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La operación Steinach: un bisturí contra la decrepitud (o así se prometía)

La cirugía que prometía devolver la juventud

A comienzos del siglo XX, cuando la ciencia olía todavía a formol y a entusiasmo ilimitado, un médico vienés llamado Eugen Steinach tuvo una ocurrencia que, en su sencillez, parecía casi mágica: devolver a los hombres la energía, el deseo y, por arte de laboratorio, una segunda juventud. La idea no tardó en viajar desde los pasillos universitarios hasta los salones más lujosos, los periódicos sensacionalistas y los despachos privados de actores y millonarios. Hombres insatisfechos con el paso del tiempo o con una libido que ya no obedecía horarios, encontraron en aquel procedimiento una promesa más fiable que cualquier elixir de eterna juventud. La literatura médica lo recuerda como un gesto quirúrgico cargado de simbolismo; la prensa popular, como una moda quirúrgica de dientes apretados y esperanzas mal suturadas.

El fundamento de la operación se apoyaba en la endocrinología emergente: Steinach postulaba que si el descenso de energía en el hombre adulto era consecuencia de una menor actividad hormonal testicular, tal vez bastaba con estimular la glándula para incrementar la producción de testosterona o, al menos, alterar el equilibrio entre espermatogénesis y secreción hormonal. Nada de castraciones dramáticas ni trasplantes de ciencia ficción: la técnica consistía esencialmente en una vasoligadura unilateral —una especie de media vasectomía— que, según la teoría, obligaría al testículo restante a producir más hormonas. Una operación que duraba minutos y prometía resultados de meses: vigor renovado, libido aumentada, mejor tono muscular y, la joya de la corona, un retorno a la creatividad juvenil.

Cómo se hacía (y cómo se contaba)

Para la cirugía de la época, la técnica era relativamente sencilla: localizar los conductos, ligar uno de los dos, cerrar y dar el alta. En términos más técnicos, Steinach hablaba de “autoplasticidad”, la capacidad del organismo para reorientar funciones, y apoyaba su trabajo en experimentos y observaciones que intentaban vincular la intervención con cambios fisiológicos y psicológicos. En la prensa, sin embargo, la operación se vendía como un milagro: “¡Lo hizo Steinach y volvió a ser joven!”. Los libros de divulgación y los periódicos relataban hombres que recuperaban la energía, el apetito sexual e incluso la alegría. La realidad clínica, como siempre, era más compleja: algunos pacientes notaban mejoras, otros no percibían cambio alguno, y algunos atribuían cualquier efecto a la sugestión, al placebo o a la simple atención médica recibida.

Eugen Steinach

Cabe subrayar que el objetivo declarado no era esterilizar: la intención era terapéutica, no contraceptiva. Aun así, el procedimiento se convirtió en sinónimo de extravagancia médica y, como todo fenómeno cultural, inspiró imitaciones de diversa coherencia y éxito económico. La palabra “steinach” llegó a usarse coloquialmente entre médicos y periodistas: “haber sido steinazado” se convirtió en etiqueta de prestigio y, al mismo tiempo, de temeridad.

Celebridades y marketing médico: Yeats, actores y millonarios

Toda moda médica que se precie necesita nombres resonantes. Entre quienes se sometieron al procedimiento —o fueron asociados con él por los medios— figuraron poetas, actores y magnates que buscaban en la ciencia una reparación estética o existencial. W. B. Yeats, por ejemplo, tras someterse a una intervención vinculada con la técnica Steinach, atravesó un período de creatividad intensa que las biografías literarias no dudan en relacionar con su “segunda pubertad”, aunque los historiadores advierten que la relación causa-efecto es más compleja y que el propio poeta adoraba mitificar su vida. Sea como fuere, la operación alimentó la fama mediática del procedimiento.

No fue solo un fenómeno literario: el cirujano Serge Voronoff, con sus injertos testiculares de primates, y figuras como Victor Blum o Robert Lichtenstern configuraron un panorama en el que endocrinología incipiente y espectáculo se mezclaban con sorprendente facilidad. Las clínicas ofrecían resultados prometedores; los periódicos narraban transformaciones; y algunos médicos, convencidos de verdad, se convirtieron en gurús. Los escépticos no faltaron —médicos y periodistas que veían en el fenómeno un efecto psicológico más que biológico—, pero la combinación de autoridad científica y celebridad mediática creó un mercado sólido.

¿Funcionaba? Entre hormonas, mitos y placebo

La pregunta que menos agradaba a los vendedores de milagros era, naturalmente, si la operación rejuvenecía de verdad. La respuesta, objetiva y desapasionada, es que en algunos casos hubo mejoras subjetivas: más energía, mayor deseo sexual, sensación de bienestar. Pero la evidencia tangible era escasa. Estudios y revisiones históricas muestran que muchos de los efectos atribuidos al procedimiento se explicaban por factores no quirúrgicos: atención hospitalaria, cuidados médicos, sugestión del paciente, cambios de estilo de vida o la sensación de ser el centro de un experimento. La endocrinología de la época no podía medir con precisión los cambios hormonales. Así, la operación fue perdiendo prestigio científico conforme la endocrinología profesionalizaba sus métodos.

