El 15 de enero de 1919 Boston descubrió a bocajarro que la física de fluidos no entiende de compasión. Ni aunque lo que fluya huela a postre. A mediodía, una ola espesa de melaza industrial se llevó por delante el barrio de North End, arrastrando vidas, casas, caballos, carros y cualquier cosa que no estuviera clavada al suelo. Lo que quedó atrás parecía la resaca de una tormenta absurda: muebles incrustados en un jarabe negro, cuerpos atrapados en una sustancia dulzona y una ciudad intentando comprender por qué un producto tan cotidiano podía ser tan letal.
El suceso, por grotesco que suene, fue uno de los desastres industriales más reveladores del país. Aquella marejada de azúcar obligó a replantear conceptos que parecían firmes: cómo se calculan estructuras, quién responde cuando algo falla y por qué conviene vigilar de cerca las instalaciones que manejan sustancias peligrosas. Todo, en un momento en que Estados Unidos se preparaba para la llegada de la Ley Seca y acumulaba materia prima como si el futuro dependiera de ello.
Boston, 1919: una ciudad entre prohibiciones y prejuicios
Para entender por qué un depósito gigantesco de melaza apareció de la noche a la mañana entre calles estrechas y viviendas humildes, hay que mirar a la ciudad tal como era entonces. North End era un barrio densamente poblado, con una comunidad italiana grande y trabajadora, viviendas modestas encajadas unas contra otras y una convivencia no siempre fácil con el resto de Boston, que observaba aquel rincón con un recelo muy propio de la época.
En esos días, el país estaba a punto de ratificar la prohibición del alcohol. La enmienda se aprobó justo un día después del desastre, y las empresas productoras se habían apresurado a llenar depósitos con melaza: un subproducto de la caña de azúcar, espeso, oscuro, útil como edulcorante y, sobre todo, indispensable en la fabricación de etanol. Ese etanol servía para bebidas, pero también para munición y uso industrial, lo que lo convertía en un bien precioso.

Ahí entra en escena la Purity Distilling Company, filial de un gigante del alcohol industrial. Su planta, situada en pleno North End y a un paso del puerto, recibía cargamentos masivos de melaza procedente del Caribe. La almacenaba en un tanque descomunal, antes de enviarla por tuberías a una planta transformadora al otro lado del río. Aquella mole de metal se convirtió en una presencia habitual para los vecinos, pese a que nadie les preguntó si querían convivir con semejante cilindro lleno de jarabe.
Un tanque mal pensado: la catástrofe en potencia
El famoso tanque medía casi dieciocho metros de alto, veintisiete de diámetro y podía albergar cerca de nueve millones de litros. Lleno hasta los topes llegaba a pesar más de doce mil toneladas. Una masa de ese calibre exige materiales sólidos, cálculos rigurosos y pruebas estrictas. Nada de eso se hizo.
La estructura nació con errores de libro. No la diseñó ningún ingeniero titulado. Nunca se probó llenándola de agua antes de usarla. Las paredes eran demasiado finas y los remaches, insuficientes. Desde el primer llenado, el depósito lloraba melaza por todas las juntas. Las fugas eran tan descaradas que los responsables hicieron pintar el tanque de marrón oscuro para disimularlas. Los críos del barrio acudían con cubos a recoger el jarabe que se desprendía, mientras el metal se quejaba cada vez que se llenaba, emitiendo crujidos inquietantes que los vecinos aprendieron a ignorar porque nadie les ofrecía otra alternativa.

La empresa, entretanto, miraba hacia otro lado. La melaza seguía llegando, los beneficios también, y la estructura resistía. O eso querían creer.
15 de enero: el día que el dulce se volvió mortal
Aquel invierno había sido gélido, pero justo el día anterior al desastre la temperatura subió unos cuantos grados. Ese ascenso, unido a un gran cargamento de melaza caliente vertida directamente sobre la más fría que ya había en el depósito, provocó un choque térmico notable. Dentro del tanque se mezclaban capas a distintas temperaturas, gases de fermentación acumulados y un acero al límite de su aguante después de años de negligencia.
