En el año 844, al-Ándalus aprendió por las bravas que los vikingos no solo saqueaban monasterios remotos, sino que también tenían un talento sorprendente para orientarse río arriba y localizar ciudades ricas. Sevilla, próspera y sin defensas sólidas, se convirtió en un anzuelo irresistible para aquellos navegantes de pelo claro que parecían tener alergia a dejar una urbe intacta.
La anécdota suele resumirse con cierta frialdad: los vikingos llegaron, arrasaron y Abderramán II respondió con firmeza. Pero, como acostumbra a ocurrir, los detalles aportan la verdadera dimensión del episodio: tempestades inoportunas, gobernadores que desaparecen del mapa en el peor momento, cronistas indignados y, como colofón, unos cuantos nórdicos que acabarían labrando campos bajo el sol andaluz.
De Gijón a Lisboa: una expedición nacida del azar
La flota que terminaría aterrorizando Sevilla no partió con un plan maestro. Procedía de bases en la costa franca, quizá en torno a Noirmoutier, y dedicaba sus horas a saquear tranquilamente ríos y puertos del reino franco. Sin embargo, un temporal en el golfo de Vizcaya decidió reorientarles la agenda y empujó gran parte de sus naves hacia la costa septentrional de la península.
Los cronistas andalusíes los llamaban mayus o madjus, “adoradores del fuego”, una etiqueta tan útil como imprecisa, que servía para englobar a cualquier escandinavo que se presentase con casco, barba y pocas ganas de negociar. Para el imaginario local, eran simplemente normandos: altos, rubios y demasiado inclinados a prender fuego a lo que encontraban.
Tras bordear Gijón y reconocer el litoral asturiano, decidieron que allí no había suficiente recompensa. Continuaron rumbo a Galicia, donde sí se aventuraron a atacar La Coruña. La respuesta de las tropas del rey Ramiro I fue contundente, y la refriega cerca de la Torre de Hércules dejó claro a los vikingos que convenía seguir navegando hacia costas menos hostiles y más prometedoras.
Lisboa: el ensayo de un desastre mayor
Superado el mal trago gallego, la flota descendió por la costa atlántica hasta Lisboa, entonces bajo control musulmán. La ciudad ofrecía un botín atractivo y una posición estratégica estupenda. Tanto es así que los vikingos se quedaron trece días saqueando, incendiando y negociando a golpe de intimidación.
El gobernador lisboeta, Wahballah ibn Hazm, reaccionó como pudo: envió un aviso urgente a Abderramán II informando de que más de medio centenar de naves norteñas habían llegado con intenciones dudosas y estaban practicando un tipo de reforma urbana que incluía incendios renovadores. Si seguían rumbo sur, al-Ándalus tendría un problema muy serio.
La ciudad resistió a duras penas. Hubo escaramuzas y algo parecido a una defensa organizada, aunque el balance final fue desolador. Tras casi dos semanas de saqueo, los vikingos embarcaron de nuevo rumbo al Algarve y a la desembocadura del Guadalquivir, dejando claro que aquello no había sido más que un calentamiento.
El Guadalquivir como autopista para los drakkar
El siguiente paso reveló que no todo era improvisación en la expedición. Tras atacar puntos de la costa gaditana, los jefes vikingos identificaron el auténtico premio: un río ancho y navegable que llevaba directamente a una de las ciudades más ricas y desprevenidas del sur peninsular. El Guadalquivir no solo transportaba trigo; también conducía a Sevilla.
El 25 de septiembre, la flota normanda remontó el río y derrotó a las fuerzas enviadas para detenerles. En la zona de Coria del Río se produjo una matanza que buscaba silenciar cualquier alerta antes del asalto final. Todo obedecía a una lógica brutal pero eficaz: eliminar testigos, avanzar rápido y golpear donde más doliera.
En Tablada o en la cercana Isla Menor levantaron una base fortificada, aprovechando las marismas como defensa natural. Desde allí podían lanzar incursiones relámpago, reembarcar sin dificultad y mantener el control del río. Para una Sevilla abierta y sin murallas, aquello equivalía a tener un vecino ruidoso instalado en el jardín, armado hasta los dientes y con evidente experiencia en arrasar ciudades.
