El lector tiene entre manos una pequeña rareza nacida de la posguerra: un librito de unas cien páginas que intenta abordar un asunto tan viejo como la convivencia humana, ese deporte de riesgo que consiste en aguantar al vecino sin perder la compostura. Su título, «112 quejas sobre los franceses», no se anda con rodeos. Fue redactado para los soldados estadounidenses destinados a la Francia recién liberada, con la misión de calmar ánimos, rebajar prejuicios y recordarles, con cierta sorna, que el mundo no gira únicamente alrededor del tabaco rubio y las barras de chicle.
Pese a su apariencia modesta, el folleto concentra la tensión y el desencuentro entre dos aliados que en los discursos se adoraban, pero que sobre el terreno se toleraban a trompicones. Al fondo se adivina una cuestión que sigue vigente: qué ocurre cuando un ejército joven, rico y exultante desembarca en un país exhausto, orgulloso y arrasado por años de guerra.
Francia, 1945: aliados, champán… y un cansancio difícil de ocultar
En 1945 Francia figura oficialmente en el bando de los vencedores, pero el estado del país no invita a celebraciones duraderas. La ocupación alemana ha dejado tras de sí ciudades semiderruidas, infraestructuras maltrechas, una economía tambaleante y una población agotada. La Liberación trajo banderas y abrazos, sí, pero la vida cotidiana siguió marcada por el racionamiento y un mercado negro que funcionaba como engranaje paralelo a un país que intentaba recomponerse.
En ese escenario aparecen los estadounidenses. Jóvenes, bien alimentados, con uniformes recién salidos del almacén, bolsillos repletos de dólares y acceso a bienes tan escasos en Francia como la gasolina, el tabaco, el chocolate o la penicilina. Para la población local, aquellos liberadores constituían una mezcla incómoda: esperanza y, al mismo tiempo, recordatorio viviente de la propia escasez. Para muchos soldados, en cambio, Francia poco se parecía al país romántico de los folletos turísticos; la realidad era más gris, más fría y más silenciosa de lo esperado.

Era inevitable el choque cultural. Muchos franceses veían a los norteamericanos como alborotadores generosos con la cartera pero tacaños en sutileza. Muchos yanquis percibían a los franceses como orgullosos hasta la exasperación, reacios a agradecer nada y siempre dispuestos a la queja. En oficinas militares empezaron a sonar alarmas discretas: altercados en bares, discusiones en mercados y un clima general de desconfianza mutua que podía comprometer la convivencia. Surgió entonces la idea de atajar el problema por la vía más inesperada: enseñando a los soldados a entender a la población local.
Qué era realmente «112 quejas sobre los franceses»
Este folleto de bolsillo nació con un propósito claro: explicar a los soldados estadounidenses quiénes eran los franceses con los que debían convivir mientras durase la ocupación. Lo hacía en forma de 112 quejas típicas que un soldado norteamericano podría lanzar sin pensárselo dos veces, seguidas cada una de una respuesta calmada, contextualizada y con una pizca de ironía. El mensaje de fondo era contundente: Francia había soportado una ocupación feroz; los estadounidenses, no.
Aunque el folleto formaba parte del engranaje educativo del ejército, la autoría suele atribuirse al sociólogo y divulgador Leo Rosten, célebre por su habilidad para explicar comportamientos sociales con humor y claridad. Las ilustraciones y pequeñas viñetas que acompañaban el texto suavizaban el tono y lo acercaban más a un manual para no meter la pata que a un sermón institucional. El resultado era una mezcla curiosa entre guía turística de emergencia, lección acelerada de historia y bronca amistosa.
Un catálogo de quejas con réplica: la arquitectura del manual
Cada queja presentada en el folleto parte de una frase que, según sus autores, un soldado medio podía expresar con total naturalidad. El texto no edulcora nada: hay tópicos, exageraciones y afirmaciones que rozan la grosería. Ese es precisamente su punto fuerte, porque solo así puede responderles con franqueza.
