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Shaka Zulu y el duelo más excesivo de la historia: cuando llorar poco era letal

El Napoleón de las llanuras africanas (con lanzas en vez de cañones)

Shaka Zulu no fue simplemente un jefe tribal con ínfulas. No, señor. Fue más bien un innovador militar, un reformista sociopolítico a golpe de macana, y, ya puestos, un dramático de campeonato con alma shakespeariana. Nació hacia 1787 y, tras una infancia que ningún terapeuta podría arreglar, acabó forjando el Imperio zulú a base de disciplina, sangre y una creatividad bélica digna de diseñador de videojuegos.

Inventó, por ejemplo, la “iklwa”, una lanza corta y afilada diseñada para matar de cerca, ideal para esos enfrentamientos cuerpo a cuerpo donde uno puede mirar a los ojos del enemigo… o del primo que no lloró lo suficiente en el funeral de tu madre. Porque, si algo definió a Shaka, más allá de sus reformas militares, fue su inconmensurable devoción filial. O, dicho sin tanto eufemismo: su pérdida de cordura absoluta tras la muerte de su madre, Nandi.

Nandi: la madre, la diosa, la excusa

Para entender el desmadre post mortem, conviene conocer a Nandi, una figura que en la vida del monarca zulú ocupó el espacio de madre, musa y posiblemente asesora espiritual. Cuando murió en 1827, Shaka no solo se derrumbó; se desmoronó con efectos colaterales masivos. Declaró el duelo nacional más severo que se recuerde fuera de los guiones de tragedia griega.

Durante un año quedó prohibido plantar cultivos. Porque, claro, ¿quién necesita comida cuando hay pena que rumiar? La leche de las vacas, símbolo de vida y nutrición, fue directamente vertida al suelo. ¿Para qué alimentar bocas si Nandi ya no estaba? Y lo mejor: ordenó sacrificar a todas las vacas preñadas para que los terneros “entendieran” lo que es perder a una madre. Si en este punto uno siente un escalofrío, tranquilo, no está solo.

El embarazo, ese crimen imperdonable

En el reino del luto perpetuo de Shaka, quedar embarazada era una afrenta personal, una especie de traición uterina a la memoria de Nandi. ¿El castigo? Ejecución inmediata. La mujer y su compañero. Nada de juicios ni apelaciones; no había tiempo para tribunales cuando se trataba de preservar la pureza del dolor.

Para los que no se deshicieron en llanto, ni se flagelaron públicamente, también había premio: la muerte. Según el historiador Donald Morris, al menos 7.000 personas fueron ejecutadas por no exteriorizar el luto con el nivel de intensidad que exigía el dictador del corazón roto. ¿No hiciste una elegía en verso? Al hoyo. ¿Te pillaron sonriendo? También. ¿Te faltó una lágrima? Más te valía haber aprendido a llorar como actor de telenovela.

El ocaso del rey del llanto

Este exceso emocional, camuflado de devoción materna, acabó minando la imagen y la estabilidad de Shaka. Los propios zulúes, hartos de tanta tragedia obligatoria, comenzaron a verlo más como una amenaza que como un héroe nacional. Y así, en 1828, sus propios medio hermanos, Dingane y Mhlangana, lo asesinaron, cerrando el capítulo más surrealista del duelo institucional africano.

Su legado militar y político es innegable. Transformó un pequeño clan en un imperio temido por británicos, bóeres y todo el que osara interponerse. Pero el luto por su madre, ese luto faraónico con toque gore, permanece como una de las páginas más desconcertantes de la historia africana. Porque una cosa es amar a tu madre, y otra montar un apocalipsis nacional por su muerte.


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Shaka Zulu
  • Ritter, E.A.(Autor)

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Fuentes consultadas

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