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Historia de la urología: cuando operarse de “piedras” era casi deporte de riesgo

El duque de Lorges y su incómodo problema de salud

A comienzos del siglo XVIII, el mariscal duque de Lorges, figura destacada en la corte francesa, sufría un mal que nadie se atrevía a comentar en voz alta entre tapices y candelabros: piedras en la vejiga. Un asunto tan vulgar como doloroso, impropio —decían— de un noble, pero sobradamente capaz de dejarlo doblado sobre sí mismo.

Las crónicas médicas e históricas relatan que el duque escuchó hablar de Jacques Beaulieu, apodado Frère Jacques, un cirujano ambulante especializado en aquello tan poco poético de “operar la piedra”, es decir, practicar una litotomía. La intervención consistía en abrir el cuerpo para extraer los cálculos, un procedimiento más cercano a una batalla campal que a cualquier idea moderna de medicina.

Y aunque el duque tenía su orgullo de mariscal, también poseía un instinto de supervivencia bastante fino. Antes de permitir a aquel hombre acercarse a su anatomía, quiso asegurarse de que no era un charlatán. Así que decidió financiar la operación de una veintena de pacientes con el mismo problema. Uno tras otro, sobrevivieron y mejoraron. Esto animó al noble, que finalmente aceptó pasar por el quirófano. Moriría al día siguiente.

La historia, tan corta como demoledora, resume bien la medicina de su época: avances prometedores, cirujanos temerarios y un índice de mortalidad que convertía cualquier operación en una apuesta temeraria.

Cálculos, vejigas y bisturís: qué se jugaba en una litotomía

Para hacerse una idea del trance que afrontó el duque conviene saber qué implicaba someterse a una litotomía. La técnica consistía en abrir el periné o la zona baja del abdomen para alcanzar la vejiga y extraer el cálculo. Todo ello sin anestesia real, sin antibióticos y con la ayuda de rezos, aguardiente y varios hombres sujetando al paciente para evitar que se moviese en mitad del tormento.

Los cálculos vesicales eran habituales. Dietas cargadas de carne, poca agua, infecciones repetidas y ausencia de remedios eficaces convertían la vejiga en un pequeño pedregal. Cuando el dolor y las complicaciones se hacían insufribles, al enfermo no le quedaba más salida que elegir entre la agonía prolongada o una intervención que podía matarlo.

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Las cifras de la época marean: algunas fuentes hablan de mortalidades cercanas al quince por ciento en manos de cirujanos competentes. En el caso de Beaulieu, hay registros de un mes en el que operó a setenta y un pacientes y treinta y ocho murieron. Más de la mitad. Muchas veces por hemorragias descontroladas al cortar vasos que no debía tocar.

Era, en definitiva, una operación a la desesperada. El duque no se arrojó a ella sin más, de ahí su peculiar experimento previo. El problema radicaba en que, en aquella ruleta quirúrgica, incluso una buena racha tenía fecha de caducidad.

¿Quién era realmente el “médico” del duque de Lorges?

Jacques de Beaulieu, en quien recayó finalmente la vida del duque, no era un médico formado en ninguna institución. Provenía de una familia campesina y aprendió el oficio al amparo de un cirujano italiano. Durante años recorrió Francia e Italia, puliendo una técnica que tenía más de oficio artesano que de ciencia.

Hacia 1690 decidió ataviarse con un hábito de fraile. Se hizo llamar Frère Jacques, un gesto que parecía pensado para inspirar confianza. Y funcionó. Mucho más que cualquier diploma inexistente. Presentarse como hombre piadoso y valeroso servía para ganarse a una población que asociaba la autoridad sanitaria con la religiosidad, la habilidad y, por qué no decirlo, un punto de espectáculo.

Su figura siempre ha sido ambigua. Por un lado, se le atribuye un avance técnico notable: el abordaje lateral en la litotomía perineal, un método que sería perfeccionado más tarde por cirujanos mejor formados. Por otro lado, sus colegas más académicos lo consideraban un temerario con escasos conocimientos de anatomía, un operador que suplía su falta de estudio con rapidez y una confianza férrea en la intervención divina.

Se cuenta incluso una frase suya que resume a la perfección aquel espíritu: “Yo he sacado la piedra; que Dios cure al paciente”. Una máxima tranquilizadora para cualquiera que estuviese desangrándose sobre la mesa, sin duda.

La famosa operación: veintidós pobres, un mariscal y una mala estadística

La escena decisiva de esta historia podría pasar por capítulo de novela picaresca. Hacia 1703, acosado por el dolor, el duque consulta a Beaulieu. Podía permitirse un gesto que hoy sería impensable: reunir en su casa a más de veinte enfermos pobres y pagar sus operaciones como forma de evaluar la pericia del cirujano.