Sobre las doce y media del mediodía, los testigos oyeron un ruido distante, parecido al de un tren acercándose. Después sonaron golpes secos, como si alguien disparara una ametralladora. Eran los remaches saltando. Y acto seguido, un estruendo que dejó muda a la ciudad: el tanque reventó.
Una de sus paredes se abrió de golpe y el contenido salió lanzado hacia la calle como si un gigante hubiera volcado una olla. La ola resultante alcanzó entre seis y ocho metros de altura y avanzó a una velocidad que ningún peatón podía esquivar. Arrasó edificios, levantó raíles, arrancó estructuras metálicas y convirtió las calles en ríos viscosos.

La onda de choque arrastró tablones, cristales y metal, mientras el olor dulce envolvía la escena. Un aroma que, para los pocos que sobrevivieron, quedó asociado para siempre al miedo.
El avance de la masa marrón: una trampa letal
Lo que siguió parece sacado de un relato de terror. La melaza, más densa que el agua y con un comportamiento caprichoso, barrió manzanas enteras como si fuera una riada. Casas arrancadas de los cimientos, muros derribados, un cuartel de bomberos destrozado y parte del sistema de tren elevado deformado como si fuera de cartón.
Personas, caballos, carros y perros fueron engullidos por una ola marrón que brillaba al sol de enero. Algunos testigos contaron que la presión del aire los levantó antes de que la melaza los alcanzara. Otros vieron cómo las ventanas estallaban hacia dentro, obligadas por la presión del líquido que avanzaba pegado a las fachadas.
El primer impacto fue devastador, pero lo peor vino justo después. Al detenerse, la melaza empezó a espesarse por el frío. Lo que había sido una corriente fluida se transformó en un barro dulce capaz de aprisionar a cualquiera. Quien intentaba caminar quedaba atrapado hasta las rodillas. Quien caía al suelo quedaba inmovilizado. Quien no podía levantarse acababa asfixiado. Días después se recuperaron cuerpos cubiertos por una costra endurecida que los hacía irreconocibles.
Vidas truncadas y un barrio marcado
El resultado fue devastador: 21 muertos y alrededor de 150 heridos, sin contar los animales, que también sufrieron las consecuencias. Muchos caballos quedaron atrapados sin posibilidad de rescate y tuvieron que ser sacrificados. Los primeros en llegar fueron cadetes de un buque escuela cercano, que se lanzaron a la marea de melaza para sacar a quien pudieron. Luego acudieron bomberos, policías y personal sanitario, improvisando hospitales de campaña donde hubo espacio.
Los equipos de rescate se toparon con dificultades inesperadas: no podían caminar sobre el jarabe. Tuvieron que colocar escaleras en horizontal sobre la masa oscura y avanzar reptando para alcanzar a las víctimas. Cuatro días después, se dio por cerrada la búsqueda urgente, aunque algunos cuerpos aparecieron semanas más tarde, arrastrados por el agua o escondidos bajo montones de escombros.
El coste económico fue enorme, pero el psicológico lo fue aún más. North End quedó marcado por la tragedia y por la sensación de haber sido ignorado por una empresa que había plantado una bomba de relojería en mitad de sus calles.
Limpiar la ciudad: un esfuerzo titánico
Si verter melaza es sencillo, retirarla es otro cantar. Más de cuatrocientos trabajadores se afanaron durante semanas en achicar, raspar y diluir aquella catástrofe pegajosa. Usaron agua salada del puerto, a presión, para arrastrar la melaza de calles, sótanos, talleres y estructuras dañadas.
El puerto, durante un tiempo, adquirió un color marrón inquietante. Los vecinos encontraron restos de melaza en escaleras y rendijas meses después. Y muchos aseguraban que, en los veranos calurosos, el barrio seguía oliendo a azúcar quemada. La sustancia, fiel a su naturaleza, se coló por el alcantarillado, se adhirió a las botas de los trabajadores y acabó viajando por toda la ciudad, dejando un rastro involuntario en tranvías y estaciones.
