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El inventor de las Pringles que quiso ser enterrado en una lata

Fredric J. Baur: el químico que se tomó muy en serio el “envase familiar”

Fredric John Baur fue un químico meticuloso, de esos que encuentran poesía en controlar la acidez del aceite o en evitar que un alimento se venga abajo antes de tiempo. Nacido en 1918 en Toledo, Ohio, estudió química y acabó doctorándose con una serenidad académica que auguraba una vida entre matraces y hornos de laboratorio.

Su periplo durante la Segunda Guerra Mundial lo llevó a servir en la Marina estadounidense como fisiólogo de aviación, investigando cómo respondía el cuerpo humano a las alturas y la velocidad. Terminado el conflicto, se sumó a Procter & Gamble, donde halló su hábitat natural: un entorno de investigación en el que se especializó en mejorar aceites, en diseñar métodos de conservación y en juguetear con inventos como el helado liofilizado, un prodigio que prometía maravillas futuristas aunque el público, poco dispuesto a renunciar al frío auténtico, no lo recibió con grandes aplausos.

El problema de las patatas rotas y la solución cilíndrica

En los años centrales del siglo XX, las patatas fritas vivían un drama silencioso: llegaban a casa del consumidor hechas trizas, grasientas y derrotadas por el viaje. Para una sociedad que empezaba a tomarse muy en serio lo de picar entre horas, aquello era una afrenta. Procter & Gamble pidió a Baur que encontrara una respuesta a semejante tragedia culinaria.

Fredric J. Baur,

Su solución, fruto de los años sesenta, fue una combinación de ingeniería alimentaria y sentido práctico. Primero, creó una patata moldeada a partir de masa deshidratada que adquiría una curva casi escultórica, perfecta para apilar sin romperse. Después concibió un envase tubular, a medio camino entre cartón y metal, destinado a proteger aquella torre de patatas como si fuera un tesoro crocante. La idea no solo funcionó: acabó convirtiéndose en uno de los envases más reconocibles del mercado, con tapa de plástico y un aire solemne de producto que promete llegar íntegro hasta el fondo.

La patente del tubo y su método de envasado se registró en 1966 y se concedió a comienzos de los años setenta. Lo que nació como una defensa contra patatas quebradas derivó en un icono comercial que acompaña a generaciones enteras de consumidores.

Orgullo de inventor: el testamento más pringlero de la historia

Baur no era hombre de grandes excentricidades públicas, pero sí de convicciones íntimas. Una de ellas era su orgullo por aquel tubo que resolvió el eterno drama del aperitivo destrozado. Tanto lo apreciaba que dejó claro a su familia que, llegado el momento, quería que parte de sus cenizas descansara dentro de uno de esos cilindros que él mismo había dado al mundo.

Durante años, en la casa de los Baur se tomó la petición como una broma recurrente, casi un guiño doméstico. Pero cuando en 2008 falleció a los 89 años tras una larga lucha contra el alzhéimer, la familia tuvo que decidir si aquel deseo, mitad serio y mitad irónico, debía cumplirse. Y lo cumplieron.

Fredric J. Baur,

Camino de la funeraria, los hijos de Baur se detuvieron en una farmacia y compraron un tubo de Pringles. Hubo debate sobre el sabor, pero terminó imponiéndose el clásico. Colocaron una parte de las cenizas en el envase, que fue enterrado en un cementerio a las afueras de Cincinnati. El resto se distribuyó entre una urna tradicional y otra destinada a un nieto, porque incluso en la muerte el ingeniero de alimentos quiso dejar cierto margen a la tradición familiar.

Una lata convertida en epitafio de marca

El gesto tiene ese toque de humor negro que tan bien ilustra la relación entre las personas y sus inventos. Un químico que dedicó su vida a que los alimentos duraran más acabó encontrando un reposo simbólico dentro del envase que mejor representaba su obra. Una ironía deliciosa, casi literaria.

El tubo de Pringles no fue solo un envase: redefinió el concepto mismo de snack. Rígido, apilable y visible desde cualquier pasillo del supermercado, inauguró una forma distinta de presentar lo que antes se arrugaba tímidamente dentro de una bolsa. Que su creador quisiera ser enterrado allí añade un matiz inesperado, una especie de fusión entre obra y autor que pocas veces se ve tan claramente en el mundo del diseño de producto.

La anécdota ha sobrevivido al paso de los años. Se cuenta de memoria, casi siempre resumida de forma sensacionalista: “el inventor de las Pringles fue enterrado en una lata de Pringles”. La realidad, como suele ocurrir, es más precisa y más interesante, pero la versión breve tiene la capacidad de adherirse al imaginario popular sin necesidad de matices.

Pringles, reciclaje y otras ironías modernas

No falta quien señale, con cierta sorna contemporánea, que el mismo envase que dio fama a Baur es hoy objeto de críticas medioambientales. Su mezcla de materiales lo convierte en un rompecabezas para las plantas de reciclaje, lo que añade una dosis inesperada de contradicción al legado del invento.

El tubo nació para proteger patatas frágiles, pero acabó simbolizando las tensiones del consumo actual: diseño icónico y resistente, sí, aunque complicado de reincorporar al ciclo de materiales sin generar residuos adicionales. Un dilema que, en los años sesenta, habría parecido ciencia ficción.

Mientras tanto, la historia de Fredric J. Baur y su descanso en un tubo de Pringles sigue viajando de boca en boca, apareciendo en redes y colándose en reportajes sobre creatividad, marketing o rarezas testamentarias. Una vida entre probetas y hornos finalizada con un gesto inconfundible: regresar, aunque fuese en parte, al envase que ayudó a imaginar.

Vídeo: “¿Enterrado en una lata de Pringles?”

Fuentes consultadas

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