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El mito —y la realidad— de Santa Claus: de San Nicolás a Coca-Cola

Cómo nacen los mitos (y quién les pasa el plumero)

Hoy cualquiera reconoce a Santa Claus sin pestañear: un señor redondo, barba nívea, traje rojo brillante y sonrisa que podría iluminar un centro comercial entero. Pero esa apariencia tan “natural” es el resultado de siglos de mezclas, reinterpretaciones y algún que otro lavado de cara comercial. Detrás del personaje hay un artesano colectivo que ha ido ensamblando retales procedentes de la Iglesia antigua, la literatura anglosajona, la ilustración decimonónica y, cómo no, la publicidad moderna, que nunca pierde la oportunidad de poner lazos a cualquier tradición que se deje. La historia de Santa no nació hecha: es un mosaico ensamblado entre templos bizantinos, salones victorianos y oficinas creativas del siglo XX.

San Nicolás: el obispo que encendió la chispa

El origen, por sorprendentemente sobrio que suene, está en un obispo del siglo IV: Nicolás de Myra, nacido en la actual Turquía y famoso por su generosidad hacia niños, marineros y vecinos en apuros. De él surgieron historias piadosas —dotes secretas, rescates milagrosos— que se fueron acomodando en celebraciones locales de media Europa. En los Países Bajos, por ejemplo, Sinterklaas conservó ese aire solemne: un anciano con mitra, báculo y caballo blanco que reparte regalos y tirones de orejas ceremoniales. Fue esta figura, cargada de liturgia y tradición, la que terminó cruzando el Atlántico con los colonos neerlandeses y, sin saberlo, dejó sembrada la semilla del Santa moderno.

Para que aquel obispo serio se transformara en repartidor universal de juguetes hubo tres piezas clave: relatos transmitidos de boca en boca, textos que adaptaron su figura, e imágenes que le dieron un cuerpo reconocible. Sin esa trilogía, el mito no habría pasado de ser una nota al pie en un manual de hagiografía.

El poema que domesticó al repartidor de regalos

El gran giro llegó en 1823 con un poema que dio un meneo a la tradición: A Visit from St. Nicholas, más conocido como ’Twas the Night Before Christmas. Su autoría es motivo de debate —Clement Clarke Moore firmó el texto, aunque no pocos señalan a Henry Livingston Jr.— pero lo fundamental es que cambió el tono de la leyenda. El viejo santo se convirtió aquí en un visitante nocturno entrañable, acompañado de renos y trineo, que entra por la chimenea para dejar regalos sin la gravedad litúrgica del obispo original. Aquella escena doméstica, casi teatral, fue la que empezó a encajar en la mentalidad urbana de Estados Unidos y Reino Unido. El poema logró algo esencial: convirtió al santo en un huésped familiar, simpático y completamente integrado en la vida cotidiana.

Thomas Nast y la ilustración que clavó la silueta de Santa

El siguiente paso decisivo lo dio Thomas Nast, ilustrador estrella de Harper’s Weekly. A lo largo del siglo XIX fue retratando a Santa en versiones cada vez más reconocibles: traje abrigado, barba generosa, saco interminable de juguetes. Nast tomó elementos dispersos del folclore y los ordenó hasta ofrecer una figura estable, multiplicada en postales y periódicos que viajaron por medio mundo. Lo que él dibujó se convirtió, prácticamente, en el patrón visual que cualquiera podía identificar. Era un catálogo involuntario: esto es Santa, así lo verás, así lo comprarás.

Comercialización: cuando el capitalismo huele el aroma del turrón

La fase final —y la más lucrativa— llegó cuando Santa Claus fue adoptado por la cultura del consumo. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, los grandes almacenes descubrieron que aquel personaje, mezcla de ternura y autoridad bonachona, era un reclamo estupendo. Las tiendas lo colocaron en escaparates, organizaron desfiles, y acabaron construyendo toda una coreografía invernal alrededor de él. La Navidad se convirtió en una temporada comercial y Santa en su embajador más rentable. Estudios sobre la mercantilización navideña explican bien cómo el personaje se adaptó a los ritmos del mercado: un icono amable que legitima el acto de comprar como gesto afectuoso.

Coca-Cola y el mito urbano: ¿creadora, maquilladora o simplemente oportunista?

