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IBM y Franco: donativos, tarjetas perforadas y dictadura

El 4 de enero de 1946, el lector de ABC se topaba, entre avisos piadosos, efemérides y partes oficiales, con una noticia que destacaba por lo insólito del gesto: la todopoderosa IBM anunciaba una “donación de 109.000 pesetas al Caudillo para su distribución entre las clases más necesitadas de España”. El texto, breve y ceremonioso, aclaraba que el dinero venía directamente de la sede neoyorquina de la compañía, como si incluso la distancia transatlántica añadiera un toque de nobleza al asunto.

No era un detalle menor. En plena posguerra española, cuando un trabajador industrial podía aspirar a unas doce pesetas al día y los sueldos mensuales rondaban entre 250 y 280 pesetas, aquella cifra equivalía al esfuerzo conjunto de varios años de trabajo de unos cuantos obreros. Una cantidad perfectamente asumible para una gran empresa, pero extraordinariamente útil para un régimen empeñado en mostrar una fachada de misericordia mientras mantenía a la población sumida en el racionamiento.

La escena se describe sola: Franco, donativo en mano, proclamando actuar “en nombre de los pobres”; la prensa del régimen envolviendo la entrega en solemnidad; e IBM, satisfecha, quedando elegantemente retratada como benefactora en un país políticamente incómodo, pero estratégicamente atractivo para los negocios.

España en 1946: años del hambre y caridad con maquinaria fina

Para calibrar el alcance simbólico de esas 109.000 pesetas conviene asomarse al paisaje social de la época. Estamos en los años del hambre: economía empequeñecida tras la guerra civil, políticas autárquicas sin resultados, cosechas mediocres y un mercado negro que funcionaba con mayor eficacia que el Estado.

Los salarios permanecían deprimidos y los informes oficiales, pese a su tono siempre optimista, no conseguían ocultar las penurias de millones de personas. Un auxiliar de ferrocarril podía ganar siete pesetas al día mientras el precio de un litro de aceite se acercaba peligrosamente a esa misma cifra. Y el salario mínimo apenas superaba las seis pesetas diarias.

En una España marcada por colas interminables, estraperlistas espabilados y cupones que parecían multiplicarse, un donativo que equivalía a cientos de jornales tenía un valor propagandístico colosal. Permitía al régimen presumir de que la “solidaridad exterior” reconocía su labor y, de paso, insinuar que incluso las grandes corporaciones internacionales se inclinaban respetuosamente ante el Caudillo. Lo que sucediera con el reparto real del dinero quedaba, por supuesto, en un segundo plano.

IBM, Franco y las tarjetas perforadas: una amistad anterior al donativo

La donación no fue un gesto aislado ni un capricho repentino de una empresa con alma caritativa. La compañía ya llevaba años cultivando relaciones con gobiernos autoritarios europeos antes y durante la Segunda Guerra Mundial, suministrando máquinas y tarjetas perforadas a administraciones tan diversas como la alemana bajo el régimen nazi, donde aquellas tecnologías se emplearon para censos, transportes y sistemas de clasificación que hoy avergüenzan incluso a quienes estudian el asunto desde la distancia.

En España, varias investigaciones señalan que, en los primeros meses de 1939, IBM vendió unas 700.000 tarjetas perforadas y material especializado al bando franquista justo cuando la guerra civil se acercaba al final. En un tiempo en que la compañía dominaba casi en exclusividad el mercado europeo de tarjetas perforadas, aquel suministro era de un valor estratégico enorme: sin las tarjetas, las máquinas quedaban convertidas en muebles caros e inútiles.

Dado este recorrido, que años más tarde IBM apareciera en ABC como generosa colaboradora del Caudillo no resultaba en absoluto sorprendente. Más bien parecía otro capítulo de una relación mantenida con constancia y pragmatismo mutuo.

1946: aislamiento exterior, pero donativos muy útiles

El año 1946 no era especialmente propicio para que una empresa extranjera demostrara simpatía hacia el régimen franquista. España estaba sometida al aislamiento internacional, la recién creada ONU estudiaba si su gobierno suponía un riesgo para la estabilidad mundial, y el país quedaba fuera de los planes de reconstrucción que impulsaban nuevas alianzas globales.

Aun así, el régimen trataba de romper ese aislamiento como podía. Algunos acuerdos bilaterales, como el celebrado con Argentina ese mismo año, permitieron la llegada de alimentos básicos que mitigaron en parte las penurias. Y cualquier gesto procedente del exterior, por pequeño que fuese, se convertía en un tesoro propagandístico.

ibm y franco

En ese contexto, la donación de IBM operaba como un balón de oxígeno simbólico. Una empresa estadounidense —nacida en la misma nación que lideraba el nuevo orden internacional— mostraba deferencia hacia Franco y le confiaba la distribución de un dinero que en España sonaba casi a fortuna.

Para la compañía, la jugada resultaba barata y potencialmente rentable: mantenía buena sintonía con un gobierno cuya administración necesitaba modernización urgente y que, a medida que pasaran los años, podía convertirse en un cliente interesante.

¿Filantropía genuina o simple maquillaje empresarial?

Podría pensarse que IBM actuó movida por un impulso filantrópico hacia la España empobrecida de la inmediata posguerra. Sin embargo, el análisis histórico sugiere un enfoque mucho más terrenal.

La empresa buscaba asegurar su posición en un país que, aunque atrasado, ocupaba un punto clave en la geografía del Mediterráneo. Enviar el donativo directamente al Jefe del Estado reforzaba vínculos y proyectaba la imagen de una compañía que sabía dónde debía mostrar deferencia para prosperar en el futuro.

Muchos estudiosos ven en gestos como este parte de una tendencia más amplia: grandes empresas occidentales que trabajaban con dictaduras cuando así se les requería, intentando suavizar la incomodidad moral con acciones aparentemente benéficas.

El episodio de las 109.000 pesetas deja una estampa difícil de olvidar: una España exhausta por el hambre, un líder necesitado de reconocimiento y una multinacional que, después de haber abastecido a regímenes autoritarios con tecnología de control, figuraba en las páginas de ABC como benefactora magnánima. Una pequeña nota en la prensa que ilustra con precisión la mezcla de poder, necesidad y cálculo que definió la posguerra franquista.

Fuentes consultadas

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