Durante la Primera Guerra Mundial, la Torre Eiffel dejó de ser un simple icono romántico para convertirse en un engranaje militar tan serio como elevado. Entre antenas, cables y uniformes, la estructura metálica funcionaba como atalaya tecnológica para vigilar un cielo que podía llenarse, en cualquier momento, de zepelines o aviones alemanes. París vivía pendiente del horizonte, y cualquier idea que ayudara a anticiparse al enemigo tenía más valor que el propio acero de la torre.
En aquel ambiente de tensión constante, a alguien se le ocurrió un recurso que hoy provocaría carcajadas, pero que en su momento se consideró una solución de lo más sensata: instalar loros amaestrados en lo alto de la torre para que alertaran de la llegada de aeronaves antes de que los ojos humanos pudieran distinguirlas. Contra todo pronóstico, el invento funcionó durante un tiempo.
Una ocurrencia que pasó de extravagancia a experimento serio
La iniciativa no surgió como chascarrillo castrense, sino que quedó registrada en publicaciones de la época. Una revista aeronáutica relató en 1918 que, al principio del conflicto, se recurrió a loros porque eran capaces de avisar hasta veinte minutos antes de que un avión o un dirigible fuese visible u audible para un observador humano. Un margen así permitía coordinar las alarmas, ordenar apagones y movilizar defensas, sin necesidad de recurrir a tecnología que aún estaba lejos de ofrecer un rendimiento fiable.
Detrás de aquella idea había una lógica meridiana. Los loros poseen una audición especialmente sensible, capaz de percibir vibraciones y ruidos que pasan desapercibidos para la mayoría. En hogares y selvas, su reacción suele consistir en chillidos y aspavientos. En tiempos de guerra, esa misma cualidad podía transformar a las aves en detectores vivientes con un rendimiento inesperadamente alto.
Cómo operaba esta peculiar defensa aérea
El procedimiento era sencillo, casi doméstico, pero extraordinariamente útil. Los loros, alojados en jaulas colocadas en puntos altos de la estructura, permanecían bajo la mirada de soldados encargados de interpretar cada sobresalto. Cuando un avión se aproximaba, las aves, mucho antes de que el sonido del motor fuese reconocible, comenzaban a mostrar un nerviosismo inconfundible: alas que batían sin ritmo, chillidos repentinos, movimientos inquietos dentro de la jaula.
Aquella sinfonía estridente servía de primera señal. Los observadores redoblaban su atención, comprobaban el cielo y activaban los protocolos de defensa. De algún modo, aquellas criaturas aladas, sin formación militar alguna, ofrecían un servicio que en ocasiones superaba al de los instrumentos disponibles. Nada de sistemas electrónicos ni dispositivos sofisticados: solo plumas, pico y un oído extremadamente eficaz.
El gran obstáculo: un centinela que no distingue banderas
El entusiasmo inicial empezó a apagarse cuando se hizo evidente un inconveniente insalvable. El loro, por muy dispuesto que estuviera a colaborar, no entendía conceptos como “aliado” o “enemigo”. Para él, cualquier bulto ruidoso que se aproximara al cielo de París era motivo para lanzar una alerta digna del fin del mundo.
Cada avión, independientemente de su origen, desencadenaba la misma reacción de alarma. La torre terminó convertida en un foco de sobresaltos constantes que obligaban a los observadores a descartar avisos una y otra vez. Además, con el paso del tiempo, las aves parecieron perder entusiasmo. Relatos posteriores mencionan que los loros, acostumbrados al ruido y al ajetreo, dejaron de mostrar el mismo ímpetu y, por tanto, su fiabilidad cayó en picado.
El experimento, aunque brillante en su concepción, acabó abandonándose cuando la práctica demostró que un centinela incapaz de discriminar amenazas no podía sostener un sistema de alerta eficaz. El ejército francés volvió entonces a confiar en los métodos tradicionales y en los avances que ofrecía la radio instalada en la torre.
Un ejército acompañado por animales de todo tipo
Los loros no fueron los únicos en prestar servicio involuntario durante la Primera Guerra Mundial. El empleo de animales fue constante y, en muchos casos, decisivo. Las palomas mensajeras, por ejemplo, lograron transmitir información crucial desde zonas de combate y algunas fueron incluso reconocidas por su papel en operaciones de rescate.

Perros entrenados se ocupaban de localizar heridos, mientras mulas y caballos continuaban siendo esenciales para transportar armamento y suministros. Incluso los canarios participaron en labores de detección temprana de gases tóxicos, un cometido tan arriesgado como vital en trincheras donde el aire podía cambiar de un instante a otro. En ese entorno de colaboración forzosa, los loros de la Torre Eiffel representaban una variante especialmente singular, pero respondían a la misma lógica: aprovechar las capacidades naturales de quienes no podían negarse.
De experimento audaz a anécdota histórica
Con los años, el episodio ha quedado relegado al terreno de las curiosidades, citado en libros, artículos y conversaciones como un ejemplo pintoresco de creatividad militar. La documentación disponible es escasa, pero suficiente para situar la historia en un contexto verosímil: un París vulnerable, una torre convertida en cerebro defensivo y un ejército dispuesto a probar cualquier herramienta que ofreciera una ventaja, por inusual que fuese.
Hoy, la imagen de unos loros nerviosos vigilando el cielo desde la estructura más emblemática de la ciudad evoca una mezcla de ternura y desconcierto. Sin embargo, en su momento simbolizó la capacidad humana para recurrir a soluciones inesperadas cuando la amenaza se cierne sobre el horizonte y cada segundo cuenta.
Vídeo: “Loros en la torre Eiffel ??🗼 #shorts”
Fuentes consultadas
- Sanz, J. (2016, 1 diciembre). ¿Para qué se pusieron loros en la Torre Eiffel durante la Gran Guerra? Historias de la Historia. https://historiasdelahistoria.com/2016/12/01/se-pusieron-loros-la-torre-eiffel-la-gran-guerra
- Curistoria. (2006, 7 marzo). Loros vigías (WWI). Curistoria. https://www.curistoria.com/2006/03/loros-vigas-wwi.html
- La Zona Veggie. (2022, 13 mayo). Historia: el uso militar de los animales (Parte II). La Zona Veggie. https://lazonaveggie.com/2022/05/13/historia-el-uso-militar-de-los-animales-parte-ii/
- Muñiz, F. (2025, 5 marzo). Victor Lustig, el falso conde que vendió la Torre Eiffel… ¡dos veces! El café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/victor-lustig/
- Moonraker. (2011, 16 marzo). Parrots on the Eiffel Tower. The Great War (1914–1918) Forum. https://www.greatwarforum.org/topic/161334-parrots-on-the-eiffel-tower/
- Commonplace Fun Facts. (2019, 17 octubre). Parisian Parrots Protect People From Planes. Commonplace Fun Facts. https://commonplacefacts.com/2019/10/17/parisian-parrots-protect-people-from-planes/

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.
Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.