Y llegamos al mito más repetido: “Coca-Cola inventó a Santa Claus”. La frase queda muy redonda, pero no es exacta. Coca-Cola no creó el personaje, aunque sí lo refinó y lo convirtió en una imagen globalmente uniforme. En 1931, la compañía encargó al ilustrador Haddon Sundblom que pintara un Santa más cálido y humano. Sus obras, reproducidas durante décadas, mostraban un Santa regordete, vestido de rojo brillante, con mejillas sonrojadas y simpatía contagiosa. Aquella imagen, repetida hasta la saciedad en anuncios y cartelería, se instaló en la memoria colectiva. Y aunque el rojo y blanco ya existían en ilustraciones anteriores, fue Coca-Cola quien convirtió esa estética en estándar mundial.

Haddon Sundblom: el pintor del Santa que todos imaginan

Las pinturas de Sundblom tenían algo especial: parecían retratos familiares. Sus Santa no eran caricaturas, sino personajes humanizados, casi palpables. Con la repetición anual de sus campañas navideñas, el público empezó a asociar esa imagen concreta con el Santa “auténtico”. La exposición continuada hizo el resto. No hubo imposición, sólo insistencia visual: mientras más veces ve uno al mismo Santa, más difícil resulta imaginar cualquier otro.

Variantes culturales y tensiones bajo la nieve

Por muy global que sea el icono, las variantes nacionales siguen vivas. En los Países Bajos continúa la tradición de Sinterklaas con sus rituales propios. En Europa central sobreviven figuras similares con matices distintos. Y, en algunos casos, esas tradiciones entran en conflicto con debates contemporáneos: el caso de Zwarte Piet, ayudante de Sinterklaas, ha generado protestas por sus connotaciones raciales. Estas tensiones demuestran que los iconos culturales no son piezas fijas; cambian, se discuten y, a veces, se resisten al paso del tiempo.

Cartas, sellos y la burocracia navideña

Incluso la administración pública jugó un papel curioso en este relato. Desde principios del siglo XX, el Servicio Postal de Estados Unidos comenzó a gestionar las cartas enviadas a Santa, primero de forma esporádica y luego como parte de programas de ayuda y campañas benéficas. Esto convirtió a Santa en una figura “con dirección postal”, un interlocutor oficial dentro de la imaginación infantil. La burocracia, tan propensa a los formularios, terminó por crear un pequeño ritual administrativo: si Santa tiene buzón, entonces también tiene voz. Y eso solidificó aún más su presencia social.

origen de Papá Noel

Mitos resistentes y verdades incómodas

Entre los mitos navideños más persistentes está el ya mencionado sobre Coca-Cola. Revisar cronologías e ilustraciones demuestra que la empresa no fue la autora del diseño, aunque sí la gran amplificadora. Otros mitos, más pintorescos, hablan de la barba blanca como forma de “neutralizar rasgos” —teoría sin base sólida— cuando en realidad su función es la de transmitir sabiduría, edad y calidez. Lo dicho: la cultura popular suele simplificar lo que nació mucho más complejo.

Santa en el siglo XXI: icono, meme y campo de batalla cultural

En la actualidad, Santa vive varias vidas a la vez. Es un icono comercial, un meme viral, un personaje de campañas políticas y un punto de fricción en debates sobre diversidad y tradición. Su figura es tan maleable que sirve para casi cualquier mensaje: puede vender turrones, aparecer en sátiras políticas o protagonizar discusiones sobre inclusividad cultural. La cuestión de fondo es siempre la misma: ¿quién se queda con el control del relato? ¿La comunidad? ¿El mercado? ¿Las industrias del entretenimiento? Probablemente, todos a la vez.

Curiosidades que se esconden entre villancicos

  • Antes de las imágenes estandarizadas, existían postales victorianas con un Santa más delgado y, en ocasiones, vestido de verde. El rojo, aunque extendido, tardó en convertirse en uniforme.
  • El poema de 1823 no sólo introdujo renos y chimeneas: también fijó nombres y gestos que hoy se consideran esenciales.
  • Los centros comerciales no tardaron en explotar el filón: hacer cola para sentarse en las rodillas de Santa es una invención cuidadosamente orquestada por especialistas en experiencia de cliente.

Una verdad con una sonrisa irónica

Afirmar que “Santa es un invento publicitario” es tan simple como decir que “la publicidad inventó diciembre”. El personaje se ha moldeado con aportes religiosos, literarios, comerciales y sociales. Santa ha sobrevivido porque es adaptable: sirve para emocionar, vender, unir y, a veces, polemizar. En esa plasticidad reside su fuerza.

Vídeo:

Fuentes consultadas

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