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La bomba gay: cuando el Pentágono quiso ganar guerras con deseo

La llamada “bomba gay” podría pasar por una ocurrencia gamberra de reclutas aburridos, algo que se comenta a la salida del cuartel entre risas nerviosas. Pero el nombre, por ridículo que parezca, encubre un documento auténtico, rubricado con sellos oficiales del Pentágono y redactado por un laboratorio de la Fuerza Aérea que llegó a plantearse si la mejor manera de inutilizar a un enemigo consistía, literalmente, en desatarle el deseo en el peor momento posible.

La historia combina esa rigidez administrativa tan propia del mundo militar con una visión ingenua —y bastante torpe— de la sexualidad humana, rematada con un trasfondo de homofobia institucional que hoy resulta evidente. Por supuesto, acabó convertida en broma universal, en material de tertulia y en candidato perfecto para el humor negro que tanto se disfruta cuando la realidad se pone absurda.

Origen de la “bomba gay”: 1994, un laboratorio y un puñado de ideas peregrinas

En 1994, el Laboratorio Wright, en Dayton, entonces integrado en la Fuerza Aérea, redactó un informe sobre posibles armas químicas no letales. Tres páginas de prosa impasible, propia de quien se pasa el día rellenando formularios, en las que se proponían métodos para incomodar, desorientar o identificar al adversario. El país vivía un momento particular: se experimentaba con armamento “menos dañino” mientras la opinión pública digería aún las imágenes de la Guerra del Golfo. Al mismo tiempo, las Fuerzas Armadas estaban inmersas en un intenso debate sobre la presencia de personas homosexuales en sus filas, algo que desembocó en la famosa política de “no preguntar, no decir”.

En esa atmósfera surgió la idea de que la victoria quizá no pasaba por abatir al oponente, sino por sumirlo en un desconcierto íntimo que supuestamente desmantelaría su disciplina. Sobre el papel sonaba a solución limpia; a la luz del tiempo, más bien parece un documento impregnado de prejuicios y de una ciencia cogida con alfileres.

El documento filtrado: una propuesta enterrada… hasta que dejó de estarlo

La propuesta habría permanecido olvidada en un archivador gris si no hubiera sido recuperada años después gracias a una petición de transparencia. La organización que la solicitó obtuvo la copia íntegra del informe, en el que la futura “bomba gay” aparecía tan solo como una idea más dentro de un catálogo sorprendente de sustancias no letales.

Las sugerencias descritas parecían propias de una reunión de madrugada:
– Productos que agudizaban la sensibilidad a la luz o al ruido.
– Compuestos con un hedor indescriptible, capaces de derribar la moral más robusta.
– Sustancias que atraían insectos o animales para sembrar el caos.
– Y, en medio de todo ello, un afrodisíaco químico destinado a provocar un supuesto “comportamiento homosexual”.

El informe calificaba este último invento como algo de “mal gusto”, aunque insistía en su naturaleza no letal. También reconocía abiertamente que no existía ninguna sustancia conocida capaz de producir tal efecto, de modo que el proyecto se sostenía en una fantasía química sin base real. Aun así, el laboratorio llegó a solicitar más de siete millones de dólares para desarrollar la idea durante varios años, lo que añade un toque tragicómico al asunto.

Cómo se suponía que debía actuar semejante artefacto

El mecanismo imaginado distaba poco de un argumento de comedia surrealista. Se proponía rociar a las tropas enemigas con un afrodisíaco tan potente que desatara un deseo incontrolable hacia los propios compañeros, creando confusión, pérdida de atención y desorden. La unidad se desharía no por las balas, sino por el tumulto hormonal.

El razonamiento se apoyaba en las feromonas, esas sustancias que influyen en el comportamiento sexual de muchas especies. Sin embargo, en seres humanos no existe evidencia fiable de que actúen de forma tan precisa, ni de que puedan manipular la orientación del deseo como si se tratara de un interruptor. La teoría requería asumir que la homosexualidad podía inducirse desde el exterior, que rompería automáticamente la disciplina y que implicaría además una humillación pública. Tres ideas que hoy chirrían por igual.

Por tanto, más que una tecnología viable, la “bomba gay” revelaba un imaginario militar donde la orientación sexual se trataba como un arma psicológica y no como una realidad humana compleja. Aquella propuesta no decía tanto sobre química como sobre los prejuicios de la época.

Del archivo al escándalo: una idea absurda convertida en meme planetario

La existencia del documento salió a la luz en 2005, y los medios no tardaron en lanzarse sobre la historia. Periódicos y emisoras de radio la trataron con una mezcla de estupor y guasa, presentando al Pentágono como institución capaz de diseñar artefactos tan desconcertantes como impropios. Las reacciones fueron inmediatas.

Un portavoz del Departamento de Defensa intentó rebajar el revuelo explicando que todo fue fruto de una sesión de ideas y que jamás pasó de propuesta teórica. No existió laboratorio trabajando en fórmulas secretas, ni avances científicos ocultos, ni prototipos. Básicamente, era una idea extravagante archivada en un cajón. Pero eso no bastó para frenar la fascinación pública.

Desde entonces, la expresión “bomba gay” se ha paseado por artículos satíricos, columnas de opinión, viñetas, camisetas y todo tipo de bromas. Su carácter extravagante hizo que muchos la tomaran por leyenda urbana… hasta comprobar que sí, el documento era auténtico.

Un Premio Ig Nobel y un legado que sigue dando que hablar

En 2007, el Laboratorio Wright recibió el Premio Ig Nobel de la Paz por su contribución involuntaria al universo de la investigación absurda. El galardón celebraba, con ironía, el intento de desarrollar un arma que volviera sexualmente irresistibles a los compañeros de trinchera. Nadie acudió a recogerlo, quizá porque no es sencillo posar para una foto con semejante motivo.

A pesar de su inexistencia práctica, la “bomba gay” se ha convertido en un símbolo de hasta qué punto la imaginación militar puede extraviarse cuando mezcla prejuicios, desconocimiento y voluntad de control. No hubo prototipos ni soldados desconcertados entre nubes afrodisíacas, pero sí un documento que refleja una época, unos temores y una mentalidad que hoy se analiza con una mezcla de incredulidad y sonrisas incómodas.

Su vigencia actual se sostiene en tres ingredientes irresistibles: el deseo de entender cómo pudo plantearse algo así, la inclinación humana por reírse de las grandes instituciones cuando tropiezan y la constatación de que ciertas ideas, por inofensivas que pretendan ser, revelan más de lo que deberían sobre quienes las concibieron.

Vídeo: “#BDAPy – Todos los secretos de la ‘Bomba Gay’”

Fuentes consultadas

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