El problema es que lo fue por motivos que ningún concejal de festejos querría en su currículum.

Vamos al lío.

Vigo en los años ochenta: ganas de sorprender y poco miedo al riesgo

Para entender el episodio conviene situarse en el Vigo de mediados de los ochenta. Una ciudad industrial, curtida en astilleros y humo, atravesada por una efervescencia cultural que mezclaba música, teatro, experimentación y una saludable dosis de osadía. El Ayuntamiento buscaba dejar huella, demostrar que Vigo podía hacer las cosas a lo grande y, si era posible, mejor que nadie.

Las cabalgatas de Reyes ya eran entonces un ritual consolidado en toda España. Música, caramelos duros, niños enfundados en bufandas eternas y una liturgia compartida que marcaba el calendario emocional: el 5 de enero para soñar, el 6 para comprobar si Sus Majestades habían tomado buena nota. En Vigo, además, existía una pulsión competitiva difícil de disimular. Aquí lo normal nunca ha sido suficiente. Todo debía ser más vistoso, más sonoro, más comentado.

En ese contexto surgió la idea que parecía brillante en una reunión y bastante menos sensata al aire libre: los Reyes Magos llegarían a Vigo en globo aerostático, sobre la ría, al atardecer.

La imagen prometía ser espectacular.

Y lo fue, aunque no exactamente como se había imaginado.

Un reparto que hoy parece ficción

La elección de los Reyes y sus pajes fue casi un ejercicio de orgullo local. Nada de figurantes anónimos ni barbas improvisadas. Se apostó por caras conocidas del ámbito cultural gallego y por una sorpresa deportiva. Manuel Manquiña encarnó a Melchor; Xosé Lois asumió el papel de Gaspar; Antonio Durán “Morris” dio vida a Baltasar. A su alrededor, Alberto Comesaña, Alfonso Agra y el entonces portero del Celta, Javier Maté, completaban el séquito.

cabalgata de Reyes de Vigo 1987
Morris y Manquiña

La cabalgata se transformó así en una mezcla de desfile infantil, acontecimiento cultural y escaparate de celebridades locales. Desde ese punto de vista, el planteamiento tenía encanto. Se buscaba cercanía, reconocimiento y un punto de espectáculo que conectara con la ciudad.

Alberto Comesaña
Alberto Comesaña, en su época Amistades Peligrosas

Días antes de la gran noche, los Reyes recorrieron hospitales repartiendo caramelos y comentarios poco solemnes, en un tono que ya anticipaba que aquello no iba a ser una ceremonia especialmente ortodoxa. Allí había cierto aroma de función improvisada.

El plan técnico: postal perfecta sobre el papel

El diseño del evento parecía sencillo. El globo despegaría desde Bouzas con los Reyes a bordo. Un remolcador, el Remolcanosa 5, lo guiaría mediante un cable hasta el Náutico. Allí, miles de personas esperarían la llegada celestial. El sol cayendo tras las islas, el globo descendiendo lentamente y la ciudad conteniendo la respiración.

Sobre el papel, la escena era impecable. El problema apareció en forma de viento. El piloto del globo, con experiencia suficiente para saber de qué hablaba, advirtió que las condiciones meteorológicas eran malas. El viento soplaba con fuerza y el control del globo sería complicado. La opción sensata era cancelar.

Pero cancelar significaba admitir un fracaso antes de empezar. Todo estaba preparado, el público avisado, las carrozas listas. Y en ese encontronazo entre prudencia técnica y presión política ganó la segunda. Se decidió seguir adelante.

El vuelo que duró lo justo para tranquilizar a todos

El globo despegó finalmente con Reyes y pajes enfundados en trajes pesados, capas poco amigas del agua y coronas más decorativas que prácticas. En tierra, miles de familias observaban el avance con expectación. Durante unos instantes, pareció que el plan funcionaba. El globo avanzaba, el cable se mantenía tenso y la ciudad respiraba aliviada.

Ese alivio duró poco. Las rachas de viento aumentaron, la trayectoria dejó de ser predecible y el remolcador avanzaba a una velocidad difícil de coordinar. La cesta empezó a perder altura hasta situarse peligrosamente cerca de la superficie del agua.

Tres inmersiones y el humor convertido en nervios

La primera vez que la cesta tocó el agua, el líquido llegó a los tobillos. Hubo gritos, alguna risa nerviosa y la esperanza de que todo quedara en una anécdota. La segunda inmersión fue menos amable: el agua alcanzó la cintura y las sonrisas desaparecieron. La tercera fue la definitiva: el nivel subió hasta el pecho y la situación dejó de ser pintoresca para ser, directamente, peligrosa.

El piloto maniobraba para evitar que la lona del globo tocara completamente el agua, lo que habría provocado un accidente grave. Dentro de la cesta, el ambiente era una mezcla de miedo real, incredulidad y ese humor gallego que aparece cuando la realidad supera cualquier previsión.

En tierra, otra película muy distinta

Desde la orilla, la percepción era mucho más cruda. Padres y niños veían cómo los Reyes parecían hundirse en la ría. Los pequeños, incapaces de interpretar lo que ocurría, rompieron a llorar. Y el grito que se escuchó en varios puntos del paseo quedó para la historia: “¡Los Reyes han muerto!”.

No era una exageración infantil. El peligro fue real. Un globo descontrolado, viento fuerte y trajes empapados componían un escenario objetivamente arriesgado. La fiesta estuvo a un paso de convertirse en tragedia.

El rescate y la vuelta a tierra firme

El Remolcanosa 5 consiguió acercarse lo suficiente para rescatar a la comitiva. Reyes y pajes abandonaron la cesta uno a uno, convertidos en náufragos improvisados. Dentro del remolcador, la escena tenía algo de comedia amarga: todos empapados, tiritando, intentando entrar en calor entre maquinaria industrial y tufo a gasoil.

Se improvisó ropa seca como se pudo. Se buscó cualquier solución para que la cabalgata continuara, aunque fuera con un punto menos de majestuosidad. Hubo bebidas para templar el cuerpo y, según se cuenta, algún cigarro encendido como quien vuelve de una jornada absurda que prefiere recordar con risa.

La cabalgata de 1987 en palabras de Morris

De susto local a mito compartido

Porque hay historias que no necesitan moraleja ni épica impostada. Les basta con mezclar ambición, exceso de confianza y un sentido del humor lo bastante resistente como para sobrevivir —sin perder la sonrisa— a tres chapuzones involuntarios en plena ría y salir de ellos convertidas, para siempre, en leyenda local.

Durante años, la historia circuló como anécdota vecinal, contada en bares y sobremesas. Con el tiempo, periodistas y programas de radio la rescataron y la convirtieron en crónica compartida. El relato creció, saltó a las redes y acabó instalándose en ese territorio impreciso donde las ciudades guardan sus mitos domésticos.

Hoy, cuando se habla de cabalgatas en Vigo, siempre hay alguien que sentencia: “Como la del globo, ninguna”.

No es nostalgia: es memoria colectiva en estado puro.

Y es que hay historias que no necesitan moraleja ni épica de cartón piedra. Les basta con mezclar ambición, exceso de confianza y un sentido del humor lo bastante resistente como para sobrevivir —sin perder la sonrisa— a tres chapuzones involuntarios en plena ría y salir de ellos convertidas, para siempre, en leyenda local.

Vídeo: El asunto de la cabalgata en LVM con Manuel Manquiña

Fuentes consultadas

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