Hubo un tiempo, no tan remoto, en que la propaganda estatal no se conformaba con moldear la realidad: directamente la reescribía con la pluma de una fantasía desatada. En ese laboratorio político llamado Corea del Norte, las curiosidades de Kim Jong-il no eran simples anécdotas, sino piezas cuidadosamente ensambladas de un engranaje mayor: el culto a la personalidad elevado a categoría de religión civil.
Conviene precisar que muchas de estas historias proceden de la propaganda oficial norcoreana, difundida por organismos como la Agencia Central de Noticias de Corea (KCNA). Es decir, no estamos ante hechos verificables en términos convencionales, sino ante relatos diseñados para consolidar la imagen de un líder casi sobrenatural. Una especie de santo laico con gafas de sol y debilidad por el coñac francés.
Bienvenidos, por tanto, a este peculiar gabinete de maravillas donde Kim Jong-il, líder de Corea del Norte entre 1994 y 2011, aparece retratado como una improbable fusión entre genio renacentista, atleta olímpico y semidiós meteorológico.
El contexto no es menor. Kim heredó el poder de su padre, Kim Il-sung, fundador del régimen y arquitecto del sistema ideológico conocido como Juche, una doctrina que mezcla autosuficiencia, nacionalismo extremo y una devoción casi litúrgica hacia el líder. En ese marco, la exageración no es un defecto: es una herramienta política. La propaganda no informa; construye realidades paralelas donde el líder no solo gobierna, sino que trasciende.
Así, lo que en otros países sería motivo de chanza o de meme en Corea del Norte se convierte en verdad institucional, repetida en escuelas, medios y ceremonias oficiales.
A continuación, se despliega una colección rigurosamente absurda —y maravillosamente oficial— de los hitos, gestas y milagros atribuidos a Kim Jong-il por la prensa del régimen. Un repertorio que, leído con distancia crítica, revela tanto sobre el personaje como sobre el sistema que lo sustentaba. Prepárese el lector: lo que sigue no es solo una lista de curiosidades, sino un viaje al corazón mismo de la propaganda más barroca del siglo XX.
Nacimiento de Kim Jong-il: el mito del monte Paektu
Según la propaganda oficial norcoreana, el nacimiento de Kim Jong-il no fue un simple trámite biológico, sino un acontecimiento cósmico con vocación de epopeya. Frente a la documentación histórica occidental —que sitúa su nacimiento en 1941 en un campamento soviético en Siberia, concretamente en Vyatskoye—, el relato estatal lo traslada al monte Paektu, enclave sagrado para la narrativa revolucionaria del régimen.
Allí, según la versión difundida por los medios norcoreanos, el cielo decidió implicarse activamente en el evento: apareció un doble arcoíris, surgió una estrella nueva y, en un alarde de sensibilidad musical, una golondrina entonó lo que, en términos occidentales, podría interpretarse como un do mayor afinado. Nada mal para un parto.

El monte Paektu no es un escenario elegido al azar. Se trata de un símbolo clave en la mitología política norcoreana, presentado como cuna de la resistencia antijaponesa liderada por Kim Il-sung. Ubicar allí el nacimiento de su hijo no solo embellece el relato, sino que lo inserta en una continuidad casi mística: la dinastía no solo gobierna, sino que parece brotar de la propia geografía sagrada del país.
Este tipo de construcción narrativa no es excepcional dentro del sistema. La exageración, lejos de ser un exceso, cumple una función estructural: legitimar el poder mediante elementos simbólicos que rozan lo religioso. En ese sentido, el nacimiento de Kim Jong-il se presenta no como un hecho, sino como una señal. Una especie de anuncio celestial que, más que informar, busca impresionar.
Sobrio y discreto, en efecto.