Entre los temas recurrentes destacan varios:
- Ingratitud y falta de entusiasmo.
A los soldados les chocaba que la población no pareciera celebrar su presencia. El folleto recordaba que, tras años de miedo y penuria, la alegría no brota a la carta. - Condiciones de vida.
Muchos se sorprendían ante la falta de duchas, el desgaste de la ropa o la precariedad de las casas. La explicación era sencilla: sin jabón, sin dinero y con edificios dañados, los estándares de higiene “a la americana” eran una quimera. - Productividad y horarios.
Algunos acusaban a los franceses de trabajar poco o de tener horarios comerciales imposibles. El manual ofrecía contexto: salarios bajos, sindicatos fuertes y un país que funcionaba como podía tras la devastación. - Gastronomía desconcertante.
Las bromas sobre ranas o quesos de aroma intenso recibían una réplica amable pero firme: aquello no era extravagancia, sino tradición. Y en tiempos de escasez, cada plato decía mucho sobre resistencia y adaptación. - Prostitución y moral.
La presencia notable de prostitución era reinterpretada por el folleto como consecuencia directa de la miseria, no como rasgo cultural. - La espinosa cuestión de la rendición.
Ante las bromas sobre la supuesta rapidez con que Francia se rindió en 1940, el manual recordaba la enorme pérdida humana de la guerra anterior y la realidad militar de un país debilitado tras 1918.
Cada respuesta obliga al soldado a replantearse si su juicio nace de una comparación injusta entre dos mundos con situaciones muy distintas.
La guerra de los estereotipos: olores, ranas y orgullo herido
El folleto no pretende tapar las diferencias culturales ni convertir la convivencia en un cuento de hadas. Más bien opta por exponerlas con humor. Las quejas sobre olores en las casas, ausencia de duchas o comidas que descolocan al estómago estadounidense se contestan con datos duros: la falta de jabón, las tuberías sin reparar o el racionamiento explican aquello que para muchos soldados parecía una excentricidad nacional.
La gastronomía es un escenario ideal para estos malentendidos. El estadounidense llega esperando abundancia y descubre platos austeros, elaborados con ingenio y pocos ingredientes. Donde él ve una deficiencia, el francés ve dignidad ante la escasez. El folleto aprovecha esa fricción para subrayar que la cocina no es capricho, sino memoria y supervivencia.
Otro punto sensible es el orgullo nacional. Muchos soldados se impacientaban al no recibir sonrisas o alabanzas constantes. El manual despeja la ilusión: los franceses pueden sentirse agradecidos sin necesidad de exhibirlo. Su historia está llena de victorias, derrotas, revoluciones y un sentido muy arraigado de sí mismos. No iban a renunciar a él por unas cuantas cajas de suministros.
En sentido contrario, algunos franceses interpretaban a los soldados como jóvenes ruidosos y poco preparados para la complejidad europea. Esta percepción no se afirma de forma directa en el folleto, pero aparece insinuada al explicar la desconfianza mutua.
Propaganda, psicología y diplomacia en tamaño bolsillo
Este librito no es un simple manual de buenas maneras; es también una herramienta política. Estados Unidos era consciente de que su posición en la Europa de posguerra dependía tanto de la reconstrucción económica como del comportamiento de sus tropas. Una mala ocupación podía deteriorar alianzas cruciales.
Por eso el folleto se integró en un programa más amplio de educación para los soldados, que incluía cursos, charlas y materiales sobre costumbres locales. Los uniformados debían entender que representaban a su país y que sus actos eran observados con lupa. En cierto modo, el ejército esperaba de ellos una diplomacia improvisada pero eficaz.
El formato de preguntas y respuestas se convirtió en un recurso ideal para desmontar prejuicios. Primero se exponía sin filtros la queja; luego se contextualizaba, casi siempre con un giro que dejaba al soldado frente a sus propios impulsos.