Sevilla en 844: una ciudad confiada que pagó un alto precio
En pleno siglo IX, Sevilla era una urbe próspera, activa y con una intensa vida comercial. La mezquita mayor acababa de ampliarse y los talleres y mercados bullían de actividad. Sin embargo, la confianza en su propia prosperidad y en la distancia respecto a las fronteras había dejado las defensas en un segundo plano. Blindaje urbano, el justo.
Cuando los vikingos atacaron a comienzos de octubre, la ciudad cayó en poco tiempo. El incendio y el saqueo fueron generalizados, y los cronistas describen escenas de pánico absoluto: habitantes ejecutados, animales sacrificados y prisiones improvisadas. El tono indignado de los relatos deja entrever que la población jamás imaginó sufrir un ataque de tal magnitud.
La mezquita principal, sorprendentemente, resistió los intentos de incendio. No por falta de ganas de los vikingos, sino porque el edificio se negó a arder como ellos esperaban. Sevilla, no obstante, quedó devastada. Sus autoridades huyeron hacia Carmona, plaza fortificada conocida desde tiempos romanos como una de las más difíciles de tomar. La estampa era elocuente: Sevilla en llamas y Carmona cerrando sus puertas para esperar instrucciones del emir.
La respuesta de Abderramán II: del sobresalto a la acción
El emir Abderramán II, gobernante refinado y atento, comprendió rápidamente que la incursión vikinga no era un episodio aislado. Tras el saqueo de Lisboa ya estaba en alerta, pero la caída de Sevilla convirtió la amenaza en prioridad absoluta.
Organizó con rapidez un ejército considerable, comandado por su hayib, Isa ibn Shuhayd. Reunió tropas sevillanas, voluntarios de las marcas fronterizas y unidades del ejército regular. Entre los jefes destacados figuraba Musa ibn Musa al-Qasi, uno de los caudillos más influyentes del norte peninsular, cuya participación buscaba no solo eficacia militar, sino también un mensaje político claro.
El propósito no consistía únicamente en recuperar Sevilla. Se trataba de lanzar un aviso al resto del mundo: al-Ándalus no era un terreno de saqueos improvisados y quien osara atacarlo debía pagar un precio elevado.
Tablada: cuando el drakkar chocó con la caballería andalusí
La confrontación decisiva tuvo lugar en Tablada el 11 de noviembre. Allí, las fuerzas andalusíes se encontraron con el grueso del contingente vikingo. Las crónicas hablan de victoria rotunda: una treintena de naves reducidas a cenizas y entre mil y dos mil enemigos muertos.
La táctica utilizada combinó caballería veloz, infantería disciplinada y una voluntad férrea de evitar que Sevilla sufriera un nuevo golpe. El campamento vikingo cayó tras un asalto enérgico. Los defensores huyeron o fueron abatidos, y el botín recuperado en parte.
Cientos de vikingos fueron capturados vivos, y su destino no fue precisamente amable. Las ejecuciones públicas, incluidas decapitaciones supervisadas por altos mandos militares, buscaban dejar claro que la incursión había sido un error colosal.
Grupos dispersos, saqueos menores y una retirada pactada
La derrota en Tablada no acabó de inmediato con la expedición. Los vikingos se habían dividido en cuatro grupos: uno atacó Morón, otro Benilaiz, un tercero Fuente de Cantos y el último se atrevió incluso a acercarse a Córdoba. El ejército andalusí los persiguió con determinación y destruyó uno tras otro sus destacamentos.
Sin embargo, un sector consiguió reembarcar y huir río abajo. La negociación final tuvo un matiz casi tragicómico: aceptaron entregar prisioneros y parte del botín a cambio de ropa, comida y permiso para retirarse. Literalmente, se les pagó para que se marcharan.
Una vez abandonado al-Ándalus, continuaron sus correrías por el Mediterráneo e incluso alcanzaron zonas lejanas como Alejandría. La vida del saqueador profesional, por lo visto, no conocía descanso.
De piratas a agricultores: el curioso destino de algunos vikingos
El giro más insólito del relato lo protagonizan los vikingos que no murieron ni lograron escapar. Parte de ellos permaneció en la región tras convertirse al islam y acabó dedicándose a la agricultura en lugares como Coria del Río, Carmona o Morón.
