Hubo una época en la que la modernidad no tenía nada que ver con móviles ni con pantallas gigantes, sino con los aparatos que decoraban la encimera. Entre todos ellos, ninguno reinó con tanta soltura, fue tan presumido ni terminó tan rápidamente condenado al fondo del armario como la yogurtera.
En la España de los setenta y, sobre todo, de los ochenta, poseer una llegaba a rozar el estatus social: si uno no tenía una, al menos escuchaba a alguna madre orgullosa presumir de la suya en cada sobremesa.
Bajo aquella apariencia inocente –tapita transparente, vasitos de cristal y la promesa casi bíblica de yogur casero para toda la familia– se escondía una historia mucho menos amable. La figura que la mayoría señala como su impulsor fue Paul Maria Hafner, antiguo oficial de las Waffen-SS que encontró en la España franquista un santuario cómodo, soleado y lo suficientemente discreto para pasar inadvertido. Un hombre que, según sus propias palabras, nunca dejó de ser un nazi convencido.
El recorrido que sigue en estas líneas mezcla dos relatos: el de la yogurtera como símbolo pop de la vida doméstica ochentera y el de su supuesto inventor, ejemplo perfecto de cómo un pasado siniestro puede camuflarse entre cacerolas, negocios prósperos y una normalidad aparente que pocos se atrevían a cuestionar.
La yogurtera como electrodoméstico pop de los años 80
En los ochenta, la yogurtera no era solo un dispositivo; era una declaración de intenciones. Prometía ahorro, salud y una pizca de ciencia aplicada a la cocina del piso familiar. El mensaje era simple: con un yogur y un litro de leche se podían obtener seis o siete yogures caseros. Una multiplicación láctea que cualquiera podría ejecutar sin más tecnología que un enchufe libre y algo de paciencia.
No resulta difícil evocar la escena: cocina con azulejos marrones o verde oliva, mesa camilla con su hule correspondiente y, al fondo, ese ovni doméstico de plástico blanco o naranja, preparado para convertir leche en merienda. De noche, la luz piloto encendida reforzaba la sensación de misterio: allí dentro “pasaba algo”, aunque nadie supiera muy bien qué.
Testimonios nostálgicos, campañas recientes y recuerdos compartidos coinciden en que la yogurtera fue uno de los aparatos que más arrasaron en España durante la década. Se decía que “triunfaba en todos los hogares”, en parte porque el yogur industrial empezaba a consolidarse como alimento básico, aunque aún no existía el despliegue abrumador de envases y sabores que llenaría los lineales años después.
Su ascenso fue el típico de los objetos que acaban convertidos en icono pop. Primero, artículo aspiracional. Después, regalo habitual en bodas, comuniones o navidades, ese obsequio práctico con el que siempre se quedaba bien. Más tarde, un estorbo que ocupaba espacio. Con los años, reliquia reivindicada como pieza de coleccionista, presente en reportajes nostálgicos y anuncios que apelan directamente a su estética ochentera. Incluso aparece en tiendas de segunda mano señalada como “yogurtera vintage”, lista para una segunda vida.
Por qué parecía que todas las casas tenían una yogurtera
Aquella sensación de omnipresencia no es fruto de la imaginación colectiva. La década de los ochenta fue, sin duda, la edad de oro de las yogurteras tanto en España como en Argentina, dos países donde se convirtió en objeto cotidiano y muy popular.
Los motivos eran simples:
- El yogur industrial no era precisamente barato y tenía una oferta bastante limitada.
- La yogurtera prometía ahorro y una sensación de autosuficiencia muy seductora para toda ama de casa que quisiera modernizar la cocina sin dejarse una fortuna.
- Permitía presumir del clásico “esto lo he hecho yo”, sin necesidad de técnicas complicadas.
En la mayoría de familias se repetía un ritual que hoy parece propio de un museo antropológico del consumo: un yogur “madre”, un litro de leche, los vasitos alineados con precisión y la máquina funcionando durante toda la noche. A la mañana siguiente, los frascos aparecían llenos de yogur casero. A veces natural, a veces con cacao, frutas o azúcar en cantidades que harían temblar a cualquier nutricionista contemporáneo.
Con el paso del tiempo, la yogurtera se ganó su espacio en la memoria sentimental de la generación EGB. Programas de televisión en clave nostálgica, monólogos humorísticos y columnas satíricas la mencionan como uno de esos inventos que “todos tenían pero casi nadie usaba de verdad”.
Décadas después, algunas cadenas de supermercados la han recuperado como atractivo retro. No se vende solo un electrodoméstico: se vende un paquete completo de recuerdo, estética y afecto. Una forma de resucitar algo que muchos daban por enterrado.

Cómo funcionaba la yogurtera (y por qué hipnotizaba tanto)
A pesar de su fama, la yogurtera era un invento de una sencillez casi insultante. Se trataba simplemente de un recipiente calefactor que mantenía la mezcla a unos 40–45 grados durante varias horas. Ese calor suave permitía que las bacterias hicieran su trabajo y transformasen la leche en yogur.
Para el usuario medio, la experiencia era bastante más mágica que técnica. Se volcaba la mezcla en los tarros, se tapaba el invento y, tras una noche entera trabajando, aparecía el resultado: una colección de postres blancos y cuajados que parecían fruto de una alquimia misteriosa. Para muchos niños, aquello era prácticamente ciencia ficción.
