Las llamadas tierras raras podrían pasar por un artefacto literario propio de una novela con máquinas de vapor y engranajes, aunque en realidad no tienen nada de ficción. Este grupo está formado por 17 elementos químicos muy concretos: los 15 lantánidos que desfilan juntos en la tabla periódica, desde el lantano hasta el lutecio, más dos acompañantes habituales, el escandio y el itrio, que suelen aparecer en los mismos minerales como quien no quiere perderse la fiesta.
A simple vista parecen modestos, pero comparten tal parecido de familia que cuesta horrores separarlos. No son especialmente escasos en la corteza terrestre, pero sí están tan diseminados y en cantidades tan pequeñas que extraerlos exige más constancia que suerte. La minería que los rodea se parece menos a descubrir tesoros ocultos que a tamizar montañas enteras con la esperanza de sacar unos gramos útiles.
El nombre, además, induce a malentendidos. Aquello de “tierras” era el modo antiguo de referirse a ciertos óxidos metálicos, y “raras” no porque no existieran, sino porque aparecían en minerales poco corrientes y muy difíciles de procesar en tiempos en los que el laboratorio era más artesanía que industria. Hoy se sabe que algunos de estos elementos son tan abundantes como metales de uso común, aunque siguen siendo “raros” en un sentido práctico: cuesta extraerlos, depurarlos y obtenerlos en volúmenes que permitan sostener los caprichos tecnológicos de la época sin dejar un paisaje irreconocible.

Entre sus nombres, casi todos discretos, se esconden pilares de la vida moderna: neodimio, praseodimio, samario, europio, terbio, disprosio… Cada uno aporta un truco inesperado al repertorio colectivo: magnetismos capaces de mover motores eléctricos, fluorescencias que iluminan pantallas, estabilidad térmica suficiente para aplicaciones extremas o habilidades para actuar como catalizadores en procesos industriales que exigen precisión absoluta.
Propiedades: por qué medio mundo depende de unos gramos de lantánidos
El encanto —y la dependencia global— de las tierras raras tiene que ver con sus singulares propiedades magnéticas, ópticas y electrónicas. Gracias a ellas, un imán corriente puede convertirse en una fuerza de la naturaleza, una pantalla puede desplegar colores vibrantes sin devorar energía y un rayo láser puede transformarse en una herramienta quirúrgica o militar de exactitud impresionante.
En el terreno del magnetismo, elementos como el neodimio, el praseodimio, el samario, el disprosio y el terbio forman la espina dorsal de los imanes permanentes más potentes fabricados en serie. De su fuerza depende que los motores eléctricos sean compactos y eficientes, que las turbinas eólicas generen energía sin necesidad de enormes engranajes y que los discos duros almacenen datos en espacios cada vez más reducidos. Sin ellos, la transición energética avanzaría con torpeza y ocuparía un volumen mucho mayor.
En el ámbito óptico, el europio, el terbio y el itrio aportan los rojos intensos, los verdes brillantes y los fósforos responsables de que los dispositivos conviertan la radiación ultravioleta en luz visible. Cada vez que una pantalla ofrece colores vibrantes sin derretir la batería, la coreografía silenciosa de estos elementos está funcionando en segundo plano.

Desde una perspectiva química, el lantano y el cerio desempeñan papeles poco vistosos pero cruciales. Ambos son esenciales en catalizadores de automoción que reducen emisiones contaminantes, así como en procesos de refino de petróleo que mejoran la eficiencia de los combustibles. Su presencia evita que los tubos de escape sean más nocivos de lo que ya son.
Añádase a la escena el escandio, que combinado con aluminio crea aleaciones extraordinariamente ligeras y resistentes utilizadas en el sector aeroespacial, y el itrio, protagonista habitual en ciertos láseres médicos y sistemas ópticos de vanguardia. Juntos forman un completo estuche de herramientas para la tecnología contemporánea.
Dónde están: minas, mapas y un claro ganador llamado China
El reparto mundial de estas materias primas tiene un aire de paradoja. Aunque se encuentran en diferentes países, la extracción y, sobre todo, el refinado acaban concentrándose en un puñado de actores. Y uno sobresale con claridad: China.
Las estimaciones más aceptadas señalan que entre un 60 y un 70 % del total mundial extraído sale de territorio chino. En 2024, su peso en el mercado rondaba el 69 % del mineral producido, una cifra que deja poco margen a dudas sobre su dominio.
Pero su ventaja no termina ahí. China controla buena parte de los procesos de separación y refinado, además de la fabricación de imanes permanentes que alimentan motores eléctricos, generadores eólicos y equipos electrónicos. En algunos eslabones de la cadena supera con holgura el 80 % de la producción mundial, lo que convierte a cualquier país dependiente en rehén de sus decisiones industriales.