El trato era sencillo: si los pacientes sobrevivían y mejoraban, él se dejaría operar. Y así ocurrió. Frère Jacques los fue interviniendo uno detrás de otro. Contra todo pronóstico, todos salieron adelante. Aquello era casi un milagro estadístico para semejante procedimiento. El duque, animado por el éxito ajeno, decidió que había llegado su turno.

Al día siguiente de la operación, el mariscal estaba muerto. El procedimiento había fallado y el noble no pudo soportar las complicaciones. La ironía es tan cruda como evidente: sobrevivieron los pobres y falleció el señor que podía pagarlo todo.

Si se analiza desde la perspectiva actual, el duque se convirtió en el paciente número veintitrés, justo el que compensó la sorprendente racha de éxitos anterior. Una estadística que, vista en conjunto, confirma que el riesgo era real y no distinguía entre clases sociales.

Una profesión al filo de la navaja: los litotomistas y su mundo

Los litotomistas itinerantes formaban un gremio peculiar, mitad artesanos, mitad actores. Se movían de ciudad en ciudad ofreciendo un servicio tan temido como necesario. A menudo chocaban con los médicos establecidos, que los veían como intrusos. Ellos, sin embargo, contaban con algo que la medicina universitaria no podía ofrecer: una solución rápida, aunque peligrosa, para un mal desesperante.

Sus visitas a las ciudades se convertían casi en espectáculos. Anuncios, demostraciones públicas, relatos exagerados de curaciones y testimonios de pacientes agradecidos formaban parte del repertorio. Prometían aliviar un dolor insoportable y, en una época sin alternativas, la gente aceptaba.

Las operaciones debían ser rápidas. Sin anestesia que mantuviera quieto al paciente, el cirujano dependía de su velocidad. Cada segundo de retraso aumentaba el riesgo de desgarros, hemorragias o lesiones en órganos cercanos. Era un oficio crudo y brutal, pero también uno de los pocos caminos por los que la cirugía avanzaba.

La técnica que practicaba Beaulieu sería refinada más tarde hasta convertirse en un hito importante. El progreso, en este caso, se construyó sobre vidas que afrontaron la navaja sin garantías.

El duque de Lorges, recurriendo a uno de estos operadores, no actuó de forma insensata. Simplemente obedeció al ecosistema médico de su época, en el que la línea entre esperanza y temeridad era muy fina.

De quirófano sangriento a canción infantil: la sombra de “Frère Jacques”

Una curiosidad que suele llamar la atención es la posible relación entre el litotomista y la conocida canción infantil que repite su nombre. Algunos investigadores han sugerido que podría ser una sátira dedicada al famoso fraile-cirujano. Sin embargo, no existen pruebas concluyentes. La melodía podría estar relacionada con órdenes religiosas parisinas o con tradiciones de coro ajenas al personaje histórico.

Sea cual sea la verdad, lo que sí queda claro es que Beaulieu se convirtió en figura de cierta notoriedad. Viajó por media Europa, operó a personas de toda condición y llegó incluso a presentarse ante autoridades eclesiásticas. Un personaje incómodo, enigmático, temido y admirado según a quién se escuche.

Su legado es extraño: innovador y a la vez peligroso, piadoso de apariencia y temerario en la mesa de operaciones. Un recordatorio de que la historia de la medicina se construye a menudo sobre prácticas hoy impensables.

El duque, la estadística y la medicina de su tiempo

El episodio del duque revela el estado de la medicina a inicios del siglo XVIII. La cirugía empezaba a ganarse un lugar respetable, pero seguía envuelta en riesgos enormes. Ni anestesia, ni asepsia, ni comprensión de la infección. Solo habilidad, suerte y una resistencia al dolor difícil de imaginar.

El extraño “ensayo” con veintidós pobres muestra, aunque sea de manera grotesca, que incluso un noble sabía que la fe ciega en un cirujano no era suficiente. Quería pruebas, aunque fuesen rudimentarias y carentes de ética.

La ironía final es que aquellos a quienes utilizó como prueba sobrevivieron, y él no. Un desenlace que recuerda que, en una intervención de alto riesgo, las probabilidades podían volverse en contra del más ilustre de los pacientes.

Hoy, las piedras en la vejiga siguen existiendo, pero la manera de tratarlas no tiene nada que ver con aquel escenario de sangre, rezos y bisturís a ciegas. Con técnicas precisas, anestesia segura y antibióticos al alcance, cualquiera preferiría afrontarlas en nuestro tiempo.

Y, visto lo visto, el duque también.

Vídeo: “CÁLCULOS VESICALES”

Fuentes consultadas

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Este artículo ha sido escrito por Fernando Muñiz, editor de El Café de la Historia, un blog dedicado a rescatar episodios curiosos, insólitos y poco conocidos del pasado. Puedes saber más sobre el autor o explorar las historias más sorprendentes en el archivo del blog.

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