No fue una integración dulce. Eran prisioneros convertidos en mano de obra, sometidos a normas estrictas y a un entorno cultural totalmente ajeno. Pero con el tiempo se asentaron, formaron familias y se diluyeron en la sociedad local. De guerreros nórdicos pasaron a campesinos andalusíes, narrando quizá historias de un norte frío que sus descendientes jamás conocerían.
Las crónicas mencionan también cómo el emir, en ocasiones, incorporó a su guardia personal soldados de origen europeo, apreciados por su fuerza y su fiabilidad. Una muestra de que al-Ándalus sabía combinar firmeza y pragmatismo.
Lo que cambió en Sevilla: murallas nuevas, flota propia y mensajeros al galope
Abderramán II tomó nota de lo ocurrido y reaccionó con una rapidez admirable. Sevilla reforzó sus murallas y reconstruyó lo destruido. La política defensiva del Guadalquivir se revisó de arriba abajo para impedir nuevos sustos.
El emir ordenó además la creación de una flota en astilleros de Cádiz, Cartagena y Tarragona. Si los vikingos controlaban el mar, el emirato no podía limitarse a observarlo desde la orilla. Hacía falta vigilancia constante, barcos preparados y capacidad para frenar incursiones antes de que alcanzaran las riberas del río.
Para completar el dispositivo, implantó un sistema de correos a caballo destinado a transmitir avisos con rapidez. Era la versión medieval del aviso urgente, con mensajeros recorriendo a galope caminos polvorientos para evitar que una nueva escuadra sorprendiera a una ciudad indefensa.
Cuando los vikingos volvieron a probar suerte
El episodio de 844 no cerró la historia. En los años 859, 966 y 971 hubo incursiones adicionales. En la de 859, los norteños reaparecieron golpeando no solo la península, sino también el Magreb y el sur de Francia. Pero ya no tenían efecto sorpresa.
Para cuando llegaron las incursiones de finales del siglo X, el emirato y luego el califato contaban con defensas sólidas y una flota competente. En 971, la flota atacante fue prácticamente aniquilada. La amenaza vikinga, antaño aterradora, quedaba así encuadrada como un riesgo asumible.
Hoy, quien pasee por Sevilla, Carmona o Coria del Río no encontrará runas ni cascos con cuernos, pero sí un eco lejano de aquel otoño de 844 en el que drakkar de velas rojizas surcaron el Guadalquivir como aves extrañas. Un cronista andalusí escribió que parecían “pájaros del color de la sangre”, y quizá no le faltaba razón. Durante unos días, la historia de Europa del norte se cruzó con la de al-Ándalus y dejó una huella que aún resuena en las crónicas.
Vídeo: “Los vikingos en Andalucía (ataque a Sevilla 844)”
Fuentes consultadas
- Wikipedia. (s.f.). Ataque vikingo a Sevilla. Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Ataque_vikingo_a_Sevilla
- De la Cruz González, J. (2022). La presencia de los vikingos en la Península Ibérica: el caso de Al-Ándalus (844–972) [Trabajo fin de grado, Universidad de Cádiz]. Repositorio Institucional de la Universidad de Cádiz. https://rodin.uca.es/handle/10498/27181
- Espinar Moreno, M. (2021). Los vikingos en la historia. Universidad de Granada. https://digibug.ugr.es/bitstream/handle/10481/72102/LOS_VIKINGOS_EN_LA_HISTORIA.pdf
- Muñiz, F. (2025, 14 noviembre). El linaje del sol naciente que echó raíces en el Guadalquivir: la insólita historia del apellido «Japón» en Sevilla. El café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/coria-del-rio-apellido-japon-hasekura/
- Christys, A. (2023, 13 enero). Los vikingos en al-Andalus y el Magreb. Al-Andalus y la Historia. https://www.alandalusylahistoria.com/?p=3951
- Simón, E. (2012, 22 julio). Desembarco de los mayus en Sevilla año 844. De al-Andalus a Sefarad. https://andalfarad.com/desembarco-de-los-mayus-en-sevilla-ano/
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