Los modelos clásicos de los ochenta compartían características muy reconocibles:
- Cuerpo de plástico, casi siempre blanco o naranja.
- Tapa transparente para poder observar “el milagro”.
- Seis u ocho vasitos de cristal reutilizables.
- Un termostato fijo y, si había suerte, una pequeña luz piloto.
Que su funcionamiento no haya cambiado demasiado en décadas revela su eficacia. Hoy siguen vendiéndose, aunque con diseños estilizados y pantallas digitales, pero las instrucciones son casi idénticas a las de sus predecesoras.
Paul Maria Hafner: del frente del Este a la encimera de la cocina
Y aquí es donde el relato se tuerce. El supuesto inventor de la yogurtera doméstica tal y como se popularizó, o al menos uno de los principales responsables de su explotación comercial, no era un precisamente un entrañable aficionado al mundo de los lácteos. Su nombre era Paul Maria Hafner.
Nacido en el Tirol del Sur en 1923, fue oficial de las Waffen-SS. Estuvo destinado en la 6.ª División de Montaña “Nord” en el frente oriental y estuvo destinado en campos de concentración como Buchenwald y Dachau.
Al terminar la guerra, como muchos otros jerarcas y colaboradores del nazismo, orientó su vida hacia los negocios. Estudió, trabajó con empresas dirigidas por antiguos camaradas y terminó desembarcando en España a mediados de los años cincuenta. Aquí formó una familia, abrió negocios y vivió durante décadas con una comodidad que contrastaba con su pasado. España fue su refugio, un terreno fértil para prosperar y, a la vez, para que su historia quedara convenientemente difuminada.
Varias fuentes apuntan que buena parte de su fortuna procedió precisamente de la yogurtera, un aparato cuyo auge le generó ingresos de vértigo. Él mismo se definía como empresario, inventor y ganadero, orgulloso de haber dado con un producto que encajaba perfectamente con la mentalidad consumista y ahorradora de la nueva clase media española.
Un nazi convencido instalado en su “paraíso”
La personalidad de Hafner saltó al conocimiento público con el documental “El paraíso de Hafner”, estrenado en 2007. Ante la cámara aparece un dinámico anciano, amable a primera vista, dispuesto a enseñar su casa madrileña y a narrar su vida sin filtros. El resultado es escalofriante: Hafner declaraba abiertamente su admiración por Hitler, defendía el nazismo y negaba el Holocausto con absoluta tranquilidad.

El director optó por una estrategia sencilla: dejar que el protagonista hablara. Y hablaba. Mostraba fotos, hacía gestos de saludo nazi sin la menor vergüenza y se permitía todo tipo de comentarios.
La cámara le acompaña en sus quehaceres cotidianos llegando a acudir a una reunión de Fuerza Nueva con la presencia del mismísimo Blas Piñar.
El momento más intenso llega cuando se enfrenta a Hans Landauer, superviviente de Dachau y brigadista internacional. Ver juntos, más de sesenta años después, a víctima y verdugo en un salón madrileño produce un impacto difícil de olvidar.
Mientras Landauer simboliza la memoria del horror, Hafner aparece burlón, negacionista, convencido de su superioridad ideológica. No había rastro de arrepentimiento. Según sus propias palabras, aún soñaba con un “Cuarto Reich”.
Un invento práctico con biografía siniestra
Hoy en día, muchas yogurteras de la época siguen en lo alto de algún armario o dentro de cajas que nadie abre, envueltas en bolsas de plástico que crujen como si protestaran por el olvido. Silenciosas y amarillentas, con el cable enredado y los vasitos aún alineados con disciplina casi militar, parecen simples restos de una moda doméstica que pasó sin hacer ruido. Pero no lo son del todo. Son pequeñas cápsulas de tiempo.
A simple vista solo evocan meriendas, cucharillas golpeando cristal y madres convencidas de estar alimentando mejor a sus hijos. Sin embargo, en su carcasa de plástico laten varias capas de historia: la ilusión tecnológica de los ochenta, la fiebre por el ahorro casero, la transformación de la cocina en laboratorio doméstico… y también la sombra incómoda de quien contribuyó a popularizarlas mientras arrastraba un pasado que muchos prefirieron no mirar de frente.
Vídeo: “El paraíso de Hafner (Hafner’s Paradise, 2007)”
Fuentes consultadas
- Ferri, L. (2024, 4 abril). La yogurtera, un electrodoméstico casi olvidado que te puede ayudar a ahorrar (o a gastar menos). La Nación. https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/la-yogurtera-un-electrodomestico-casi-olvidado-que-te-puede-ayudar-a-ahorrar-o-a-gastar-menos-nid04042024/
- Wikipedia. (2024). Yogurtera. Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Yogurtera
- Wikipedia. (2024). Paul Maria Hafner. Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Paul_Maria_Hafner
- Muñiz, F. (2020, 30 octubre). Adidas versus Puma, crónica de una rivalidad insólita entre hermanos. El Café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/puma-y-adidas/
- Schwaiger, G. (2007). El paraíso de Hafner. Dim Dim Film. https://dimdimfilm.com/project/el-paraiso-de-hafner/?lang=es
- Real Academia de la Historia. (s. f.). Isaac Carasso. Historia Hispánica. https://historia-hispanica.rah.es/biografias/9894-isaac-carasso
- Vídeo: “El paraíso de Hafner (Hafner’s Paradise, 2007)” Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=MugudhOYu8s
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