El mensaje general era sencillo: la frustración del militar puede ser comprensible, pero eso no la convierte en justa.
Reediciones, rescates y el extraño atractivo de un folleto de 1945
Tras décadas de relativo silencio, el panfleto renació en los años noventa. Nuevas ediciones, traducciones, artículos y debates lo rescataron del olvido. En Francia, su publicación provocó una mezcla de risa, nostalgia y cierto sonrojo colectivo. En el ámbito anglosajón, se reeditó con ilustraciones y se destacó su valor como documento sociológico, a medio camino entre el humor y la diplomacia improvisada.
La crítica lo considera un precedente directo de los manuales modernos para preparar a tropas destinadas al extranjero. Los lectores, sin embargo, suelen acercarse a él como a una cápsula del tiempo, donde aparecen prejuicios que hoy resultan incómodos, pero también una sinceridad desarmante. Sus páginas permiten ver cómo se hablaba, qué se temía y qué se esperaba en un momento decisivo de la historia europea.
Qué nos dice hoy este folleto sobre franceses, estadounidenses… y sobre cualquiera
Con la distancia del tiempo, el folleto revela más sobre la naturaleza humana que sobre franceses o estadounidenses en particular. Muestra cómo nacen los prejuicios: alguien llega a un país distinto, no comprende su ritmo ni sus cicatrices, y convierte la incomodidad en juicio moral. La pobreza se interpreta como desgana; la prudencia, como ingratitud; las costumbres ajenas, como extravagancias.
También retrata una época en la que Estados Unidos se veía a sí mismo como guía del mundo libre, pero sabía que esa imagen podía deshacerse si sus soldados actuaban con arrogancia. El manual aspiraba a frenar precisamente ese impulso.
Curiosamente, el folleto termina sirviendo como un elogio indirecto a Francia. Recalca su peso histórico, su aportación a la cultura y su papel decisivo en momentos clave. Cada queja infantilizada recibe una respuesta que recuerda que la grandeza de un país no se mide en sonrisas a los visitantes.
Al leerlo hoy, uno se reconoce en las reacciones de aquellos soldados: la impaciencia ante lo desconocido, la facilidad con que se juzga lo diferente y la tentación de convertir las incomodidades en certezas absolutas. Aun así, el manual combina humor, historia y una mirada aguda sobre nuestras propias debilidades.
De ahí que, casi ochenta años después, siga despertando sonrisas tímidas y alguna que otra reflexión incómoda. Porque, al final, ese librito no hablaba solo de los franceses; hablaba de todos.
Vídeo: “The Darkest Side Of American Soldiers In WWII France”
Fuentes consultadas
- Wikipedia. (2023, 13 agosto). 112 quejas sobre los franceses. En Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/112_quejas_sobre_los_franceses
- Drape, J. (2012). Building global partnerships: 112 gripes about the French revisited. Air & Space Power Journal, 26(2), 55–71. https://www.airuniversity.af.edu/Portals/10/ASPJ/journals/Volume-26_Issue-2/Drape.pdf
- La Nación. (s. f.). Más de cien quejas sobre los franceses. La Nación. https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/mas-de-cien-quejas-sobre-los-franceses-nid510442/
- Muñiz, F. (2025, 12 mayo). El día que paracaidistas americanos aterrizaron en Melilla por error y la Legión no estaba para bromas. El Café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/invasion-americana-melilla-1942/
- Collier, E. (2025, 19 julio). As World War II ended, the French Riviera became a “GI’s heaven”. Le Monde. https://www.lemonde.fr/en/summer-reads/article/2025/07/19/the-french-riviera-becomes-a-paradise-for-american-soldiers-after-world-war-ii_6743535_183.html
- Bodleian Library (Ed.). (2013). 112 gripes about the French: The 1945 handbook for American GIs in occupied France. Bodleian Library Publishing. https://www.bibliovault.org/BV.book.epl?ISBN=9781851240395

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.
Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.