Investigaciones, juicios y excusas endebles
Después de la tragedia, las autoridades iniciaron investigaciones. Los vecinos llevaban años avisando de las fugas y los ruidos extraños del tanque, pero nadie les había tomado en serio. La empresa propietaria recurrió a una estrategia vieja como el mundo: echar balones fuera. Señaló a supuestos saboteadores anarquistas, aprovechando el clima de paranoia de la época, y trató de eludir cualquier responsabilidad.
Las conclusiones técnicas, sin embargo, fueron claras. El tanque se había construido sin la supervisión adecuada. El acero tenía impurezas que lo hacían frágil. No se realizó ninguna prueba completa con agua. Las fugas se taparon con pintura en lugar de arreglarlas. La lista de negligencias era tan larga que difícilmente podía atribuirse el desastre a manos ajenas.
Más de un centenar de afectados presentaron una demanda colectiva. Fue un proceso largo y complejo que terminó con una sentencia firme: la culpa era de la empresa. La indemnización total ascendió a cientos de miles de dólares de la época, una cantidad modesta para el daño causado, pero suficiente para dejar claro que la irresponsabilidad podía salir muy cara.
Melaza y física: una combinación inesperada
La tragedia sirvió también para iluminar aspectos curiosos de la física. La melaza pertenece a los llamados fluidos no newtonianos, cuya viscosidad cambia dependiendo del esfuerzo aplicado. Cuando se mueve con violencia puede fluir con rapidez, pero en reposo y con frío se vuelve densa y casi pétrea.
Esto explica la doble cara de la ola: primero se comportó como un torrente; después, como una trampa mortal. Quien quedó sumergido tuvo que luchar contra una sustancia demasiado espesa para escapar y demasiado pesada para permitir respirar. Una mezcla perfecta de lo peor de dos mundos.
Un desastre grotesco que dejó lecciones duraderas
Con el tiempo, la gran inundación de melaza dejó de ser una curiosidad macabra para convertirse en motor de cambios. Massachusetts y otros estados comenzaron a exigir que proyectos industriales estuvieran firmados y revisados por profesionales cualificados. Se reforzaron controles de calidad y regulaciones para evitar que algo así volviera a ocurrir.
Hoy, el lugar donde se alzaba el tanque está bajo un parque. En el centenario, se recordó a las víctimas leyendo sus nombres en voz alta. Y la historia continúa formando parte de rutas históricas, libros divulgativos y charlas científicas. Para quien la descubre por primera vez, no es solo una rareza pintoresca. Es una advertencia: incluso algo tan aparentemente inofensivo como la melaza puede convertirse en protagonista de una tragedia si la codicia y la negligencia se alían.
Vídeo: “La gran inundación de Melaza de Boston”
Fuentes consultadas
- Wikipedia. (s. f.). Gran inundación de melaza de Boston. Wikipedia. https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_inundaci%C3%B3n_de_melaza_de_Boston
- Prado, F. (2025, 26 marzo). La gran inundación de melaza de Boston: el desastre que ahogó a la ciudad en 1919. El Debate. https://www.eldebate.com/historia/20250326/gran-inundacion-melaza-boston-desastre-ahogo-ciudad-1919_282110.html
- 3E. (2023, 17 mayo). Una trágica «mortandad dulce». Triplenlace. https://triplenlace.com/2023/05/17/un-caso-en-el-que-tragicamente-se-pudo-hablar-de-muerte-dulce/
- Muñiz, F. (2020, 30 octubre). Adidas versus Puma, crónica de una rivalidad insólita entre hermanos. El café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/puma-y-adidas/
- Andrews, E. (2017, 13 enero). The Great Molasses Flood of 1919. History. https://www.history.com/articles/the-great-molasses-flood-of-1919
- Jabr, F. (2013, 1 agosto). The Science of the Great Molasses Flood. Scientific American. https://www.scientificamerican.com/article/molasses-flood-physics-science/
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