Infancia precoz: caminar a las tres semanas y hablar a las ocho
La infancia de Kim Jong-il no fue una etapa de aprendizaje, sino una demostración anticipada de superioridad biológica. Apenas aterrizado en el mundo —siempre en la versión del monte Paektu, claro—, el futuro líder habría aprendido a caminar a las tres semanas y a hablar a las ocho. Un calendario evolutivo que dejaría en evidencia no solo a cualquier bebé promedio, sino también a décadas de pediatría.
Naturalmente, no existe evidencia independiente que respalde estas afirmaciones. Más bien al contrario: los datos históricos disponibles sobre su infancia apuntan a una educación cuidadosamente controlada, primero en el entorno soviético durante los años de guerra y posteriormente en Corea del Norte, bajo la supervisión directa del aparato del Partido. Pero en el universo narrativo del régimen, la verosimilitud es un lujo prescindible.

Este tipo de relatos cumple una función muy concreta dentro del engranaje propagandístico: anticipar la excepcionalidad del líder desde la cuna. No basta con que gobierne bien —o que gobierne—; debe haber sido extraordinario desde el primer llanto. La infancia, en este contexto, se convierte en prólogo mítico, en una especie de evangelio laico donde cada gesto infantil adquiere categoría de señal.
Lo que dijo exactamente a las ocho semanas no ha sido registrado con precisión. Pero, dado el tono general del relato, no sería descabellado imaginar una propuesta de planificación quinquenal.
Un Mozart con peinado revolucionario
Según la narrativa oficial, la etapa universitaria de Kim Jong-il no fue tanto un periodo formativo como una exhibición sostenida de genialidad enciclopédica. Se le atribuye la autoría de 1.500 libros durante sus años de estudio, lo que, haciendo una aritmética poco piadosa, equivale a un ritmo cercano al libro por día.
A esa catarata bibliográfica se suma su faceta como compositor: seis óperas en apenas dos años, todas ellas presentadas como superiores a las de cualquier creador extranjero. No se trata de una valoración aislada, sino de un consenso cuidadosamente cultivado por la crítica cultural del propio Estado, donde la discrepancia estética tiene la misma esperanza de vida que un paraguas en un tifón.
Conviene introducir aquí un matiz menos operístico y más terrenal. Kim Jong-il sí mostró un interés real por las artes, especialmente por el cine, y participó activamente en la política cultural del país. De hecho, publicó textos como On the Art of the Cinema, donde expone su visión sobre el papel ideológico del séptimo arte.
Sus óperas no solo cumplen una función artística, sino también pedagógica y política. Son relatos de lucha revolucionaria, sacrificio y redención colectiva, donde el individuo se diluye en la causa y el líder emerge como guía incuestionable. La música, en este contexto, no busca tanto emocionar como alinear.
Así, entre partituras, libretos y tratados culturales, se va construyendo una imagen que no admite fisuras: la de un líder total, capaz de escribir, componer y teorizar con la misma soltura con la que, según veremos a continuación, hacía hoyos en uno.
Hazañas deportivas: el famoso partido de golf
Kim Jong-il no solo gobernaba con mano firme, sino que también dominaba el deporte con una solvencia casi sobrenatural. Su incursión en el golf, allá por 1994, es probablemente uno de los episodios más célebres —y desconcertantes— de su biografía mitificada.
La historia, repetida durante años por medios estatales y guías turísticos, sostiene que en su primer y único partido, disputado en el campo de Pyongyang, Kim completó los 18 hoyos con 11 hoyos en uno —es decir, embocando la bola de un solo golpe desde la salida— y un resultado final de 38 bajo par. Una cifra que, en términos golfísticos, no es que desafíe las estadísticas: directamente las ignora con desprecio.
Para ponerlo en perspectiva, incluso los mejores jugadores de la historia pueden pasar toda una carrera sin lograr más de uno o dos hoyos en uno. Kim, en cambio, habría decidido resolver el asunto en una sola tarde, como quien firma decretos antes de la merienda.
