Hubo un día, no tan lejano, en el que un talco derrotó a todos los candidatos humanos en unas elecciones municipales. Tal cual. Y pasó en Ecuador. Porque hay momentos en que el electorado, hastiado de promesas rancias y discursos reciclados, opta sin rubor por el alivio mentolado de un desodorante eficaz antes que por la liturgia gastada de la política tradicional.
Picoazá: un pueblo, una urna, un talco
Nos situamos en 1967, en la pintoresca y polvorienta localidad de Picoazá, en la provincia ecuatoriana de Manabí. No es que fuera una metrópolis, pero tenía lo suficiente para montar elecciones municipales: vecinos, papeletas, candidatos y un hartazgo político digno de estudio antropológico.
En este contexto apareció Pulvapies, una marca de talco para pies que decidió lanzarse a lo grande con una campaña publicitaria que, sin saberlo, iba a hacer historia.Y lo hizo con una audacia sin complejos: presentándose como candidato a alcalde.
Publicidad creativa o golpe de Estado aromático
La estrategia fue radicalmente simple. Radicalmente brillante. Mientras los candidatos humanos se debatían entre promesas vagas y discursos eternos, Pulvapies optó por el humor, la ironía y el marketing directo. Entre sus lemas más sonados estaban:
- “Vote por cualquier candidato, pero si quiere bienestar e higiene, vote por Pulvapies.”
- “Para alcalde: Honorable Pulvapies.”

El ingenio publicitario se desplegó en anuncios y altavoces montados en camiones, que recorrían el pueblo anunciando las bondades del talco con insistente contundencia. Incluso se llegó a repartir un boletín titulado El Pulvapies Ilustrado, que mezclaba sátira, recomendaciones higiénicas y una buena dosis de autopromoción.
Y entonces, el milagro democrático sucedió: el pueblo votó en masa por el talco.
¿Error, sabotaje o legítimo cansancio del electorado?
Los informes de la época señalan que Pulvapies fue, con diferencia, el “candidato” más votado. Lo curioso es que ni siquiera estaba en la lista oficial. Pero claro, en aquel entonces, las papeletas eran papelitos en blanco donde el votante escribía el nombre de su elegido a mano. Y vaya si escribieron.
La pregunta inevitable es: ¿fue una broma colectiva? ¿Una protesta silenciosa? ¿Una campaña demasiado buena para no tomársela en serio? Sea como sea, lo cierto es que Pulvapies ganó. No asumió el cargo, claro está, pero se alzó como símbolo de una desconfianza popular que prefería un producto antifúngico antes que a un político de carne y hueso.
El talco que inspiró tesis y carcajadas
Décadas después, la historia ha sido recogida y divulgada en tesis universitarias, artículos periodísticos e incluso manuales de publicidad creativa. Se ha convertido en una suerte de parábola profana sobre hasta dónde puede estirarse la publicidad, cuánto pesa la ironía en las urnas y qué filo conserva todavía la sátira cuando se la toma en serio. Porque, rindámonos, cuando un pueblo vota mayoritariamente por un talco para pies, no es que se haya vuelto loco: es que está diciendo mucho sin decir nada.

Cabe destacar que el talco Pulvapies siguió vendiéndose como churros durante años gracias a aquel episodio que mezcló marketing, hartazgo ciudadano y un pellizco de sorna colectiva. La marca no necesitó encuestas ni sondeos a pie de urna: el mercado habló con la contundencia de un escrutinio incontestable.
Nunca volvió a postularse a ningún cargo, tal vez por modestia empresarial, tal vez por prudencia estratégica. Y, hasta donde alcanza la memoria hemerográfica, no se le conocen casos de corrupción, sobres bajo la mesa ni tramas de financiación opaca. Como mucho, algún exceso de fragancia mentolada.
Lo verdaderamente revelador no fue que un talco ganara votos, sino que miles de papeletas llevaran escrito su nombre con pulso firme. Aquello no fue solo una anécdota pintoresca; fue una sátira colectiva convertida en resultado electoral. Una manera elegante de expresar desencanto.
Mientras el resto de aspirantes prometían progreso, asfaltado y prosperidad, Pulvapies ofrecía algo mucho más tangible: bienestar inmediato y pies secos. La higiene resultó más convincente que el programa político.
Y así, en aquel rincón tropical de Sudamérica, un bote de talco se convirtió en alcalde oficioso, ídolo popular y leyenda de la propaganda electoral. No gobernó, no firmó decretos ni inauguró plazas, pero dejó una enseñanza incómoda y deliciosa a partes iguales: cuando la política pierde credibilidad, hasta el envase más humilde puede ocupar su lugar simbólico.
Fuentes:
- Pulvapies. (s.f.). Nuestra historia. Pulvapies. https://www.pulvapies.ec/nuestra-historia
- Mikkelson, D. (2006, 1 de febrero). Was a Mayoral Election Won by a Foot Powder? Snopes. https://www.snopes.com/fact-check/political-podiatry/
- Reeves, J. F. (2015). Famous Amateurs in a Professional’s Race: The Causes and Consequences of Celebrity Politics (Doctoral dissertation, University of California, San Diego). UC San Diego eScholarship. https://escholarship.org/uc/item/2660r71k
- Guinness World Records. (s.f.). Most votes for a pharmaceutical product in a political campaign. https://guinnessworldrecords.com/world-records/85429-most-votes-for-a-pharmaceutical-product-in-a-political-campaign
- Lapham’s Quarterly. (s.f.). Dark Horse Candidates. https://www.laphamsquarterly.org/democracy/charts-graphs/dark-horse-candidates
- Wikipedia contributors. (s.f.). Picoazá. In Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Picoaz%C3%A1
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






