En 1806 Holanda estrenó rey, corona y, casi sin querer, un hilarante equívoco lingüístico que ha sobrevivido más que muchos decretos reales. Luis Napoleón Bonaparte, hermano menor del emperador, quiso presentarse ante sus nuevos súbditos con un digno “soy el rey de Holanda”, pero su empeño por hablar neerlandés desembocó en un torpe “soy el conejo de Holanda”. La frase, repetida hasta la saciedad por generaciones de holandeses con buen oído para el chiste, habría sonado como un “Iek ben konijn van Olland”, versión torcidísima de “Ik ben koning van Holland”.
Desde entonces, el apodo se quedó pegado a él como un burruño de lana al abrigo. Profesores de idioma, guías turísticos y devotos del chascarrillo histórico han encontrado en esta anécdota un filón inagotable que explica, en un solo gesto, la voluntad integradora del rey y su torpeza fonética.
El día que Holanda descubrió a su “conejo” real
Luis Napoleón llegó al trono por decisión de su hermano, que convirtió la República Bátava en el nuevo Reino de Holanda y buscaba un soberano manejable. Puso a su hermano menor al frente, convencido de que un Bonaparte gobernando desde La Haya garantizaría una obediencia sin demasiados sobresaltos. Lo que no esperaba era que Luis se tomara su cargo con un celo tan poco parisino.
El nuevo monarca decidió dejar de ser Louis para convertirse en Lodewijk I, adoptó con entusiasmo su identidad holandesa y proclamó con firmeza que un rey debía hablar la lengua de sus súbditos. El problema, claro está, era que su garganta francesa no estaba precisamente diseñada para las trampas del neerlandés, un idioma que coloca consonantes como quien reparte bofetadas.
En ese esfuerzo por integrarse nacería el célebre desliz que lo convirtió en “conejo”. Su empeño en decir “koning van Holland” acabó en una mezcla de vocales maltratadas y nasales desorientadas que sonó a “konijn van Olland”. El chiste se difundió como la pólvora y hoy forma parte del anecdotario habitual del país, citado en aulas, museos y charlas divulgativas.
Un Bonaparte a disgusto que quiso ser holandés
Luis no aterrizó en Holanda con demasiada ilusión. De pequeño había sido arrastrado a campañas militares, moldeado para obedecer y convertido en pieza secundaria del tablero napoleónico. Al llegar al trono, descubrió un país comercial, marítimo, práctico hasta la exasperación y con una suspicacia natural hacia todo lo francés. Sin embargo, contra todo pronóstico, acabaron apreciándolo.
El rey recorrió ciudades, atendió quejas y se mostró sorprendentemente empeñado en defender intereses locales. Durante el Bloqueo Continental, cuando Napoleón exigía cortar toda relación comercial con Inglaterra, Lodewijk hizo la vista gorda ante el contrabando que mantenía viva la economía. Esa actitud lo acercó al pueblo y lo alejó de París.
Su imagen mejoró tras la explosión de un barco cargado de pólvora en Leiden en 1807, un desastre monumental que arrasó barrios enteros. El rey acudió de inmediato, ofreció ayudas y mostró una empatía poco habitual en la familia Bonaparte. Aquel gesto le ganó un respeto que no siempre disfrutaron los gobernantes impuestos por fuerzas extranjeras. De ahí nació también el afectuoso apodo de “Lodewijk de Goede”, Luis el Bueno.
Koning, konijn y la tortura fonética del neerlandés
La gracia de la frase radica en lo poco que diferencia a koning (rey) de konijn (conejo). Un par de vocales, una consonante mal cerrada y ya está el desastre servido. Para un francófono, el neerlandés es un campo minado: hay nasales que parecen colocadas para provocar accidentes diplomáticos y acentos que se sitúan justo donde un francés jamás los pondría.
Luis, según quienes estudiaron su pronunciación, deformaba la terminación -ing en algo parecido a -èn o -èng, y además cargaba el acento en la última sílaba, generando un híbrido fonético que resultaba tan enternecedor como cómico. Su profesor, el poeta y erudito Willem Bilderdijk, debió de necesitar más paciencia que un santo.