La lógica interna del relato es impecable: si se alcanza la perfección en el primer intento, no tiene sentido continuar. De ahí la supuesta retirada inmediata del deporte. ¿Para qué insistir en lo que ya ha sido conquistado?
Aplausos, reverencias y silencio administrativo.
El cineasta omnipotente: secuestros, celuloide y propaganda
Si hubo un terreno donde Kim Jong-il mostró una obsesión documentada —y no solo propagandística— fue el cine. No se trataba de una afición ligera, de esas que se satisfacen viéndose de una sentada la trilogía de El Padrino, sino de una pasión estructural, casi doctrinal. El propio líder escribió tratados como On the Art of the Cinema, donde defendía el cine como herramienta ideológica de primer orden: no para entretener, sino para educar, moldear y, llegado el caso, adoctrinar.
Según diversas investigaciones periodísticas y testimonios posteriores, su devoción por el séptimo arte alcanzó cotas poco convencionales. A finales de los años 70, el régimen organizó el secuestro del director surcoreano Shin Sang-ok y de la actriz Choi Eun-hee, con el objetivo de revitalizar la industria cinematográfica norcoreana bajo supervisión directa del líder.
No fue ninguna broma: ambos fueron retenidos durante años y obligados a trabajar en producciones estatales.

El resultado más célebre de esta colaboración forzada fue Pulgasari (1985), una película de monstruos que recuerda —sin demasiado disimulo— al universo de Godzilla. En ella, una criatura metálica crece alimentándose de hierro mientras lidera una rebelión campesina contra un tirano feudal. La lectura alegórica es tan transparente que casi resulta entrañable: el monstruo como instrumento del pueblo, pero también como recordatorio de que todo poder necesita ser canalizado… preferiblemente desde arriba.
Más allá de lo pintoresco, el episodio revela una lógica coherente dentro del sistema norcoreano: controlar la narrativa cultural en todos sus niveles, incluso si eso implica importar talento por la vía menos diplomática. Kim Jong-il no solo quería películas; quería películas que respondieran a su visión estética y política, donde cada plano reforzara el relato oficial.
Se dice que llegó a acumular una colección personal de más de 20.000 cintas, muchas de ellas occidentales.
El hombre que no necesita ir al baño: biología sin residuos
Dentro del repertorio de curiosidades de Kim Jong-il difundidas por la propaganda oficial, pocas alcanzan el nivel de perfección fisiológica que sugiere esta: el líder, según relatos transmitidos en el entorno educativo y político del régimen, no necesitaba defecar. Su organismo, se decía, era tan extraordinariamente eficiente que metabolizaba todos los alimentos sin generar residuos. Una especie de máquina biológica de suma cero: todo entra, nada sale.
Por si acaso, conviene subrayarlo con claridad: no existe ninguna evidencia científica ni médica que respalde esta afirmación. Se trata, más bien, de un ejemplo extremo de cómo el culto a la personalidad puede extenderse incluso al ámbito más íntimo y prosaico del cuerpo humano.
Este tipo de mitos no surge por casualidad. En sistemas altamente personalistas como el norcoreano, la figura del líder tiende a desmaterializarse, a desprenderse de las limitaciones comunes que afectan al resto de los mortales. No duerme como los demás, no se equivoca como los demás y, llegado el caso, ni siquiera evacúa como los demás.
Biología, cero; doctrina, uno.
El creador de las hamburguesas… sin saberlo
Kim Jong-il no solo dejó su huella en la política, el cine o la música, sino también en el noble arte de la gastronomía rápida. En este caso, se le atribuye la invención de las hamburguesas, rebautizadas con sobriedad ideológica como “panes de carne dobles”. Una denominación que suena menos a comida callejera y más a consigna del comité central.
La historia, difundida en ciertos contextos educativos y mediáticos del país, presenta este plato como una creación autóctona, ajena a influencias extranjeras. Lo cual tiene su lógica interna: en un sistema donde la autosuficiencia (Juche) es dogma, incluso la cocina debe emanciparse del imperialismo culinario.
