Corría el año 1963 y España era ese curioso país en tecnicolor sepia: misa obligatoria, censura con lápiz rojo y uniformes que planchaban hasta las ideas, pero también una juventud que empezaba a sospechar que entre el “se debe” y el “no se puede” había una rendija por la que entraba algo parecido al aire fresco. En los sótanos de Madrid, Valencia o Barcelona —entre humo, refrescos tibios y miradas vigilantes— las guitarras eléctricas zumbaban con una insolencia casi terapéutica, y los estribillos en inglés, mal aprendidos y peor pronunciados, se coreaban con una convicción que no necesitaba diccionario.
El pop, ese artefacto ruidoso y extranjero con olor a libertad y a vinilo recién desprecintado, fue ocupando bares, guateques improvisados y salones de baile más o menos discretos, mientras las ondas de radio lo dejaban pasar como quien deja entrar una corriente de aire que sabe que ya no podrá detener.
Y, como efecto secundario no previsto en ningún decreto, en algunas redacciones de periódicos supuestamente “serios” el sentido común decidió tomarse unas vacaciones indefinidas, quizá seducido también por tanto flequillo y tanta guitarra eléctrica.
Moore, Andrés Moore
En ese caldo de cultura juvenil y confusión mediática surgió una de las noticias más delirantes, surrealistas y descaradamente castizas de la prensa española: un tal Andrés Moore, supuesto natural de Liverpool pero residente en Madrid, había sido nada menos que miembro fundador de The Beatles. Así, sin anestesia.
Pero es aquí donde la realidad decide carcajearse sin complejos de la ficción: Andrés Moore no era ni Andrés ni Moore. Era, sencillamente, Francisco Javier, madrileño de pura cepa que trabajaba con discreción en una oficina y que no había tocado un instrumento en su vida. Y, aun así, una mañana se despertó convertido en beatle por obra y gracia del papel impreso, como quien descubre que ha ganado el Nobel de Química sin haber salido del barrio. Para él, aquel titular fue una mezcla incómoda de risa y desazón: una fama súbita que no había pedido, un club de fans inexistente y la confirmación de que cierta prensa española de los sesenta manejaba la imaginación con una soltura que rozaba lo inverosímil.

El nacimiento de una estrella… de papel cuché
Todo comenzó cuando los periódicos Madrid y España (este último con sede en Tánger, lo que ya añade el puntito exótico a la historia) decidieron regalar a sus lectores una narración con todos los ingredientes de un folletín spanish-britpop, o como buenamente se pudiera definir: un joven exiliado, atormentado, perseguido por los fantasmas del éxito, que había roto con los Beatles y buscaba redención entre los cafés y avenidas madrileñas. La combinación de misterio, drama y un toque de glamour extranjero prometía mantener enganchado a cualquier lector ávido de escándalos internacionales.
El diario Madrid lo pintaba con tintes tan dramáticos como folclóricos: Andrés Moore —un nombre que olía a actor de cine de serie B que tiraba p’atrás— había llegado a España tras una vida de “drogas y violencia”, según la propia narrativa periodística. Lo primero que hizo, siempre según el rotativo, fue cortarse las melenas y cambiar su estilo capilar, adoptando un look que, a ojos de los periodistas, parecía equilibrar la rebeldía con la corrección. Aun así, aseguraban que conservaba “el uniforme” (¿una chaqueta de cuero? ¿un abrigo de borrego? Nunca quedó claro, pero la duda añadía capas de inquietud y dramatismo a partes iguales).
Y como si la cosa no fuera suficientemente pintoresca, la guinda del pastel: “Se desprecia a sí mismo”, afirmaba el periódico con una seriedad pasmosa, como si describiera a un personaje atormentado de Dostoievski con acento scouse, dispuesto a arrastrar su tormento por las calles adoquinadas del Madrid de los Austrias.