Pese a ello, el esfuerzo era evidente. Impuso el uso del neerlandés en la corte, rebautizó instituciones con nombres locales y firmaba como Lodewijk. Los súbditos, acostumbrados a dirigentes que ni intentaban chapurrear su idioma, encontraron en sus tropiezos un motivo de simpatía.
¿Mito, anécdota o realidad histórica?
La historia del “conejo de Holanda” es tan popular que muchos la consideran indiscutible, aunque las fuentes más prudentes admiten que faltan detalles para ubicarla con precisión. Hay quien sitúa la frase en Amsterdam, otros en Deventer y algunos se aventuran a asignarle un escenario más teatral. Lo cierto es que no hay acta, carta o diario que certifique el instante exacto.
Aun así, ya en el siglo XIX la anécdota circulaba ampliamente y se utilizaba para ilustrar el acento peculiar del rey. Textos sobre lingüística y cultura neerlandesa la citan como ejemplo de los estragos que puede causar una mínima variación en la vocal adecuada.
La fuerza de la tradición ha sido tal que hoy nadie imagina a Lodewijk Napoleon sin su apodo. Forma parte inseparable de su legado, de la misma forma que sus intentos sinceros de gobernar con humanidad.
Del ridículo al cariño: el “Konijn van Olland” en la memoria holandesa
Lo más llamativo es que, pese a lo ridículo de la frase, el apodo se recuerda con afecto. Se destaca la imagen de un rey bienintencionado, preocupado por la población, atento ante las desgracias y capaz de dejar a un lado los intereses imperiales cuando chocaban con la realidad del país que gobernaba.

Frente a la fama de dureza de los Bonaparte, Lodewijk emerge como un soberano que quiso integrarse, tropezó con la lengua y terminó ganándose el respeto. Su error lingüístico actúa casi como metáfora: el rey que quiso decir “soy el rey” y acabó proclamándose “soy el conejo” encarna el choque entre autoridad impuesta y voluntad genuina de pertenecer.
No resulta extraño que muchos holandeses conozcan al primer rey de la nación a través de esta anécdota. Basta imaginarlo: un Bonaparte inclinado hacia su público, acento francés espesísimo y una declaración solemne estrellándose contra la fonética. Tras la carcajada, lo que queda es el retrato de un monarca peculiar que, sin proponérselo, conquistó al país a base de humanidad, torpezas y un neerlandés lleno de buenas intenciones.
Vídeo: “Luis Bonaparte, “Luis el Bueno”, Luis I de Holanda, Hermano de Napoleón”
Fuentes consultadas
- Álvarez, J. (2024, 29 enero). Luis Bonaparte, el hermano de Napoleón que fue rey de Holanda y se enfrentó a él tras la invasión del país por los franceses. La Brújula Verde. https://www.labrujulaverde.com/2024/01/luis-bonaparte-el-hermano-de-napoleon-que-fue-rey-de-holanda-y-se-enfrento-a-el-tras-la-invasion-del-pais-por-los-franceses
- Mapa y Mochila. (2016, 9 noviembre). Historia de Ámsterdam: Pinceladas para visitar la ciudad. Mapa y Mochila. https://mapaymochila.es/2016/11/09/historia-amsterdam/
- Margalliver. (2022, 7 agosto). Ámsterdam en 3 días, qué ver y hacer. Los viajes de Margalliver. https://losviajesdemargalliver.com/que-ver-en-amsterdam-en-3-dias/
- Muñiz, F. (2019, 12 noviembre). La espada del Mariscal Dupont: solemnidad francesa versus gracejo español. El café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/espada-mariscal-dupont/
- Redactie. (2024, 20 junio). Lodewijk Napoleon (1778-1843) – Koning van Holland. Historiek. https://historiek.net/lodewijk-napoleon-koning-holland-konijn/75255/
- BioPic Channel. (s. f.). Luis Bonaparte, “Luis El Bueno”, Luis I de Holanda, Hermano de Napoleón Bonaparte [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=oHEPKQCoWGc
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