Como tantas otras curiosidades de Kim Jong-il, la anécdota no busca convencer por su veracidad, sino por su utilidad: reforzar la idea de un dirigente capaz de innovar en cualquier ámbito, incluso en el menú.

Control meteorológico a voluntad
Según la propaganda oficial, Kim Jong-il no solo dirigía el país: también parecía dirigir el cielo. Se afirmaba que el clima respondía a sus estados de ánimo: sol cuando estaba satisfecho, lluvia cuando se irritaba. Algo parecido a una meteorología emocional.
Su función es clara: elevar al líder por encima de las leyes naturales. En ese marco, el buen tiempo simboliza armonía política y la tormenta, desajuste.
El pronóstico: variable según el humor, estable en obediencia.
Genio militar autodidacta
Kim Jong-il no necesitó academias extranjeras para alcanzar la excelencia castrense: fue proclamado gran estratega y autor de más de mil tratados militares, todos, por supuesto, impecables. La circulación de esas obras, eso sí, parecía limitarse con elegancia al ámbito doméstico, donde la crítica especializada coincidía sospechosamente en su entusiasmo.
Más allá del relato, su influencia en la política de defensa sí fue real, especialmente a través de la doctrina Songun (“el ejército primero”), que priorizó a las fuerzas armadas como eje del Estado durante los años noventa y dos mil. Una estrategia que, en la práctica, reforzó el papel del estamento militar en plena crisis económica y consolidó su peso político.
En el plano mítico, se le atribuía también la creación de nuevas formaciones tácticas y maniobras innovadoras. Aunque, vistas con cierta distancia, algunas de esas supuestas novedades recordaban más a coreografías heredadas del cine bélico soviético que a revoluciones doctrinales.
Obsesiones capilares y zapatos mágicos
Kim Jong-il medía en torno a 1,60–1,62 metros, pero en sus apariciones públicas parecía rozar alturas más generosas. ¿Milagro? No exactamente: zapatos con alzas interiores y un peinado cuidadosamente cardado que desafiaba la gravedad con disciplina militar.
Lejos de ser una simple cuestión estética, la puesta en escena formaba parte de un lenguaje visual más amplio. En un sistema donde la imagen del líder se construye al milímetro, cada centímetro adicional cuenta. La altura proyectada no solo estiliza: jerarquiza.
A ello se suma su uniforme no oficial —traje gris, gafas oscuras— que reforzaba una identidad reconocible y constante.
La estatura, al fin y al cabo, también puede ser una cuestión de narrativa.

Curiosidades menores pero no por ello menos marcianas
- Su guardarropa contenía más de 200 trajes prácticamente idénticos, casi siempre en tonos grises, una especie de uniforme civil que conjugaba austeridad aparente y control estético absoluto. Todos combinaban con sus inseparables gafas oscuras, ese accesorio que convertía cualquier acto público en una escena de autoridad cuidadosamente coreografiada.
- Amaba tanto el coñac Hennessy que, según estimaciones difundidas por la prensa internacional, llegó a gastar cerca de 700.000 dólares anuales en botellas. Un gusto refinado que contrastaba con la realidad alimentaria de buena parte de la población norcoreana durante los años más duros de la crisis.
- Poseía una colección de más de 20.000 películas, muchas de ellas occidentales, pese a que oficialmente ese cine era calificado como decadente. Entre sus favoritas figuraban títulos de acción con actores como Charles Bronson o Sylvester Stallone, lo que sugiere que, al menos en privado, el imperialismo cultural tenía cierto encanto.
- Era un apasionado de la gastronomía internacional, hasta el punto de contar con chefs especializados en cocina japonesa, francesa e italiana. El sushi, en particular, ocupaba un lugar destacado en su dieta, preparado con ingredientes importados incluso en momentos de grave escasez interna.