Fonorama entra en escena
Hasta aquí, todo suena a chiste, a crónica rosa y a mockumentary con pretensiones de reportaje social. Pero entonces apareció Fonorama, la revista que hacía las veces de oasis pop en la España del NO-DO. Alguien en su redacción, con buen olfato, decidió tirar del hilo y buscar al tal Andrés Moore.
Y lo encontraron, claro. O más bien se encontraron con que Andrés Moore no era más que Francisco Javier, un chaval madrileño que trabajaba en una entidad comercial (léase: en una oficina).
Andrés Moore no sabía tocar ningún instrumento. El señor Andrés Moore no había pisado Liverpool en su vida. Andrés Moore ni siquiera se había enterado de que era famoso hasta que vio su foto en el periódico.
La fotografía en cuestión —según el propio protagonista— se la hicieron en los locales de Los Sótanos, en Madrid.
El resto fue una cadena de invenciones.
La defensa, con recado incluido
La respuesta de Fonorama no fue tímida. En una página entera publicaron una entrevista con el verdadero Francisco Javier y añadieron un editorial que es, en sí mismo, una joya del periodismo indignado:
“Francisco Javier no se desprecia a sí mismo. Trabaja en una entidad comercial de Madrid y aspira a alcanzar cada vez mejores puestos, no a conquistar el mundo de los ‘más tontos’. ¿Cuál será el mundo que pretende conquistar el ‘periodista’ con este tipo de reportajes? Yo diría que el de los retrasados mentales. En el mejor caso, el de los incautos, acostumbrados a artículos sensacionalistas, con mucho de morbosidad.”
De todo menos guapos.
La revista —precursora en el estilo indignado y con aires de superioridad cultural— cerraba filas con la verdad, pero no se resistía a fustigar al gremio con ironía.
¿Por qué esta historia importa?
Porque encapsula, como un insecto en ámbar, el espíritu de una época en la que la información viajaba a la velocidad de la furgoneta del repartidor de prensa, y donde la imaginación desbordada podía transformarse en noticia sin pasar por el tamiz de la realidad ni un segundo.
Porque demuestra que incluso en pleno franquismo había espacio para el disparate, la exageración y el delirio creativo.
Y porque Francisco Javier, convertido sin querer en ex-beatle, se erige como el símbolo perfecto de una juventud que, pese a las etiquetas de “frívola, gamberra e irrespetuosa”, sólo quería bailar, ligar, cantar en inglés mal aprendido y soñar con un día ir a Londres desde una taberna con cortina de cuentas en Carabanchel.
Y, sobre todo, porque no todos los días un español se convierte en beatle por accidente; una historia que combina comedia, absurdo y celebridad exprés. Ni siquiera en la España de entonces, donde lo inverosímil solía resultar más convincente que la verdad. Desde aquel titular fulminante no volvió a saberse nada de su protagonista, y así Francisco Javier quedó suspendido entre la leyenda y la anécdota, como un beatle apócrifo que solo vivió en la tinta impresa y en la imaginación crédula de toda una época.
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Fuentes:
- Biblioteca Nacional de España. (s. f.). Hemeroteca Digital. https://hemerotecadigital.bne.es/
- Pardo, J. R. (2005). Historia del pop español (1959-1986). Rama Lama Music. https://books.google.com/books/about/Historia_del_pop_espa%C3%B1ol.html?id=t0EUAQAAIAAJ
- Manrique, D. A. (2013). Jinetes en la tormenta. Espasa. https://www.planetadelibros.com/libro-jinetes-en-la-tormenta/69760
- Agente Provocador. (2016, 28 de septiembre). El ye-yé madrileño que fundó The Beatles. https://www.agenteprovocador.es/publicaciones/andres-moore-the-beatles
- Rodríguez Centeno, J. C. (2020). Rock y violencia en España (1956-1964). Resonancias, 24(47), 83–101. https://resonancias.uc.cl/wp-content/uploads/sites/13/2020/11/Resonancias47.pdf
- Eguizábal Jiménez, L. (2021). La radio musical española de los sesenta y su influencia en el desarrollo de la música popular (Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid). https://eprints.ucm.es/id/eprint/65980/
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