Uno de los yacimientos más emblemáticos es Bayan Obo, en Mongolia Interior, considerado el mayor del mundo en su categoría. Allí se extraen cantidades enormes de cerio, neodimio, samario y otros lantánidos, que luego viajan a Baotou, ciudad convertida prácticamente en la capital planetaria de las tierras raras.
Fuera de China también hay actividad destacada, sobre todo en Estados Unidos, Myanmar, Australia y, en menor medida, Brasil, India o Vietnam. Sin embargo, en muchos casos los concentrados minerales terminan enviándose a instalaciones chinas para su procesado, reforzando la influencia de Pekín.
Europa, mientras tanto, trata de subirse al tren con cierto retraso. Hay proyectos en marcha en Escandinavia y Europa central, pero su aportación global es mínima. Esta escasez ha encendido las alarmas y ha impulsado nuevas estrategias para diversificar proveedores y reducir una dependencia que incomoda tanto a economistas como a estrategas militares.
Del neodimio al itrio: usos cotidianos que no parecen tan cotidianos
Si alguien tuviera la paciencia de desmontar un móvil, un vehículo eléctrico y un aerogenerador, descubriría que las tierras raras están escondidas en rincones muy concretos de todos ellos. No se anuncian, no llevan etiquetas brillantes, pero sin su presencia silenciosa la vida tecnológica daría un salto atrás considerable.
El neodimio y el praseodimio comandan la fabricación de imanes extraordinariamente potentes usados en motores de alta eficiencia. Se encuentran también en auriculares, discos duros, drones y en toda clase de dispositivos donde el espacio disponible es un bien escaso.
El samario aporta resistencia al calor en aplicaciones extremas, desde motores de aviación hasta misiles guiados. El disprosio y el terbio se añaden en cantidades mínimas para asegurar que los imanes no se debilitan cuando las temperaturas alcanzan niveles críticos.
En cuanto a las pantallas, el europio y el terbio dan vida a colores intensos, mientras que el itrio actúa como soporte químico para fosfores que transforman la luz invisible en tonalidades visibles. La épica del marketing suele atribuir estos logros a sofisticados algoritmos de imagen, pero en el fondo son los lantánidos quienes pintan la escena.
En los lugares menos glamurizados del proceso industrial, el lantano y el cerio se encargan de pulir lentes, mejorar la visibilidad o facilitar reacciones químicas en motores y refinerías. Las cámaras fotográficas de alta gama utilizan compuestos basados en lantano para conseguir nitidez adicional y reducir aberraciones.
Incluso el prometio, radiactivo y escaso, tiene su pequeño papel en baterías muy específicas que requieren una fuente de energía estable durante largos periodos. Es la oveja rara de la familia, pero completa el repertorio de usos que hacen de este grupo una pieza indispensable del engranaje tecnológico.
El coste oculto: minería sucia, lagos tóxicos y comunidades sacrificadas
La cara menos amable de las tierras raras se reconoce en cuanto se observa el impacto ambiental de su explotación. Extraer y procesar estos elementos deja tras de sí una cantidad enorme de residuos, muchos de ellos tóxicos e incluso radiactivos, debido a su baja concentración en los minerales originales y a su asociación con elementos como el torio.
Para obtener una sola tonelada de estos elementos pueden generarse miles de toneladas de desechos, que terminan acumulándose en balsas de lodos. A veces se filtran al subsuelo, a veces se evaporan por acción del viento, y casi siempre dejan un rastro difícil de reparar.
Baotou, en Mongolia Interior, es el ejemplo más citado. Cerca de sus instalaciones industriales se extiende un lago artificial de lodos negros formado por los residuos del procesado de tierras raras. Su existencia ha contaminado agua y suelo, afectando a la salud y la economía de las comunidades rurales que rodean la zona.
Las investigaciones en la región muestran problemas respiratorios, mayor incidencia de ciertos tipos de cáncer y pérdidas agrícolas que obligan a abandonar tierras. La imagen de progreso que se asocia a los coches eléctricos o los aerogeneradores contrasta con este cinturón de sacrificio ambiental que rara vez se menciona fuera de los informes técnicos.
La contradicción resulta evidente. Estos elementos son esenciales para impulsar energías limpias, pero su extracción mantiene patrones de contaminación que recuerdan a viejas prácticas industriales. Buena parte del coste ecológico se concentra lejos de los países que se benefician del producto final, lo que alimenta un debate global sobre justicia ambiental.
Geopolítica de los imanes: cuando un teléfono vale más que un barril de petróleo
Con este panorama, las tierras raras se han convertido en un recurso estratégico de primera magnitud. No generan la expectación mediática del petróleo, pero sostienen una enorme variedad de industrias críticas, desde la defensa hasta la electrónica de consumo.
China lo sabe y ha jugado sus cartas con habilidad. Además de producir la mayor parte del mineral, domina el refinado y el sector de imanes permanentes, lo que le otorga un poder negociador notable. No es casualidad que en momentos de tensión comercial haya limitado temporalmente la exportación de ciertos compuestos clave.