- Se desplazaba habitualmente en un tren blindado, equipado con comodidades poco compatibles con la imagen de sobriedad revolucionaria: salones privados, cocina de alto nivel y sistemas de seguridad reforzados. El avión, al parecer, no le inspiraba demasiada confianza.
- Según testimonios de desertores, tenía miedo a volar, lo que explicaría su preferencia por largos trayectos ferroviarios incluso en viajes internacionales, como sus visitas a Rusia o China.
- Era conocido por su afición a los regalos extravagantes a altos cargos del régimen: desde coches de lujo hasta televisores de última generación, en una lógica de fidelización que mezclaba política y obsequio.
- Su agenda diaria incluía sesiones maratonianas de visionado de películas y reuniones nocturnas, lo que le valió fama de noctámbulo disciplinado, más activo de noche que de día.
- Se decía que tenía una memoria prodigiosa y que podía recordar nombres y detalles personales de cientos de funcionarios, una habilidad útil en un sistema donde la lealtad se cultiva tanto con vigilancia como con reconocimiento.
- Y, como broche final, su imagen pública fue tan cuidadosamente construida que incluso sus fotografías oficiales eran retocadas para mejorar postura, iluminación o contexto.
Un conjunto de detalles que, tomados individualmente, podrían parecer triviales, pero que en conjunto dibujan un retrato tan peculiar como revelador.
Y es que lo anecdótico, cuando se acumula, deja ver el mecanismo entero.
El final, cómo no, también mítico
La muerte de Kim Jong-il en diciembre de 2011 no podía quedar al margen del relato épico que lo había acompañado en vida. Según la propaganda oficial, la naturaleza volvió a implicarse con disciplina casi poética: los pájaros enmudecieron, las montañas “lloraron hielo” y hasta las nubes parecieron detenerse en señal de respeto. Una despedida cósmica a la altura de su nacimiento, cerrando el círculo narrativo con precisión casi literaria.
Más allá del simbolismo, el régimen decretó un luto nacional de varios días. Las imágenes difundidas mostraban multitudes llorando de forma intensa y sincronizada, en una escenografía emocional donde el dolor también parecía formar parte del guion.
Porque no se trataba solo de despedir a un hombre, sino de cerrar una narración: una donde el líder no muere, sino que se transforma en símbolo, en eco, en presencia permanente. Y así, entre montañas que lloran y cielos disciplinados, Kim Jong-il no abandonaba del todo el escenario; simplemente cambiaba de plano.
En Corea del Norte, incluso el final está escrito para que no parezca un final.
PULGASARI | Película completa en español
Fuentes:
- The Guardian. (2011, 19 de diciembre). Kim Jong-il: ten things you may not know. https://www.theguardian.com/world/shortcuts/2011/dec/19/kim-jong-il-things-never-knew
- The Guardian. (2015, 16 de febrero). North Korea’s Kim dynasty: the making of a personality cult. https://www.theguardian.com/world/2015/feb/16/north-korea-kim-jong-il-birthday
- CBS News. (2011). Kim Jong-il: 10 weird facts, propaganda. https://www.cbsnews.com/media/kim-jong-il-10-weird-facts-propaganda/
- Reuters. (s. f.). Building the perfect leader: North Korean propaganda’s secret sauce. https://www.reuters.com/article/opinion/building-the-perfect-leader-north-korean-propagandas-secret-sauce-idUS4174533220/
- Wikipedia. (s. f.). Propaganda en Corea del Norte. https://es.wikipedia.org/wiki/Propaganda_en_Corea_del_Norte
- El País. (2021, 2 de marzo). Secuestros, monstruos y persuasión masiva: el cine norcoreano sigue siendo un enigma más potente que cualquier película. https://elpais.com/icon/cultura/2021-03-02/secuestros-monstruos-y-persuasion-masiva-el-cine-norcoreano-sigue-siendo-un-enigma-mas-potente-que-cualquier-pelicula.html

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.
Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.