Un detalle crucial: la intervención no fue del todo inútil. Las observaciones de Steinach sobre la relación entre testículos, hormonas y rasgos sexuales secundarios contribuyeron al desarrollo posterior de la endocrinología moderna y a terapias hormonales legítimas. Sin embargo, la promesa de una “segunda juventud” mediante una ligadura unilateral quedó desacreditada por su falta de consistencia y reproducibilidad.

Anécdotas y comparaciones para situarse en la época

Imaginemos un salón europeo en 1925: hombres con sombrero alto, perfumes caros, fotógrafos y periodistas esperando la entrada de una celebridad “restaurada” por la ciencia. La operación Steinach encajaba en este teatro porque ofrecía una narrativa sencilla: un gesto técnico, resultados visibles y la ilusión de que la ciencia podía detener el reloj. La situación recuerda otros episodios históricos en los que la tecnología médica se convirtió en espectáculo: dietas milagro, tratamientos de belleza instantánea, suplementos que prometen resolver problemas complejos con una sola pastilla. En todos estos casos se repite un patrón: la sed humana de soluciones fáciles, la narrativa cuidadosamente construida por vendedores y la lenta llegada de la evidencia, que siempre tarda más que la noticia.

Desde un punto de vista técnico, la operación Steinach es a la endocrinología lo que ciertos trucos publicitarios son a la nutrición: un recorte de la realidad que se apoya en un hecho verdadero (las hormonas influyen en el comportamiento) para construir una promesa desmesurada (rejuvenecer con una ligadura). En ese sentido, fue pedagógica: enseñó a la sociedad la importancia de las hormonas y sembró la semilla de terapias hormonales futuras.

Legado científico y ético

Con perspectiva histórica, la operación Steinach deja un doble legado: por un lado, ayudó a visibilizar la endocrinología y a reflexionar sobre la relación entre glándulas y conducta; por otro, dejó lecciones sobre los riesgos de aplicar de manera prematura teorías experimentales a personas reales sin evidencia suficiente. La medicina moderna, por fortuna, cuenta hoy con protocolos de ensayo, revisiones éticas y medidas de transparencia que limitan la repetición de aquel entusiasmo acrítico. La historia de Steinach recuerda, además, que la línea entre innovación y charlatanería es difusa y que los pioneros suelen quedar envueltos en una mezcla de admiración, polémica y sensacionalismo.

También es relevante señalar que algunas investigaciones asociadas a Steinach influyeron, directa o indirectamente, en procedimientos relacionados con la identidad sexual y la reasignación de sexo. La identificación de la relación entre hormonas sexuales y rasgos físicos, aunque rudimentaria, abrió caminos que más tarde se aplicaron en cirugía y tratamientos hormonales en contextos muy distintos. Un recordatorio de que la ciencia moviliza conocimientos con aplicaciones éticas y sociales diversas, y que la historia de la medicina está entrelazada con la política, la moral y las búsquedas personales.

Por qué sigue siendo interesante hoy

La operación Steinach funciona como un espejo: muestra cómo una promesa científica puede convertirse en moda social, cómo la prensa amplifica, cómo el prestigio atrae clientes y cómo la falta de evidencia puede convivir con relatos convincentes. En tiempos actuales, con terapias génicas, suplementos milagro y redes sociales, la lección permanece: plausibilidad científica no equivale a eficacia probada, y el brillo de una técnica puede ocultar su fragilidad. Desde una perspectiva cultural y literaria, la operación ofrece anécdotas fascinantes —poetas revitalizados, médicos famosos, clínicas lujosas— que alimentan la imaginación histórica sin dejar de ser instructivas para el presente.

La operación Steinach no fue ni un milagro ni un fraude simple; fue un episodio complejo donde curiosidad científica, limitaciones técnicas y deseos humanos se mezclaron con resultados inesperados. Dejó huella en la endocrinología, en la cultura popular y en la manera de pensar la intervención médica sobre la edad y la identidad. Su estudio interesa no tanto por la técnica en sí —hoy olvidada por la evidencia— como por la lección que ofrece sobre prudencia, marketing y la naturaleza humana frente a las promesas de la ciencia.


Vídeo Occultae Veritatis Podcast: Eugen Steinach

Fuentes consultadas:

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  • Loriaux, D. L. (Ed.). (2016). A biographical history of endocrinology. John Wiley & Sons.
  • Jütte, R. (2013). The early history of the placebo. Complementary Therapies in Medicine, 21(2), 94–97. https://doi.org/10.1016/j.ctim.2012.06.002
  • Munnangi, S., Sundjaja, J. H., Singh, K., Dua, A., & Angus, L. D. (2023). Placebo effect. In StatPearls. StatPearls Publishing.

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