En septiembre de 1834, mientras Charles Darwin recorría la zona central de Chile anotando todo lo que veía con la precisión de quien sabe que está escribiendo para la posteridad, escuchó una historia que le llamó la atención. Un médico alemán, Renous, había dejado unas cuantas orugas en casa de una joven de San Fernando con la sencilla misión de alimentarlas hasta que les diera por transformarse en mariposas. Un encargo inocente, casi doméstico, que en cualquier gabinete científico europeo habría pasado inadvertido, pero que allí se convirtió en un chisporroteante rumor. Entre clérigos inquietos y autoridades que no querían sustos, la cosa terminó con el bueno de Renous detenido nada más poner un pie de vuelta en la casa. Darwin lo anotó con la serenidad del viajero que entiende que no todo el mundo convive igual con la ciencia.
Ciencia en zapatillas frente a las alarmas del vecindario
El episodio sirve como lupa sobre dos tensiones muy del siglo XIX chileno. Por un lado, la fragilidad del prestigio científico cuando llegaba desde fuera, envuelto en acentos europeos y modales de laboratorio. Por otro, la habilidad casi mágica de la curiosidad para volverse sospechosa en cuanto se sale media pulgada de la norma. Y eso que por entonces naturalistas como Claudio Gay o Philippi ya trabajaban en el país; aun así, muchas comunidades provinciales miraban con recelo a quienes coleccionaban insectos, diseccionaban animales o declaraban, sin temblar el pulso, que aquello tenía un fin académico. A ojos de la población local, tanta manipulación de bichos sonaba más a brujería que a ciencia, y eso siempre encendía alguna alarma.
Cuando una oruga te convierte en enemigo del orden
Para entender el revuelo, basta recordar dos factores que Darwin, con su ojo clínico, captó de inmediato. El primero: la asimetría de información. El naturalista era, para muchos vecinos, un personaje extraño con una relación demasiado íntima con la naturaleza. A veces parecía que estos viajeros sabían cosas que el resto ignoraba y, como suele ocurrir, lo desconocido se llenaba con imaginación. El segundo factor era institucional. La Iglesia y las autoridades civiles se sentían garantes del orden moral del lugar, así que cualquier gesto que sonara a desviación doctrinal se cortaba de raíz. Las orugas de Renous, sin pretenderlo, quedaron atrapadas en ese cruce entre prudencia, miedo y vigilancia mutua que caracterizaba a la vida pública de la época.
Renous según Darwin: ni héroe ni villano, solo un científico distraído
Darwin no exagera en su relato ni dramatiza el episodio; simplemente lo registra. No ofrece detalles judiciales ni se recrea en la suerte del alemán. Se limita a explicar que el rumor corrió, que los sacerdotes debatieron sobre la posible herejía y que el gobernador, para no quedarse atrás, tomó medidas. Renous aparece así como una figura borrosa pero reveladora: un ejemplo práctico de lo que sucede cuando una práctica científica, normal en un contexto, aterriza en otro con códigos completamente distintos. En sus páginas no hay morbo, solo la observación fría de un mecanismo social en acción.
Unas mariposas, un gobernador y un aire de sainete
La escena, vista con distancia, tiene algo de sainete involuntario. Basta imaginar a un grupo de autoridades discutiendo muy seriamente si unas orugas en una caja podían ser herramienta del Maligno o si aquello era solo un capricho de europeo excéntrico. Darwin, que sabía captar lo pintoresco sin desprenderse de su seriedad científica, registró la historia con una media sonrisa. En San Fernando, aquel incidente circuló durante años como ejemplo de cómo una comunidad puede reaccionar con un celo casi heroico ante lo que, en realidad, era un simple experimento natural. Quedaron incluso anécdotas locales sobre la sorpresa generalizada ante el revuelo.
La moraleja que nadie pidió, pero que ahí queda
La historia de Renous y sus orugas demuestra que la ciencia nunca llega sola: aterriza acompañada de contextos, prejuicios, temores y expectativas. En el Chile del siglo XIX, esa mezcla podía traducirse en sospechas casi automáticas. No era tanto el insecto lo que asustaba, sino la incertidumbre sobre las intenciones detrás de él. Renous pagó el precio de introducir, sin quererlo, una pieza de modernidad en un tablero que no estaba preparado para encajarla. Y Darwin, siempre atento, convirtió aquella anécdota en prueba silenciosa de cómo la conciencia social puede transformar un gesto mínimo en un pequeño terremoto.
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Fuentes consultadas
- Darwin, C. (1921). Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo (Tomo II, p. 41). Calpe. https://es.wikisource.org/wiki/P%C3%A1gina%3ACharles_Darwin_-_Diario_del_viaje_de_un_naturalista_alrededor_del_mundo_-_Tomo_II.djvu/41
- Gay, C. (1846). Historia física y política de Chile: según documentos adquiridos en esta república durante doce años de residencia en ella (Vol. I). Memoria Chilena. https://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-8998.html
- Baeza, R. S. (2009). Geografía y nación. Claudio Gay y la primera representación. Estudios Geográficos. https://estudiosgeograficos.revistas.csic.es/index.php/estudiosgeograficos/article/view/117
- Schell, P. A. (2019). Natural history values and meanings in nineteenth-century Chile. Notes & Records of the Royal Society of London, 73(1), 101–124. https://doi.org/10.1098/rsnr.2017.0051
- Diario VI Región. (2020, 15 septiembre). Charles Darwin a 186 años de su paso por San Fernando y la provincia de Colchagua. https://www.diarioviregion.cl/index.php/77-columnas-y-articulos/13570-charles-darwin-a-186-anos-de-su-paso-por-san-fernando-y-la-provincia-de-colchagua
- Céspedes, F. D. (s. f.). Claudio Gay y los inicios de la historia natural de Chile [PDF]. Academia.edu. https://www.academia.edu/34918671/Claudio_Gay_y_los_inicios_de_la_historia_natural_de_Chile
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






