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La guerra de los simios: cuando los chimpancés se pusieron farrucos (y muy sanguinarios)

Una calurosa tarde de 1974, en algún rincón selvático del este del lago Tanganica, ocho miembros del clan Kasakela —chimpancés fornidos, mala leche, nula diplomacia— se adentraron en territorio enemigo y acabarán organizando una escabechina. Su objetivo: Godi, un simpático chimpancé del bando rival, al que sorprendentemente nadie había advertido del cambio de clima geopolítico en su pequeño mundo.

Godi, tan tranquilo él, comía en la copa de un árbol, probablemente ajeno al hecho de que estaba a punto de protagonizar uno de los capítulos más oscuros de la historia animal documentada. La escena fue rápida y brutal: fue reducido, golpeado, mordido y, por si faltara dramatismo, apedreado. Lo que en el telediario humano se tildaría de “violencia sin sentido” aquí tenía un propósito claro: eliminar a un competidor. El pobre Godi falleció a las pocas horas, entre dolores indescriptibles, dejando al clan Kahama sin uno de sus miembros más queridos y al mundo académico perplejo.

Cuando Jane Goodall descubrió que los chimpancés también tenían días chungos

La escena fue observada y documentada por el equipo de la primatóloga Jane Goodall en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania. Goodall, que había llegado a la zona en 1960 no imaginaba que acabaría asistiendo al equivalente chimpancé de la Guerra de los Cien Años.

El asesinato de Godi no fue una simple trifulca entre vecinos que se pelean por una rama especialmente jugosa. Fue, ni más ni menos, el pistoletazo de salida de la llamada «Guerra de Gombe», un conflicto que se alargó durante cuatro años y dejó tras de sí un reguero de cadáveres, hembras capturadas y territorio redistribuido al más puro estilo medieval.

Kasakela vs. Kahama: una guerra sin cuartel

Los bandos estaban claros: los Kasakela, grupo al que pertenecía Godall y su equipo de observadores, y los Kahama, una facción escindida del grupo original. Lo que comenzó como un cisma dentro de una gran familia degeneró en una espiral de violencia sin precedentes, con emboscadas, traiciones, expulsiones y asesinatos a sangre fría. Al final, el resultado fue de manual darwinista: los Kasakela exterminaron a los Kahama. Solo se salvaron unas cuantas hembras jóvenes, que fueron “absorbidas” por el grupo vencedor.

¿El premio? Más territorio, más recursos, más hembras, más descendencia. Lo que algún ultraliberal traduciría como “crecimiento exponencial a largo plazo”.

¿Son los chimpancés unos salvajes o simplemente buenos estrategas?

Durante años, la ciencia vivió en una especie de Disneylandia evolutiva en la que los chimpancés eran nuestros tiernos primos peludos: juguetones, solidarios, adorables. Pero el hallazgo de Goodall cayó como un jarro de agua helada: los chimpancés también matan, y lo hacen por las mismas razones que nosotros —el territorio, el poder, la reproducción— pero sin justificarlo con discursos, religión o banderas.

Esto, por supuesto, provocó cierto escándalo en la comunidad científica, que tuvo que aceptar que nuestros parientes más cercanos no solo comparten con nosotros un 98,7% del ADN, sino también algunas de nuestras costumbres más belicosas.

Los biólogos actuales hablan de “agonismo intergrupal intenso” cuando se refieren a este tipo de comportamientos. Un término exquisitamente eufemístico que viene a decir lo mismo que uno de esos titulares de sucesos: “una disputa territorial entre clanes acabó con múltiples fallecidos”.

Guerra de los chimpancés de Gombe
Jane Goodall

El gen ADRA2C o cómo el cuerpo pide guerra

¿Y qué nos dice la biología? Pues que hay razones evolutivas profundas detrás de esta pulsión violenta. El gen ADRA2C, por ejemplo, juega un papel importante en la respuesta de “lucha o huida”. Este gen está presente tanto en chimpancés como en humanos, lo que sugiere que el ansia por el dominio y el reparto de tortas viene de lejos, probablemente de hace unos siete millones de años, cuando nuestro último ancestro común decidió que mejor pegar que correr.

Además, hay una lógica brutal pero efectiva: si se elimina a los machos del grupo rival y se integran a las hembras supervivientes, se garantiza una expansión genética eficaz.

¿Es esto una guerra o sólo una gresca peluda?

La terminología es uno de los aspectos más debatidos. Algunos científicos, amantes de la precisión, rechazan el uso del término “guerra” para describir lo que ocurre entre animales no humanos. Prefieren hablar de “conflictos letales intergrupales”, “interacciones agresivas” o el ya citado “agonismo intenso”. Pero el lector avezado ya se habrá dado cuenta de que eso suena igual que decir “ajuste de cuentas entre clanes de feriantes”, pero con gafas de académico y el tomo IV de Psicología conductual bajo el brazo.

Y aunque no porten AK-47 ni lancen discursos nacionalistas, los chimpancés organizan ataques coordinados, eligen el momento de mayor debilidad del enemigo, y raramente se arriesgan en enfrentamientos con posibilidad de bajas propias. Vamos, que no es violencia impulsiva, sino estrategia militar primate con todas las letras.

Sun Tzu estaría orgulloso.

La manchada reputación del buen salvaje

La idea de que los animales viven en armonía con la naturaleza, sin más ambiciones que comer y reproducirse, se desmorona ante casos como el de Gombe. La realidad es más cruda, y más fascinante: la violencia tiene raíces evolutivas. No es un error del sistema, sino una función incorporada.

Y si los chimpancés pueden exterminar a sus vecinos por un puñado de hectáreas y unas cuantas hembras, quizá sea hora de plantearse si el ser humano no inventó la guerra: sólo la refinó, la legalizó y la transmitió por televisión en horarios de máxima audiencia.

La primera guerra humana (por si quedaban dudas)

Para quien crea que los humanos no íbamos a ser menos, la primera guerra registrada entre Homo sapiens se documenta en Nubia, hace unos 12.000 años. Los esqueletos hallados muestran heridas de flechas, lanzas y signos evidentes de violencia organizada. Desde entonces, como buenos alumnos de la evolución, no hemos parado.



Fuentes consultadas

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