Mientras tanto, el mercado global crece con rapidez. En 2024 se estimaba que movía miles de millones de euros y que en la próxima década podría triplicar su valor impulsado por la demanda de tecnologías más eficientes.
La Unión Europea observa esta realidad con preocupación y ha decidido intervenir. Concentra la mayor parte de sus compras de imanes permanentes en China y, consciente de su vulnerabilidad, ha movilizado fondos para diversificar socios, potenciar minas y plantas de procesado y mejorar el reciclaje en territorio europeo.
Su meta es ampliar la autonomía estratégica y evitar que el corazón tecnológico del continente dependa de factores externos imposibles de controlar. La misma inquietud recorre Estados Unidos y otros actores globales, que ya están invirtiendo en minas, centros de separación y fábricas de imanes.
Pese a ello, las previsiones indican que el mundo seguirá dependiendo de China durante bastante tiempo, sobre todo en lo relativo a elementos pesados como el disprosio y el terbio, indispensables en aplicaciones donde el calor destruye cualquier alternativa más barata.
Reciclaje, sustitución y otros intentos de no seguir cavando
Ante desajustes tan marcados entre demanda y oferta, el reciclaje aparece como la vía más sensata. Sin embargo, la realidad actual es desalentadora: apenas se recupera una fracción diminuta de estos materiales, debido a la complejidad de separarlos y a la dificultad de obtener cantidades significativas a partir de residuos.
Aun así, comienzan a observarse avances importantes. Equipos científicos en diferentes países han diseñado métodos más limpios y eficientes para separar estos elementos, reduciendo el uso de agua y productos corrosivos. Algunas investigaciones incluso han demostrado que es posible recuperar europio y otros lantánidos de antiguas lámparas y componentes electrónicos mediante procesos más sostenibles.
Empresas especializadas están montando plantas capaces de extraer tierras raras de chatarra electrónica, motores y discos duros desechados. Apuestan por aprovechar ese “yacimiento urbano” que genera la sociedad tecnológica, donde cada hogar acumula dispositivos que terminan convertidos en basura.
En paralelo, los laboratorios de materiales intentan reducir la dependencia de elementos especialmente críticos. Algunas técnicas permiten limitar la cantidad necesaria de disprosio y terbio en imanes de alto rendimiento. Otras líneas de investigación prueban imanes que emplean cerio o lantano, más abundantes, e incluso compuestos sin tierras raras que podrían sustituir a los actuales en ciertas aplicaciones.
A pesar de todo, la demanda crece empujada por la electrificación del transporte, el auge de las energías renovables y la automatización industrial. Las previsiones señalan que, si no se acelera tanto la minería como el reciclaje, el suministro resultará insuficiente en apenas una década.
Se podría decir —sin necesidad de escribirlo expresamente— que el mundo ha desarrollado un apego inesperado a unos pocos gramos de elementos casi desconocidos. Las tierras raras sostienen la modernidad tecnológica y militar, impulsan la transición energética y, al mismo tiempo, obligan a reconocer las contradicciones de una “tecnología verde” que depende de procesos industriales poco limpios. Quien mire su teléfono después de leer sobre ellas quizás intuya que, entre la mina y el bolsillo, se esconde una historia compleja que rara vez encuentra espacio en el escaparate digital.
Vídeo: “Minería de tierras raras en España”
Fuentes consultadas
- Torres Muñoz, R. (2016, 23 de noviembre). Tierras raras (Rare Earths). Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, Departamento de Estudios, Extensión y Publicaciones. https://obtienearchivo.bcn.cl/obtienearchivo?id=repositorio%2F10221%2F23720%2F2%2FInforme+Tierras+Raras.pdf
- Prego Reboredo, R. (2022). Las tierras raras, una pieza clave en el puzle de la energía. bie3: Boletín IEEE (Instituto Español de Estudios Estratégicos), 26, 311-373. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9050395
- Observatori del Deute en la Globalització (ODG), Atlas de Justicia Ambiental, Institute for Policy Studies, & CRAAD-OI. (2023). Mapa de los impactos y los conflictos de las tierras raras: Retos para una transición verde y digital. https://odg.cat/wp-content/uploads/2023/11/Mapa-impactos-conflictos-tierras-raras.pdf
- Muñiz, F. (2025, 20 de julio). Zetta: la oveja negra de los móviles españoles. El Café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/movil-zetta/
- Consejo de la Unión Europea. (2024, marzo). Un Reglamento de la UE sobre materias primas fundamentales para el futuro de las cadenas de suministro de la UE. https://www.consilium.europa.eu/es/infographics/critical-raw-materials/
- Feás, E., & Arnal, J. (2024, 11 de abril). Materias primas fundamentales en la Unión Europea: 10 recomendaciones para mejorar la contribución de la industria española. Real Instituto Elcano. https://www.realinstitutoelcano.org/analisis/materias-primas-fundamentales-en-la-union-europea/
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






